Antonio Bello Quiroz
De cuando en cuando vale la pena pensar a la luz de nuestros tiempos la tríada trágica que constituyen la soledad, el silencio y la muerte. La soledad es un afecto recurrente y rebelde, callo doloroso del transcurrir existencial. Desde la psicología, la sociología, las religiones, la política, la literatura, las artes, y ahora desde los discursos de la virtualidad y lo digital, se ha intentado decir algo de este democrático afecto. El estado de soledad se presenta con frecuencia como inmanente a la condición humana: “Nacemos solos, morimos solos”, dice Octavio Paz. Sin embargo, hay que decir que la soledad acompaña al sujeto como una ilusión que se presenta desde el acto mismo de nacer y hasta que se revela el singular camino que conduce a cada uno hacia la muerte. Se trata de una ilusión porque, contrario a lo que se piensa, nadie nace sólo, siempre llega precedido por el Otro. Somos hechos de discurso, por tanto es del Otro que viene la condición de soledad, y de muerte.
Soledad y muerte constituyen una relación tan dolida y trabajosa como reprimida, disfrazada e incluso negada. La soledad es una presentificación de la condición de muerte que habita al sujeto. La soledad no se cura porque no es una enfermedad; sin embargo, es sometida a permanente condena porque contradice la creencia que presenta al hombre como un ser gregario.
La figura mayor de la soledad, la soledad por excelencia, nos dice el escritor checo Bhumil Hrabal, es la soledad en compañía, la desolación. En la clínica que se hace desde el psicoanálisis, una práctica de artesanado, tan solitaria como la del escritor, o el músico o el artista, se escucha con cierta frecuencia la presencia de la soledad en forma de queja: “me siento solo”, “no aguanto esta soledad”, e incluso adquiere la forma del anhelo: “necesito estar solo”. De la soledad se sufre por presencia o por ausencia. En todo caso, se trata de mensajes que hablan de esta región oscura y triste, destinada a dejarse escuchar por los laberintos de los síntomas o las inhibiciones, que demandan, en el centro de la conflictiva neurótica, la restitución de la relación de completud con el Otro primordial, pérdida en la noche mítica de la primera “experiencia de satisfacción”.
La soledad nos confronta de manera directa, como pocos afectos, con la consistencia imaginaria del vacío y nos revela nuestra inagotable condición de seres discontinuos. Es la condena siempre presente de no encontrar la otra mitad de los tiempos mitológicos en que fuimos andróginos. La soledad es nostalgia en la mirada del romántico que anhela encontrar su alma gemela, aquella que está ausente pero siempre factible de encontrar.
En la prehistoria del nacimiento, lo sabemos desde el psicoanálisis, a cada cual le pre-existe el discurso del Otro, luego entonces, esta aseveración tendría que derrumbar la idea de la soledad, en tanto que siempre estaríamos precedidos del deseo de Otro, con su garantía de compañía. Sin embargo, esta aseveración no sólo no elimina la idea de soledad sino que la hace más consistente, en tanto que lo que el Otro habrá de ofrecer para que el sujeto pueda devenir como un hablante, para poder habitar la lengua, y acceda a la vida subjetiva, es justamente su falta, su ausencia, su falta fundante. Ése es el núcleo de la soledad: estamos constituidos a partir de la falta del Otro. Por esto la soledad es un punto fantasmático donde todo neurótico puede reconocerse y hasta identificarse, ya que uno de los paradigmas icónicos de la soledad es la de un niño librado a su propia suerte. Punto nuclear de todo conflicto edípico.
Entre los múltiples matices o modulaciones de la soledad, bien podríamos señalar la existencia de dos tipos de soledad: por un lado, la soledad del que se encierra en sí mismo (incluso en el delirio de independencia y autonomía), el ermitaño o el anacoreta que hacen de la esfera su mundo; y la soledad de quien se siente solo como habitante de una dimensión desconocida pero anhelada, la soledad que no se soporta que se padece, la soledad de quien se ve alejado de la realización que asocia con la completud.
La soledad también se ve asociada al silencio, sin embargo, no necesariamente se cruza en silencio; la soledad, si se la escucha bien, siempre está por decir algo, es balbuceante. Nunca lo dice, o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible, como una música. La soledad quiere hablar de lo más radical del deseo, ahora desprendido de los contornos que lo pueden arraigar a un objeto, a una ilusión. El psicoanálisis tendría algo que decir en torno a la soledad, sin coartadas, en cuanto elemento que es y actúa en la subjetividad y confronta al sujeto con un sendero colmado de afectos y puntos de tensión: sin duda se pueden ver sus huellas en la ansiedad ante la muerte, lo mismo que en el cuerpo flagelado y lacerado; en la precariedad del tiempo y en el amor, al encontrarnos con el inevitable rostro oscuro del desamor, donde la soledad se vuelve falta. Aunque recordemos que amor y desamor son aguas del mismo río, como lo escribió Rosario Castellanos.
Pese a ello, en algunos grandes espíritus, la soledad y su vocación de intimidad están emparentadas con el silencio. El silencio es el elemento central en el taller del solitario creador. Envuelto en él, en el silencio —no necesariamente inaudible— la actividad del creador se vuelve objeto de sospecha para una sociedad que supone —sin equivocarse— que en la soledad se engendran los monstruos del espíritu, esos que paradójicamente sostienen en constante transformación a la vida. El terror de la soledad acecha y llena de temor, de manera particular, a una masa humana que ha abandonado el contacto con su “vida íntima”, perdida en los imperativos de éxito social a toda costa, marionetas de un sistema productivo que les consume lo más propio, su singularidad, con los ideales de la uniformidad, con la promesa de curarlos de la soledad. Una sociedad así, posmoderna y globalizada, condenadora de lo singular, muestra su hostilidad hacia los espíritus que buscan refugio en la soledad para poder encontrarse con lo más íntimo, con sus pensamientos y sentimientos más recónditos, con sus incertidumbres.
Sin embargo, bien visto, encontramos en ese rechazo un efecto reactivo de la admiración, en tanto que espíritus como éstos, que se abstienen de lo social, que ven más allá de lo inmediato, forman una cierta aristocracia que es capaz de extraer enormes creaciones del estado de ánimo que más terror causa en el vulgo. Esta aristocracia, por su línea filosófica, va de Heráclito a Spinoza y alcanza sus puntos máximos en Nietzsche, cuyo silencio se lee simplemente como locura, y Wittgenstein, quien recomendaba “de aquello que nada se puede decir, más vale guardar silencio”. En la poesía también hay un grupo selecto de solitarios en el que sin duda podremos encontrar a Hölderlin, quien encerrado en su torre pregunta a su amada griega: “¿Serás capaz de escucharme, de comprenderme, si te hablo de mi larga y enfermiza tristeza?” Lamentablemente, esta aristocracia capaz de florecer en la más absoluta soledad se encuentra en decadencia, en extinción, amenazada por lo peor de la modernidad, que se caracteriza por causar una acelerada erosión de la intimidad. Por promover una huida insensata de la soledad.








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