José Luis Camacho Gazca
¡La verdad! ¿Puede la verdad servirme una copa de meliloto?
¿Puede la verdad coronarme de flores, puede cantarme, dejar caer oro
en mi cinturón o enfriar mis sienes cuando la fiebre me visita?
Que haga estas cosas y la veneraré, será mi dios, más que
Fortuna, Destino, Roma o cualquier diosa de la lista. John Henry Newman, Callista
Entre 1797 y 1798 Francisco de Goya puso especial esmero en un lienzo que para él representaba un compromiso particular, pues se trataba del retrato de un amigo: Gaspar de Jovellanos, la estrella de la ilustración española que en ese momento iniciaba una carrera política que con el tiempo fue malograda. En este cuadro, Jovellanos nos mira recargado en su mesa de trabajo con un gesto melancólico, cobijado por una escultura de Minerva.
Sus papeles y su tintero nos hablan de su esfuerzo por exportar sus ideas a un mundo cambiante, en la disyuntiva entre la libertad y la tiranía. El cuadro se volvió una representación duradera del intelectual, esa figura que apuesta a ser la conciencia de su tiempo. Sin embargo, los historiadores del arte no han dejado de llamar la atención sobre el parecido de la postura de Jovellanos en este cuadro con la del anónimo personaje de otra obra de Goya: el capricho número 43, titulado El sueño de la razón produce monstruos.
Pintado un año después del retrato de Jovellanos, este grabado nos presenta a un personaje abrumado sobre su escritorio, con el rostro entre sus brazos y acosado por una multitud de murciélagos, lechuzas y gatos que forman una imagen de pesadilla. ¿Se trata de Jovellanos?
¿Goya quiso decirnos que la búsqueda de la verdad no es garantía de encontrarla? ¿Qué si continuamos en la senda del saber no nos gustará lo que encontraremos?
Probablemente no sabremos nunca lo que atravesó por la mente de Goya en esos años, aunque contamos con todo el conocimiento sobre los acontecimientos de su tiempo para hacer nuestras propias conjeturas. Lo cierto es que aquellos que hemos escogido el camino de las humanidades estamos expuestos a representar a ambos personajes: el contemplativo que mira al futuro y el abrumado por el peso de su propio conocimiento. Los recientes acontecimientos políticos de una Latinoamérica que se debate entre el neoliberalismo tecnócrata y las promesas revolucionarias de un socialismo tardío nos obligan a describir el papel que juega el intelectual en los mismos. Si José Martí y Enrique Rodó tienen razón y los latinoamericanos somos el Ariel de la tempestad shakespeariana, somos un pueblo ligado permanentemente a la espiritualidad, con la vocación de mirar hacia dentro, contrapuestos a Próspero, encarnado en los países poderosos del primer mundo.
La multiplicación de la oferta educativa ligada a las humanidades en nuestros países sería la confirmación de tal semejanza: Latinoamérica aglutina a una población académica y estudiantil vinculada a carreras humanísticas mucho mayor que los países industrializados.
En más de una ocasión, varios gobiernos han tratado de minimizar a las disciplinas humanísticas afirmando que son lo que menos necesita esta parte del continente para salir del atraso, opinión que ha sido llevada a la práctica al suprimir de las universidades las facultades de filosofía, historia y otras disciplinas. ¿Está justificado este rechazo? ¿Será que los intelectuales son más una molestia que una necesidad? ¿O acaso ya son demasiados, y se necesita una dolorosa pero urgente siega?
Depende a quién preguntemos. Entre las profesiones firmemente asentadas en ciencias exactas y el mundo laboral en general hay un vicio muy arraigado que es el pensar que quien se dedica a cosas intelectuales es un profesional de segunda división. Yo sería el primero en rebatir esa afirmación y esgrimir multitud de argumentos que mostraran a dónde conduce un desarrollo económico o tecnológico sin reflexión ética, sin axiología ni honestidad teórica. Sin embargo, sería injusto con mis colegas de ciencias exactas si no reconociera algunas deficiencias y tendencias negativas en el mundo intelectual. Somos una raza compleja a la que se le dificultan muchas cosas, pero sobre todo una: la autocrítica.
Por eso quisiera presentar algunos problemas que se traducen en profundas taras de nuestro panorama intelectual, que empiezan en el primer mundo y repercuten con fuerza en nuestro país.
Los lastres
En Latinoamérica, a pesar de las crisis económicas, inestabilidad política y atraso epistemológico, hay actualmente una certeza: cualquiera puede, con mucho esfuerzo, convertirse en un intelectual. La oferta universitaria ligada a las humanidades es amplia y bien nutrida, el acceso a la información y la multiplicidad de accesorios tecnológicos aplicados a la cultura son cada vez mayores y se producen muchos libros, revistas y blogs dedicados a la reflexión humanística. Se trata de un logro conquistado a sangre y fuego, herencia de una historia accidentada que garantiza que las mentes se activen para buscar la salida a la opresión, a la dictadura o al atraso. Latinoamérica se yergue como una región orgullosa de sus intelectuales, bastión para el desafío ético a las naciones del Norte.
Sin embargo, una mirada cuidadosa a las academias y a las comunidades intelectuales de América Latina podría revelarnos un panorama no tan alentador o del cual estar orgullosos.
Y es que en nuestros países los intelectuales padecen de ciertas deficiencias que muchas veces provienen, en primer lugar, de su formación académica. La primera y la más grave es la falta de compromiso de los estudiantes con sus respectivas disciplinas (y de la academia con sus estudiantes). Las humanidades, al ser lanzadas a la carrera indiscriminada de las profesiones, atraviesan por un proceso de producción en masa de egresados con pocas oportunidades en el mercado. Esa tendencia no sería negativa en sí misma si no se tradujera en conductas que son fáciles de observar en el aula y en el texto. Y todas ellas tienen que ver con la falta de compromiso, de rigor, de precisión teórica. Si bien no podemos negar los avances de la pedagogía universitaria de nuestro tiempo ni la apertura democrática de muchas instituciones educativas (que reconocen los excesos del pasado y afirman con justicia que un rigor y dureza extremas no eran una buena manera de formar y llevaban al anquilosamiento de las disciplinas) sí podemos reconocer que el intelectual muchas veces explota de manera inadecuada su nueva libertad. Somos científicos y se nos olvida muchas veces. En palabras del investigador Rafael Romero Castellanos:
“Para que las ciencias sociales contaran con un estatuto epistemológico propio dentro del campo de la ciencia tuvieron que dar respuesta adecuada a la naturaleza escurridiza de su objeto. La realidad social es reacia a su objetivación pues el sujeto observador está ‘dentro-fuera’ de la realidad observada, y en esta medida le afecta, no sólo por la alta subjetividad involucrada en el hecho de estar ‘dentro y fuera’, sino por el carácter reflexivo del conocimiento que se produce: el conocimiento sobre lo social transforma en el mismo acto de observación lo observado. Las dificultades por abordar de forma objetiva la realidad son evidentes” (“Modernidad, América Latina y ciencias sociales”, 2008).
Las humanidades llegaron tarde al selecto club de la ciencia. Sin embargo, se ganaron su membresía a pulso con el rigor y la honestidad teórica. Hoy, esa membresía se cuestiona frecuentemente al mirar detalladamente los productos de los intelectuales que muchas veces solamente son, paradójicamente, productos de una mediocridad muy bien formada.
Alan Sokal y Jan Bricmont llamaron la atención al respecto hace algunos años con una obra capital de la crítica moderna, Imposturas intelectuales, uno de los libros más polémicos y celebrados de 1998. En esta obra, ambos autores revelan una cadena que empieza entre máximos representantes del pensamiento posmoderno y termina en los estudiantes de primeros semestres que está caracterizada por la falta de precisión y sobre todo, por la ausencia de claridad en los argumentos. Sokal y Bricmont se burlaron de la comunidad intelectual internacional al publicar en la revista norteamericana Social Text un artículo titulado Transgressing the boundaries, plagado de datos provenientes de filósofos contemporáneos que eran, en el mejor de los casos, incongruentes y en el peor, absurdos.
A pesar de que personajes de la talla de Jacques Derrida tuvieron derecho de réplica ante la ridiculización que Sokal y Bricmont habían llevado a cabo sobre sus obras (en el caso de Derrida fue en un famoso artículo en Le Monde) lo cierto es que las humanidades contemporáneas no salen bien libradas de un escrutinio cuidadoso en cuestiones de claridad. Ambos autores expresan su desazón de esta cadena de deficiencias de la siguiente manera:
“Lo que es más grave, a nuestro entender, es el efecto nefasto que tiene el abandono del pensamiento claro sobre la enseñanza y la cultura. Los estudiantes aprenden a repetir y adornar discursos de los que casi no entienden nada. Hasta pueden, con suerte, llegar a ser profesores universitarios sobre esa base, convirtiéndose en expertos en el arte de manipular una jerga erudita. […] Los discursos deliberadamente oscuros del posmodernismo y la falta de honradez intelectual que generan envenenan una parte de la vida intelectual y fortalecen el antiintelectualismo fácil, demasiado extendido ya entre el público (Alan Sokal y Jan Bricmont, Imposturas intelectuales, 1999).
Si esto sucede entre las humanidades del primer mundo que en Latinoamérica gozan de una categoría canónica, ¿qué sucederá en nuestras facultades? Basta haber dado clases en educación superior para saber que los estudiantes se acostumbran rápidamente a hablar de libros que no han leído, a sacar de contexto una colección de citas cuidadosamente escogidas y preferentemente complicadas o a generar ensayos de una oscuridad intencional para diferenciarse del resto. Además, la constante necesidad de especialización muchas veces hace a los estudiantes expertos en un tema y completos ignorantes en cuestiones capitales de su disciplina. Y esta tendencia frecuentemente es heredada por el profesor, que proyecta intencionalmente una imagen de infalibilidad para generar admiración entre su auditorio, basada, desde luego, en sus investigaciones personales. Sin un compromiso que se traduzca en vocación, el maestro de humanidades se transforma en un enamorado de su propia voz, dueño omnímodo de la verdad en el aula y fuera de ella, juez, jurado y ejecutor de su disciplina. Si lo puede fortalecer con un grado académico cada vez mayor, mejor aún.
Y al final, toda la clase termina atrapada en Babel, en un estado de confusión intencional que se defiende desde el terreno de las buenas intenciones. Con frecuencia, los académicos han tomado ventaja del lenguaje de la posmodernidad para justificar investigaciones deficientes o libros intencionalmente oscuros. La laxitud del lenguaje en muchas obras de los exponentes del pensamiento posmoderno ha llevado frecuentemente a muchos autores a creer que la redacción más compleja es la más conveniente. Hace un par de años, un artículo (originalmente en inglés) de Steve Katz titulado Cómo hablar y escribir en posmoderno levantó ámpula entre la comunidad cibernauta por su manera de ironizar sobre esta tendencia al barroquismo dialéctico, presente en muchos sectores de la academia:
“Por ejemplo, imaginemos que quiere decir algo así como: ‘Deberíamos de escuchar las opiniones de las personas que se encuentran fuera de la sociedad occidental para aprender acerca de los prejuicios culturales que nos afectan’. Ésta es una forma honesta pero aburrida de decirlo. […] Así que la declaración final debería decir lo siguiente: ‘Deberíamos de escuchar las multivocalidades intertextuales de los otros poscoloniales que se encuentran fuera de la cultura occidental para aprender acerca de los prejuicios falocéntricos que regulan nuestras identidades’. Ahora sí está hablando posmoderno” (Steve Katz, Cómo hablar y escribir en posmoderno, 2010).
Sobra decir que esta tendencia es más que intencional y termina formando estudiantes y académicos que disfrutan de un discurso adornado con interminables complejidades lingüísticas que no aportan nada al sentido último de lo que se quiere decir. Además, hace muy difícil discernir entre una obra seria y otra que ha sido intencionalmente inflada.
Sin embargo, los problemas no terminan ahí porque no se quedan en un plano meramente lingüístico. Con frecuencia, estas anomalías en el discurso terminan afectando seriamente al corpus teórico de diferentes disciplinas por la importación de términos ajenos a las mismas.
Como afirman Sokal y Bricmont, un pensamiento no se convierte en “crítico” por el mero hecho de ponerse esa etiqueta, sino en virtud de su contenido. En el afán de producir obras de mayor complejidad, muchos humanistas terminan incorporando a su discurso elementos que no sólo hacen su lenguaje más rebuscado, sino también terminan complicando los fundamentos teóricos. Varios rubros del saber han padecido de este abuso, en especial aquellos que vienen de las ciencias exactas. La física cuántica en particular y su filiación con la Teoría de la relatividad, que eventualmente terminaría repercutiendo en las humanidades (desde la epistemología hasta la moral) ha sido usada frecuentemente para justificar nuevos tipos de análisis cultural que, si bien han tenido aciertos, también han fomentado violaciones de la Teoría misma, que no implicaba en sí misma la relatividad absoluta de los elementos de la cultura. Lo virtual, lo mediático y lo técnico son tres aspectos de una cultura moderna fundada en la relatividad y en la imposibilidad de criterios universales que no pueden ser negadas. Pero existen multitud de enfoques que a todas luces han tomado la relatividad como un pretexto para el desparpajo dialéctico. Empezando por la teoría literaria, pasando por las ciencias sociales y terminando en la historia del arte, muchos ensayistas y teóricos han creído que la irrupción de un lenguaje “más científico” puede sustentar un argumento absurdo. Pero la física cuántica no es la única disciplina afectada por el plagio de sus términos. El psicoanálisis ha sido la estrella de estas prácticas entre las humanidades, sobre todo en el terreno del análisis literario y la historia del arte.
Una disciplina cuya primera finalidad es el tratamiento clínico ha sido usada indiscriminadamente para decir lo que sea. Ejemplos de esto pueden encontrarse en los trabajos sobre mística, un aspecto de los estudios teológicos que ha sido profusamente usado para definir cosas que ni son místicas ni pretenden serlo. La metafísica, los estudios poscoloniales, la psicología transpersonal o las obras de Jung y Lacan son solamente algunas muestras de ramas del saber torcidas intencionalmente para fortalecer obras mediocres. Casos famosos son la interpretación que hizo la historiadora del arte Svetlana Alpers de las obras de Rubens (investigaciones que motivaron un libro, The making of Rubens, editado por la Universidad de Yale), donde se hablaba de represión sexual y homosexualidad negada como motores de algunas de sus obras, o la obra de Michael Fried sobre la pintura de Gustave Courbet (Courbet’s realism, 1990), donde el uso abusivo de la teoría psicoanalítica fue severamente criticado. Ambos ejemplos son reseñados, entre otros, en la obra de Roger Kimball, La profanación del arte (2011). Señalado frecuentemente como un pensador de derecha, ha sido vetado en algunos círculos académicos como consecuencia directa de este libro.
Sin embargo, más allá de la filiación ideológica del autor, hay un intento serio de denunciar estas malformaciones teóricas que, al ser avaladas por instituciones de gran prestigio, se convierten en obras canónicas con consecuencias desastrosas conforme van siendo exportadas y traducidas. Con gran ironía, Kimball ataca el problema de frente, al afirmar que el relativismo no tiene por qué ser un instrumento regulador de las producciones intelectuales:
“¿Ha reparado usted en la amplia extensión del empleo de estos instrumentos de deflación epistémica? Es realmente epidémica. ¿Y por qué no lo habría de ser? Es difícil imaginar un método más sencillo de neutralizar o hablar con ironía de una significación. Jamás hables de la virtud cuando puedes decir ‘la virtud’; un breve razonamiento no puede ser lógico, sino tan sólo ‘lógico’, y así por el estilo.
Funciona también con palabras que señalan un déficit cognitivo: no digas que un argumento ha sido refutado, di que sólo ha sido ‘refutado’. Para apreciar lo que está en juego, consideremos la diferencia entre el pescado fresco y el pescado ‘fresco’, la distinción es difícil de definir, pero fácil de oler.”
Podemos estar de acuerdo o no con el modo en el que Kimball se expresa, pero sin duda hemos tenido oportunidad de comprobar de primera mano, ya sea en un congreso, libro o documental cualquiera de estos modos cuestionables de fortalecer una investigación.
Las consecuencias de estas prácticas no sólo perjudican al ámbito meramente cultural, pues convierten al intelectual más que en un profesional serio, en un gurú. Se rodeará de prosélitos seducidos por esta jerga aparentemente incomprensible y formará cotos de poder.
Generará confusión y polémica innecesaria entre sus colegas y terminará generando un ciclo que podemos llamar de tiburones y rémoras. Tiburones que devorarán obras ajenas para digerirlas deficientemente y dejar los restos a las rémoras que viven cerca de sus fauces. Puede parecer una metáfora exagerada, pero es un riesgo latente en cualquier comunidad intelectual. Además, un lenguaje oscuro con pretensiones de complejidad dificultará la inserción del intelectual en la vida misma. Me explico: el intelectual, al convertirse en dueño de un conocimiento arcano que se expresa barrocamente generará lo que algunos filósofos de la liberación han llamado Relación ilustrada. Ésta consiste en la imposibilidad de acercamiento con aquellos que no manejan el dialecto erudito creado o aprendido. Si consentimos que nuestro contacto con la comunidad no intelectual se dé en las condiciones de la relación ilustrada, nos acercamos a ella con pretensiones de superioridad infundadas, desde el “yo sí sé y tú no”. Eso imposibilita cualquier relación horizontal y termina confinando al intelectual a su círculo inmediato. Además, dificulta el contacto con la realidad social, con el alumnado, con el mundo obrero y el público en general, justificando así la fama de soberbios y autosuficientes que muchos intelectuales se han ganado. Por si fuera poco, la relación ilustrada se extiende incluso entre los mismos intelectuales cuando modifican el discurso de su propia disciplina hasta provocar divisiones que hacen, como me diría un maestro, que “el lacaniano del departamento 1 no se entienda con el del 2”. La relación ilustrada, si fuera generalizada, sería la prueba de que las humanidades no crean comunidad y, en última instancia, no humanizan.
El laberinto de la congruencia
Las tendencias de descuido intelectual (las cuales merecen un desarrollo más minucioso) no son las únicas taras de nuestra comunidad. Además de la autocrítica, fallamos frecuentemente en la conversión de nuestros estudios en estilos de vida. La honestidad con la propia disciplina tendría que ser la primera consecuencia de una formación intelectual sólida, sin embargo, las irregularidades que mencionamos anteriormente juntos con otras un tanto más vergonzosas (como el plagio, alrededor del cual hay actualmente una gran discusión sobre todo en el panorama literario) serían la demostración de lo contrario.
Existen además otras problemáticas, como el resultado esperado de un trabajo intelectual.
Un vicio muy común entre el intelectual latinoamericano es la autocomplacencia con su propio trabajo. En la tradición anglosajona, un ensayo o una ponencia son compartidos entre la comunidad antes de ser publicados o dictados, para ubicar posibles fallas y corregir la versión final. Cuando son sacados a la luz, las objeciones al mismo son tomadas como un aliciente para su discusión y mejora. En Latinoamérica parece suceder lo contrario: los congresos, las publicaciones son motivo de adulación y muy pocas veces de crítica bien fundamentada, y cuando eso sucede, es tomado como una agresión. Como podemos ver, la construcción de comunidad y el ejercicio honesto de la vida profesional son solamente los primeros pasos del compromiso intelectual. Tenemos que considerar también las consecuencias de la inserción de la actividad intelectual en la vida política y el mercado en nuestros países.
Latinoamérica comparte con muchas regiones de primer mundo un florecimiento de las comunidades intelectuales a partir de las revoluciones sociales de los años sesenta.
El enfrentamiento entre la renovación y la reacción ha sido un tópico indiscutible en los estudios culturales, que tomó matices violentos en el pasado y puede tomarlos en el futuro.
La convivencia de dictaduras militares de derecha con regímenes socialistas produjo en América Latina una camada intelectual variopinta y rica en perspectivas. En la actualidad, nuestros centros de educación superior son el fruto de una evolución permanente. En palabras de Romero Castellanos:
“De la radicalidad revolucionaria se pasa a la tolerancia democrática como lógica interna de producción y funcionamiento de las ciencias sociales latinoamericanas: en los sesenta-setenta son los imperativos revolucionarios y de formación de los estados nacionales los que marcan el pulso de la producción de las ciencias sociales; en los ochenta-noventa, las exigencias democratizadoras y modernizadoras vía reformas estructurales de corte neoliberal. Las prácticas excluyentes e intolerantes ejercidas dentro del campo se abandonan y en su lugar se exigen actitudes de respeto, apertura y tolerancia cognitivas. El discurso militante y revolucionario deja el paso a un discurso objetivista, consensual y democrático” (“Modernidad, América Latina y ciencias sociales”).
Este panorama sociopolítico es el origen de la división tradicional de nuestras instituciones de educación superior en universidades de derecha y de izquierda.
Independientemente de su filiación ideológica, las universidades, en especial sus facultades de humanidades están llamadas a ofrecer una sólida formación intelectual que se traduzca en estilos de vida que fomenten la paz, la solidaridad y un nuevo concepto de ciudadanía. Si bien el fracaso del proyecto de la modernidad donde el avance tecnológico y su exportación a la vida cotidiana eran presentados como panacea provocó cierto cinismo entre las humanidades, las perspectivas de las mismas ante un mundo más complejo siguen siendo necesarias. La ética de las profesiones adquiere un papel muy importante entre las disciplinas humanísticas:
“En cualquier profesión que merezca ese nombre, hay dos polos complementarios: lo que mueve al profesional y lo que legítimamente demanda la comunidad a los profesionales. La ética de la profesión orienta los comportamientos de la persona en ambos aspectos, pero no ha de ser nunca moralina ni adorno, sino más bien la entraña misma de la actividad profesional como compromiso de la persona con su propio proyecto vital y como la base de la confianza que la sociedad deposita en el trabajo de quienes son considerados profesionales, esto es, ciudadanos con una especial responsabilidad en la comunidad” (“Ética de la profesión: proyecto personal y compromiso de ciudadanía”, 2011).
Los intelectuales han reclamado esa posibilidad de ser conciencia de su tiempo de diferentes formas, a veces mediante el compromiso político, la presencia en los medios o en la denuncia permanente de las limitantes del sistema. Sin embargo, “el sistema” ha incorporado a los intelectuales a su maquinaria de muchas maneras en tiempos recientes.
La adopción de un sistema global que tiende al neoliberalismo ha dividido a los intelectuales en dos grupos muy amplios que podríamos llamar de intelectuales comprometidos y de consultores expertos. Los primeros son aquellos que, dentro o fuera del sistema están conscientes de su existencia e intentan mediante su disciplina denunciar las diferentes circunstancias de explotación que éste genera. El intelectual comprometido no descuida su contacto con la base y está atento al modo en el que su labor se engarza con la vida social. Por el contrario, el consultor experto sirve al sistema desde su disciplina y puede escindir perfectamente su labor de las implicaciones éticas de su mal uso.
Intelectuales y artistas cuestionan o legitiman al sistema, según su filiación, que implica una decisión difícil que frecuentemente termina afectando su obra. Precisamente por esas decisiones, que se traducen forzosamente en un estilo de vida, muchos intelectuales pierden primero la confianza de su comunidad y después del público en general. En México, la apropiación de muchos intelectuales por parte de los gigantes de la telecomunicación sería la muestra de este problema: novelistas, analistas, filósofos, poetas y artistas son sorprendidos adulando al régimen o justificando sus atropellos con frecuencia.
La experiencia de las pasadas elecciones basta como ejemplo. Como dijera el gran crítico de las instituciones, el jesuita Josep Dalmau, “un sabio ‘forzado’, sin un amor profundo a la verdad, es un peligro público: Mejor que no lo sea. Como el poder sin justicia, que es un abismo de sangre” (Contrapuntos al camino).
Evidentemente no todo intelectual comprometido debe serlo políticamente, sin embargo, tiene que ver en la vida política la consecución de un corpus teórico que llegó al poder de un modo o de otro, lo que le obliga a exigir una vida política sana. En palabras de José Luis Espíndola Castro:
“La vida política sana es necesaria para defender una democracia que siempre está en riesgo, por ello es necesario que la ciudadanía trabaje cerca de los partidos y a través de organizaciones políticas, proponiendo, criticando y arbitrando allí donde exista un problema político por resolver. No faltan los que afirman que para lograr la igualdad económica hay que renunciar a la libertad para establecer una ‘buena’ dictadura, ya sea de derecha o de izquierda y no hay que olvidar que muchas democracias fueron destruidas por la vía electoral” (“Las esferas de la acción ciudadana y la responsabilidad universitaria”, 2009).
El pensador, escritor o académico que ignore esto está amenazado con vulnerar él mismo las prácticas democráticas dentro de su comunidad, y eso es inaceptable. Está obligado a revisar continuamente sus métodos, sus conclusiones y el impacto de su obra, sobre todo en los intelectuales jóvenes. A esto le podemos agregar otra modalidad de reflexión que tiene que ver con el momento en el que se encuentra el intelectual, primero en la historia y después con respecto a su propia vida. No es difícil encontrar ejemplos de intelectuales que pudieran parecer anacrónicos por la dureza de sus juicios al no saber interpretar de manera adecuada los signos de su propio tiempo. Muchas veces esto se traduce en posturas de un conservadurismo sin bases sólidas, muy común en las universidades de derecha. Debe estar atento a los signos de los tiempos y a las novedades de su cotidianidad aunque no las comparta, pues corre el riesgo de mirar de manera inadecuada a las generaciones que le siguen. Y, en un sentido más personal, debe ubicar en qué momento de su vida se encuentra, para reconocer en carne propia las ventajas y desventajas de su condición y el lugar en el que lo han puesto sus decisiones. Sería muy triste reconocer que la constante más común sea la descrita por Rosendo Bolívar:
“Resulta frecuente observar al joven que a los veinte años comienza a darse a conocer con un discurso crítico de tintes radicales, instalado, después de los cuarenta en un confortable puesto burocrático, desempeñando las mismas funciones, realizando los mismos actos que él mismo criticó en sus años mozos. Esta actitud parece ser la que predomina en los intelectuales modernos como lo prueba la casi total ausencia de pensadores críticos independientes” (Los intelectuales y el poder, 2002).
Por lo tanto, existe la gran urgencia de un enorme examen de conciencia de la comunidad intelectual con respecto a su obra, a su vinculación con la sociedad y consigo misma para que nadie sea llamado a engaño y para que la nobleza de la profesión (mejor dicho, de la vocación) no se pierda en la confusión del momento histórico, donde las fuerzas de los diferentes sistemas consideran a los intelectuales como un eslabón más en el engranaje del mercado. Frecuentemente, estas presiones externas producen en el mundo intelectual divisiones profundas y desviaciones que hacen que el gran público sienta una profunda decepción con respecto a sus pensadores. Y no es para menos: el menosprecio de la actividad intelectual por parte de la opinión pública proviene frecuentemente de su incongruencia y de su incapacidad para compartir sus ideas. Esto exige que, con una gran valentía y honradez, la comunidad cuestione su función en la sociedad y las actitudes que la han alejado de ella, para poder tender nuevamente los puentes necesarios y renovar a las disciplinas desde su vinculación con la vida y desde los muy particulares proyectos de cada agente del campo intelectual:
“El horizonte ético de las profesiones puede contemplarse como la posibilidad de salir de la crisis de legitimidad que atraviesan volviendo a ganarse la confianza de la sociedad. Para ello es preciso que una masa crítica de profesionales, comprometidos a fondo con los valores de su profesión, sean capaces de poner en cuestión las estructuras y hábitos de dominación que todavía subsisten en muchas profesiones” (Martínez Navarro, “Ética de la profesión: proyecto personal y compromiso de ciudadanía”).
Los intelectuales deben conocer de primera mano y no por abstractos las necesidades de su propia comunidad para poder llevarla a un estado de profesionalización continua y reflexión ética, sin la cual está perdida. Tendrían que apostar, en palabras de Sokal y Bricmont, por una cultura intelectual “racionalista, pero no dogmática, con mentalidad científica, pero no cientificista, amplia de miras, pero no frívola, políticamente progresista, pero no sectaria” (Imposturas intelectuales). Todo esto, para poder volver a ganar la confianza en sí mismos y ante la sociedad que aún tiene motivos para mirarlos con recelo.
Conclusión
“Todos tienen que servir a los demás con su inteligencia. Ninguno puede pretender pensar por los otros. Esto sería el colmo de la imbecilidad y la opresión más cruel. Rebélate porque tú y unos pocos más pueden permitirse el lujo de unas horas libres para estudiar.”
Esta frase de Josep Dalmau (Contrapuntos al camino) resume perfectamente el espíritu que quise imprimir a este ensayo. Es el fruto de la experiencia y de la convicción de que no todo anda bien en el panorama intelectual y que debe hacerse algo al respecto. Fuera del mismo, hay una masa en un esfuerzo agónico que consiste en que si no trabaja, no come. Esa masa no tiene tiempo ni medios para reflexionar su dramático estado. Los intelectuales están fuera, y tienen la oportunidad de un trabajo productivo que les haga felices, fecundos en ideas y los conduzca a una vida no malograda. Por tanto deben honrar su posición privilegiada, pues de otro modo serían los parásitos más grandes del sistema. Su conocimiento, su tiempo y su generosidad deben estar dirigidos a su propia comunidad en primer momento para que después la puedan trascender. Están llamados a eliminar la charlatanería, el desparpajo, las salidas fáciles teóricas, el oscurantismo involuntario y el endurecimiento de las posiciones para poder construir una nueva clase intelectual que privilegie el diálogo. Pero lo más importante radica en la constante actitud autocrítica. Sin ella, el intelectual es un espejismo de sabiduría, un repetidor de frases hechas que busca un equívoco. Y en el peor de los casos, se convierte en lacayo del opresor, cuando su misión más importante sería que el mismo opresor comprendiera que su mayor bien, paradójicamente, es dejar de serlo.
Se trata de crear una nueva cultura de responsabilidad entre los intelectuales para que puedan mirarse al espejo y sentirse orgullosos. Para que puedan encontrar el hilo que lleva a la vida con más facilidad y sean más naturales, sin que esto los haga ordinarios o vulgares. Para que las cicatrices de un accidentado siglo XX puedan cerrar con mayor rapidez para poder pasar a lo que sigue. Para que sea la ciencia y no la superstición ni el fanatismo la que rija los paradigmas intelectuales de las nuevas generaciones. Pero sobre todo, para que los miles de años de investigación, cultura, arte y pensamiento crítico no sean malogrados por una generación que no supo respetarlos. Este llamado no es nuevo y puede parecer poco original, pero no es ocioso. Los productos intelectuales son la esperanza o la tragedia de un hombre y por eso, merecen respeto. La honradez consigo mismo y la responsabilidad con el propio conocimiento son la diferencia entre ese Jovellanos sereno y el desesperado personaje de El sueño de la razón produce monstruos.
La elección fue, es y seguirá siendo personal. Que todos los intelectuales estén a la altura del reto es el deseo de este ensayista.
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El presente ensayo inédito obtuvo el premio Filosofía y Letras, otorgado por la BUAP en 2012.









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