Roberto Calasso
En los últimos años de Baudelaire, los caricaturistas parisinos lo ridiculizaban como el poeta de “Une charogne”. Por encima incluso de los poemas eróticos, era ése el texto escandaloso por excelencia. Ningún poeta, se decía, había osado jamás acercar el cuerpo de la amada y la carroña abandonada del animal.
Sin embargo, Baudelaire tenía un precedente que, con audacia no menor, había hablado de la carroña. Se trataba de Yájñavalkya, a quien se atribuyen ciertas palabras que se encuentran en el cuarto kanda del Satapatha Bráhmana: “Los dioses disiparon en parte ese olor y lo depositaron en los animales domésticos. Ése es el olor de la carroña de los animales domésticos: por eso no debe taparse la nariz ante el olor de la carroña, éste es el olor del rey Soma.”
Dos figuras —la mujer amada y el rey Soma— se revelan en la fetidez de la carroña. Para Baudelaire, con un escalofrío de repulsa y de secreta complacencia. Es el horror que se desata detrás de la apariencia, como sospechaban los modernos. Por eso se exaltan de ese modo. Huyen, no se detienen, tienen miedo de que la apariencia se transforme bajo su mirada. Para Yáñavalkya, en cambio, la aceptación es completa. Está vinculada a una prescripción que viene impuesta a un sentido muy primitivo: el olfato, que se resiste a obedecer.
Algo remoto y poderoso debía estar implicado en esa prohibición. Había que remontarse al momento más aterrador para los dioses, cuando Indra había arrojado el rayo sobre el informe Vrtra, aunque no estaba seguro de haberlo matado. Entonces se escondió. Ocultos detrás de él, también vacilantes y aterrorizados, estaban los dioses. Dijeron a Váyu, Viento: “Váyu, averigua si Vrtra está muerto o vivo; porque tú eres el más veloz de nosotros; si vive, vuelve enseguida aquí.” Váyu aceptó, después de haber pedido una recompensa. Cuando volvió dijo: “Vrta ha sido asesinado: haced con el muerto lo que queráis.” Los dioses se apresuraron. Sabían que el cuerpo de Vrtra estaba hinchado de soma, porque Vrtra había nacido del soma. Todos querían saquear el cadáver, quedarse con la porción más grande. Se dieron cuenta de que el soma hedía: “Áspero y pútrido se derramaba hacia ellos: no era adecuado para la ofrenda ni para ser bebido.” Entonces pidieron de nuevo ayuda a Váyu: “Váyu, sóplale encima, vuélvelo apetecible para nosotros.” Váyu pidió otra recompensa; después se puso a soplar. La hediondez empezaba a disiparse. Los dioses lo depositaron en el olor de carroña que está en los animales domésticos. Después Váyu siguió soplando. Al fin el soma se podía beber. Los dioses siguieron disputándose las partes. Alrededor, el mundo estaba sembrado de fétidas carroñas. Pero también en ellas estaba el soma. Los hombres iban a tener que recordarlo. Si se las encontraban, no debían taparse la nariz.
Son muy duras las exigencias de los ritualistas: el soma, la planta embriagadora que crece en la montaña Müjavant, escaseaba cada vez más, y hasta podía desaparecer, pero los ritos que lo celebraban continuarían siendo idénticos. En todo caso se le buscaría un sustituto. Paso fatal. El rito se celebraría con otra planta, carente de los poderes del soma. Pero quedaban los himnos. Si un día, vagando, se encontrara la carroña de un animal, estaba prohibido taparse la nariz. Porque también en ese cuerpo descompuesto, como en todos los cuerpos, un día se había depositado el soma. Aquel olor repelente era la “señal distintiva del rey Soma”. El soma es el bien en estado bruto. Ya intolerable en sí, se vuelve aún más intolerable cuando se mezcla con el “mal de Muerte”, pápmá mrtyuh. Entonces es necesario aceptarlo, inhalarlo, dejar que penetre en nosotros. El bien es algo contra lo que la naturaleza se revela. Pero es necesario domarla. Para eso sirven los ritos. Para los ritualistas, ni siquiera bastaba con esto. El pensamiento debe extenderse también a lo casual, incluido el encuentro imprevisto con la carroña de un animal, mientras se camina en una zona poco frecuentada.
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Fragmento de El ardor (Anagrama, México, 2016).









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