Jesús Bonilla Fernández
Me disculpo desde ahora con el lector por la extensión de este texto y le advierto que quizá la próxima semana trate el tema de los satrapillos, gobernadores que no asuelan la antigua Persia, como correspondería históricamente, sino nuestro territorio nacional (v. gr. Puebla, Morelos, Veracruz, Guerrero, Chiapas, Sonora, etcétera), como corresponde a la actualidad diaria, evidente y asimismo aberrante. En descargo, señalo que el asunto está relacionado entrañablemente, aunque evito hoy las vulgaridades cotidianas, manifiestas entre líneas en la prensa y nuestro imaginario.
Como continuación, y ampliación en parte, del tema de la entrega anterior debo mencionar las visiones del fin del mundo para comentar sus influencias en la obra completa de Canetti (Premio Nobel 1981), en especial aquella que se refiere a la masa y el poder.
“Tengo a la política por una forma de despachar lo más serio de la vida tan relevante como el tarot, como mínimo, y ya que hay hombres que viven del tarot, la aparición de un político de oficio es un fenómeno totalmente comprensible. Tanto más cuanto que éste gana a costa de los que no juegan… Si no hubiera política, el ciudadano sólo contaría para sentirse colmado con su vida interior, o sea, nada.”
El escarnio transcrito es autoría de Karl Kraus, un amante del lenguaje, quien murió sin voz el 12 de junio de 1936, en la “estación meteorológica del fin del mundo”, la babélica Viena de los pastelillos kitch, la especulación bursátil, los grandes bulevares y esa bestia negra —“arquetipo de la ruina espiritual de una cultura”—, la prensa.
“¡Ay, ay de la prensa! ¡Si Cristo viniese ahora al mundo, tan cierto como que vivo que no les señalaría la paja en el ojo a los fariseos sino a los periodistas!”
En 1927 el ingenio de Karl Kraus retoza a costa del diputado Matthias Eldersch, quien había dicho que los socialdemócratas eran los verdaderos seguidores de Cristo, según esto porque en el Evangelio está escrito que antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos.
Ante esto Kraus declara que su deber electoral lo ha satisfecho con la abstención, porque toma partido por la humanidad y contra el poder que la traiciona. Ya no conoce partidos —escribe— sino tan sólo ciudadanos, los únicos competentes en un país donde todo se prostituye por sí mismo y por lo tanto no necesita juez alguno, “pensionistas de una libertad de prensa que se hace inmune a la cobardía, que convierte en institución las mentiras incontables, y provee a mantener el tipo libertino que le va emporcando la fama a la verdad”.
En abril de 1899 circula en Viena el primer número de La Antorcha (Die Fackel). Hasta 1937, seguirán más de novecientos, más de treinta mil páginas, un océano de tinta que desde 1912 Kraus redactó solo, corrigió y editó. Ese mismo año inicia las lecturas públicas de trabajos suyos y otros textos: la palabra desnuda en la escena desnuda.
Elías Canetti anota que desde el comienzo y durante una exposición de Kraus se mantenía el silencio que precede a la tempestad. ¿Qué era escucharlo? Renuncia a ofrecer una imagen de él “en su actualidad”, aunque la impresión deja huella en el segundo tomo de sus memorias: La antorcha al oído.
Para Walter Benjamin todo Kraus —hechos-palabras— corresponde a la esfera del derecho, nada puede entenderse sin entender al “abogado”, autor de Moralidad y criminalidad. Es Benjamin quien narra, en su ensayo sobre Kraus, lo que le dijo a éste el teatrero Bertolt Brecht: “Cuando la época alzó la mano contra sí misma, aquella mano era la suya.”
En su investigación sobre las metamorfosis —“la frase y la cosa son una”, escribió Kraus— Roberto Calasso se encontró con La Antorcha. En su ensayo sobre su autor, dice que inició la publicación no con un sonoro qué hacemos, sino con un honesto qué rechazamos. La Antorcha pretende lo imposible en la ciudad de las relaciones agradables, “donde justamente no se puede ser imposible, donde nadie consigue enfadarse por nada”. En 1905 el aforismo —“la respiración más larga”— se hace vital en la escritura de Kraus. A un aforismo de él —dice Calasso—, se entra con facilidad pero no se puede salir. “Los aforismos compendian toda la obra, pero sólo después de haber recorrido toda la obra descubrimos que debajo de ellos se abren catacumbas interminables.” Los aforismos son las piezas de una muralla china que —cita Calasso a Canetti— es ella misma el reino, por ambos lados, el exterior y el interior. En esa muralla —Canetti dixit— sólo queda un solitario guardián que además la construye y jamás llegará a su fin.
Kraus escribió: “Yo / no leo impresos ni manuscritos / no necesito recortes de prensa / no me intereso por ninguna revista / no deseo recensiones ni las envío / no comento libros, los tiro / no demuestro ningún talento, / no doy autógrafos, no desearía ser comentado ni citado, ni reimpreso, propagado o difundido, ni representado ni declamado, ni entrar en ningún catálogo, en ninguna antología, en ningún lexicón…”
Se entiende que Canetti gozara el espectáculo que era Kraus y aceptara la ley que significaban sus palabras, pero el asunto no quedaba en eso, lo trascendía “por el hecho —dice Canetti— de estar inmerso entre muchos y sentir esa enorme resonancia que se denomina masa, donde uno —y esto es muy importante, digo yo— ya no se lastima al contacto con sus propios límites”. Se entiende también lo vital que fue para Canetti su relación con el Dr. Sonne (Sonne es Sol en alemán), el personaje de su autobiografía, si no el más importante (aunque titula con su nombre la segunda parte del tercer libro, lo que no sucede con nadie más en toda la obra), sí el más enigmático. El Dr. Sonne hablaba como escribía Musil, dice Canetti, y es mucho si no todo. Asimismo, evitó la servidumbre psíquica de Canetti hacia Kraus.
Alcoholes
El pensamiento ha matado a millones y aún ha de matar a muchos más. Ahoguemos, pues, al pensamiento en otra jarra. Anthony Burgess, Un hombre muerto en Deptford
Los niños no entenderían por qué los adultos se resisten al placer; y los viejos tampoco lo entienden. Karl Kraus









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