Pablo Manuel Rojas Aguilar
Borges coincidía con Montaigne y con Emerson en que la lectura es una forma de felicidad, en que el concepto de “lectura obligatoria” es falso. Montaigne expresaba que todo debía hacerse con alegría, incluso la lectura. Borges coincidía con esta idea y además agregaba que, si se lee algún texto con dificultad, el autor ha fracasado.
Parece un poco irónico el pensamiento a este respecto de Borges porque sus relatos son un auténtico reto intelectual; no obstante, no podríamos considerarlo un fracaso. Él era un amante del libro, le tenía un culto desmesurado, casi religioso (tal vez deba suprimir el adjetivo “casi” pues dedicó su vida a las letras). Por ende, sus conocimientos eran muy vastos; tanto, que fue capaz de aprehender magistralmente textos que deben ser respetados por su complejidad, como Sefer Yetzira y Zohar, entre otros, los cuales influyeron considerablemente en su obra; pero sí podríamos considerarlo un elitista puesto que su lector ideal existe en mínimas cantidades. Este hecho lo convertiría, según su criterio propio (no tiene nada que ver con el mío), en un autor fracasado ya que a la mayoría de lectores les parece un tanto dificultoso disfrutar de la compañía de un espíritu como el de Borges. De tal modo, los lectores incipientes se negarán a aceptar su invitación estética; así como lo haría Montaigne si se encontrara con un pasaje complicado en algún libro.
Afortunadamente, no todos los que leen coinciden con estas concepciones y, por consiguiente, no abandonan las lecturas complejas como propone el Señor de la Montaña; antes bien, buscan indagar para instalarse en el fondo esencial de la obra, empujados, la mayoría de las veces, por su curiosidad intelectual. Ya lo decía el maestro (Borges): con el transcurso de los años podemos perder la mayoría de nuestras capacidades, pero nunca nuestra capacidad de asombro. Así, pues, si somos inteligentes, incluso si somos magnánimos, nos mantendremos inmersos entre las letras borgeanas todos aquellos que no pertenecemos a su élite intelectual, siempre y cuando sigamos, con especial atención, el grácil hilo de Ariadna que el argentino va desenredando, dadivosamente, en su laberinto lingüístico.
No sé qué piensen (quienes lo han leído) sobre las débiles disertaciones que presento a manera de artículo, pero yo encuentro en él una forma de placidez, una posibilidad de reinventar el universo, que algunos llaman biblioteca, a través de una taxonomía finita de palabras simbólicas, cargadas de disquisiciones infinitas para perpetrar un mundo menos pobre, un mundo hecho de consonantes, de vocales y de música que la boca fruncida de Dios susurra en los oídos de los grandes espíritus de la humanidad…









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