Pablo Manuel Rojas Aguilar
Es sabido que la conversación es una de las actividades más típicas de los seres humanos, que es la forma primaria en la que se manifiesta el lenguaje, pues ésta emerge de manera espontánea mediante un proceso automático. Es sabido también que convivimos con las demás personas a través de la conversación, que es la actividad básica que nos diferencia de los animales y con la cual, a partir de nuestras emisiones comunicativas, construimos el mundo, lo reinventamos, le agregamos matices y lo volvemos a construir.
Esta actividad tan cotidiana y aparentemente simple es mucho más compleja de lo que parece, debido a que cada uno de nuestros discursos (cargados de emisiones enunciativas y de intenciones) dependen tanto de fenómenos sociales (emanados de los contextos de cultura y de situación) como de fenómenos internos de los hablantes (psicológicos). En este sentido, cuando una persona desea comunicar algo, elige los significados relevantes que giran en torno a ella, los codifica a partir de una red potencial de recursos lingüísticos y los emite cargándolos de intenciones comunicativas. Empero, quien reciba la emisión, ¿podrá acaso decodificar fielmente lo que se le trató de comunicar, tomando en cuenta que el receptor posee sus propios contextos y su propia concepción del mundo? Tal vez sea imposible hacerlo, es decir: ¿realmente somos capaces de aprehender de manera fiel lo que el Otro pretende comunicarnos, de interpretar sus actos de habla de tal manera que construyamos el mundo como él lo hace? No obstante, felizmente creemos que la comunicación es posible e incluso efectiva a través del lenguaje, a través de esa herramienta precaria e inexacta de la que nosotros también estamos hechos, de una capacidad lingüística (como pensaba Graciela Reyes) que nos vuelve prisioneros libres, dueños esclavizados y que, de alguna manera secreta, evidencia las líneas de nuestro rostro.









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