Pablo Manuel Rojas Aguilar
El mundo borgeano es el caos de cada libro albergado en una biblioteca, cuya combinación finita de letras es capaz de guarecer los secretos de la Providencia, el Sacro Nombre inscrito en el registro de la luz.
El argentino buscaba en la escritura la posibilidad de volver al origen y de renovar el mundo. Para ello, a sus cuarenta y tantos años, se dio a la tarea de entretejer las grafías, de modo tal que apelaran a lo sagrado, a fin de apalabrar el Cosmos entero, el arquetipo de Dios. De este modo, fue como perpetró un objeto totalitario para el que no existe el tiempo ni el espacio.
Para los teólogos, en la eternidad no existe el pasado ni el futuro, existe únicamente el instante. Nuestro autor, quien gozaba de una capacidad dotada para observar, inspirado en el caleidoscopio, y en las teorías de la eternidad y del tiempo, busca hacer lo mismo que enunciaban los dogmáticos pero con el espacio. Y es así como logra tocar la cúspide de su vida literaria, mediante el relato más perfecto que la mano de cualquier hombre haya logrado. El sótano de Carlos Argentino fue el sitio donde la esfera, que mostraba el rostro inefable de Dios, fue descrita a modo de enumeración rítmica; esto es, reduplicando el verbo en primera persona del singular en pasado: “vi”, con la intención de adormecer nuestras conciencias a través de un rezo ya que, de esta manera, el alma se siente lista para ingresar a la divinidad.
Gracias a esta maestría, el escritor nos lleva a sufrir la experiencia última con lenguaje, en la que las cosas aparecen sin que se nombren, en la que se produce la afasia: no hay palabras para nombrar lo divino. También nos demuestra que el espacio es la copia despedazada del aleph: cada rincón del mundo, cada espacio entre las estrellas, cada sótano olvidado, cada plaza concurrida, cada campo lleno de alfanjes, el confín de los océanos, las distancias interestelares entre la soledad de los átomos son engranes que dan razón del Universo, son copias séricas de los sellos henchidos de fuego… Son las imágenes visibles del invisible aleph.
La esfera sempiterna de Borges vendría a ser la eternidad de Platón, el mismo ser eterno que busca proyectarse en todos los seres y que, sin embargo, no puede hacerlo en su eternidad; por lo tanto, requiere del tiempo para descargarse de manera paulatina. Es decir, imaginemos que se nos diera todo el Ser; el Ser es más que todo el mundo, es más que el Universo, si se nos entregara todo el Ser en un instante, sería intolerable y quedaríamos fulminados (recordemos a Tzinacán cuando descifra la escritura de Dios en las manchas del jaguar). Por ende, la vida nos obsequia la sucesión; nos da todo gradualmente mediante el tiempo porque, si no fuera así, seríamos a un mismo instante todas las plantas, todos los minerales, todas las bestias y todos los hombres.
Es un alivio creer que somos individuos.
Al final, Jorge Luis Borges nos deja pasmados y sin respuestas claras, con el ánimo paralizado, sin deseo ni repulsión. Cosa que, para James Joyce, ocurre ante el encuentro con el arte verdadero y puro, el cual será, si coincidimos con Swedenborg, nuestro modo único de salvación.
La obra borgeana nos ofrece, si somos perspicaces, la posibilidad de ampararnos intelectualmente y nosotros decidimos: salvarnos, o vagar por siempre en el desierto.









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