Rosalía Genis Velázquez
El ensayo representa simplemente un punto de vista artístico y en la crítica artística la actitud lo es todo. Porque en el arte no existe la verdad universal. Oscar Wilde
Abrir las páginas de una novela, es abrir las puertas a un mundo desconocido, a un mundo que adquiere forma y sentido a medida que damos vuelta a sus hojas.
Esta progresión implica asimismo una toma de posición del lado del lector, sea éste crítico literario o no. Pronto el infiltrado a este mundo intuye o sabe si el texto que tiene entre sus manos le es agradable.
Recorriendo los caminos propuestos por La elegancia del erizo, por ejemplo, la encuentro interesante pero poco dinámica, incluso si la historia cuenta con momentos entrañables. Este desencanto se debe probablemente al hecho de que acabo de salir de los fascinantes embrollos de Los hermanos Karamazov, donde finalmente después de un laberinto de hechos Dimitri Karamazov es injustamente sentenciado y enviado a prisión; o quizá también porque, al igual que Milan Kundera, estoy convencida de que “las grandes novelas son siempre más inteligentes que sus autores”, prefiriendo un novelista absolutamente alejado de sus personajes. Cito a Kundera: “… el novelista no es portavoz de nadie y llevo esta afirmación hasta el punto de decir que ni siquiera es portavoz de sus propias ideas… los novelistas que son más inteligentes que sus propias obras deberían cambiar de oficio”.
La elegancia del erizo nos ofrece una serie de capítulos cortos que hacen referencia no sólo al estilo de vida de ricos parisinos locatarios de un gran inmueble, sino también a sus pensamientos, sentimientos e ideologías.
Esfuerzo literario cuya intriga es el reencuentro de almas gemelas, sostenido por la reflexiones de sus protagonistas Renée y Paloma, quienes, según la posición que ocupan en el espacio narrativo, parecerían más bien antagonistas dada su condición de vida y posición social. Sin embargo, siguiendo el hilo de sus pensamientos, devienen ante todo en alter ego.
La trama de una novela se sostiene generalmente por las metas u objetivos que los protagonistas persiguen y el juego de obstáculos que deben librar para poder alcanzarlos. Aquéllos se ven apenas esbozados, o en todo caso se pierden en la mezcla de ideas ofertadas por la autora.
Su nódulo parecería ser la convergencia de tres personajes aparentemente opuestos (Renée de 54 años, conserje del edificio, mujer simple pero culta; Paloma de12 años, “niña bien” pero perspicaz; y monsieur Ozu, viejo japonés recién llegado al inmueble) y que sin embargo comparten las mismas pasiones y visión del mundo.
El l objetivo de la intriga se consigue. No obstante, está mediado por una gran cantidad de soliloquios alternados entre sus protagonistas, lo que vuelve a la historia poco dinámica, vasta en evocaciones, empantanando el suspenso y a la acción, ingredientes importantes en el arte de Cervantes.
La mayoría de sus personajes están pincelados, más que definidos, por las dos mujeres, lo que da un toque especial a la novela, porque de esta manera se les puede vivenciar efectivamente como “a vecinos”, es decir, conocerlos solamente de vista. El lector es empujado casi sin sentido a querer trazar algo así como “el árbol genealógico de los Buendía” (Cien años de soledad). Pero pronto se da cuenta de que no es necesario, porque la conserje y la chiquilla no les permiten participar, ya que ellas insisten en sus innumerables “pensamientos profundos”.
Este mismo hecho, es decir, el ensamble de personajes que nos presenta la autora, debería justificar lo voluminoso del texto, como esas deliciosas novelas vibrantes con su poliedro de formidables caracteres. Sin embargo, sus numerosas páginas son el resultado del uso que da la autora a sus protagonistas, haciendo de ellos los portavoces de sus propias elucubraciones, incluyendo su declarada fascinación por todo lo que es japonés y por la lengua francesa en sí.
Es por esto que a una prudente distancia del texto, se puede concluir que estuvo aparentemente escrito como una novela, pero existencialmente, diría Renée, el libro está sometido a las formas del ensayo, donde la escritora desarrolla innumerables temas, como el curso de la vida, la muerte, la filosofía, los perros, los burgueses y así un largo etcétera. Entonces deviene, más bien, un compendio de ensayos cortos. En conclusión, y siendo creativos, como en un final cortaziano, se diría que Barbery inició ingenuamente la escritura de su roman en su oficina, pero al introducir su propia ideología, pensamientos y sentimientos en la esencia de sus personajes, es decir, al ser ella la que se expresa todo el tiempo, terminó paradójicamente y sin remedio con el cuchillo en la espalda.
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Novela de Muriel Barbery, Prix Libraires, 2007.









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