Pascal Quignard
Un verso del último Goethe dice: “¿Estoy a orillas del Neckar? ¿Estoy a orillas del Éufrates?” Johann Wolfgang von Goethe al final de su vida le enviaba cartas a su lámpara de cabecera. Después jugaba al whist con su joven esposa. Aborrecía a los perros. Tomaba una botella de vino en cada comida. Goethe escribió: “Hay una parte totalmente anónima que vaga entre los nombres.” A los ochenta y dos años, hizo colocar un apoyacabeza en el respaldo de su silla de trabajo.
Un bonzo fue condenado al exilio por haber cometido un crimen. El juez ordenó que le inmovilizaran las manos. Delante de él, en el mismo recinto del tribunal que estaba presidiendo, hizo cerrar con llave el cepo de madera, le confió la llave a uno de los soldados que estaban de guardia, encargándole que condujera al bonzo de inmediato al puesto fronterizo. El guardia, tirando del bonzo, partió en el acto.
El camino que conducía a la frontera era largo. Sucedió que se detuvieron en un albergue.
Teniendo las manos y el cuello inmovilizados, el bonzo le pidió al guardia si podía desatar la bolsa que tenía en su cintura, dado que tenía sed y porque deseaba invitarlo a beber junto con él. El guardia del tribunal le agradeció al bonzo su intención, se inclinó y desató el cordón de la bolsa. El posadero trajo una jarra de vino.
El guardia hacía beber al bonzo acercándole el tazón hasta sus labios.
Él por su parte, libre en sus movimientos, bebía a grandes tragos. El posadero trajo una segunda jarra. No llegó a terminarse cuando el guardia se durmió de golpe, abatido por la ebriedad.
En silencio, el bonzo se pone de rodillas; se ayuda con los dientes; le quita al guardia las llaves que lleva atadas a un costado; las coloca sobre el piso del salón. Tendiéndose en el suelo, poniéndose de costado, el bonzo logra tomarlas con su mano. Logra librarse del cepo. Se levanta. Desviste completamente al guardia del tribunal. Cambia sus ropas con las suyas. Afeita la cabeza del guardia. Le pasa el cepo de madera, cuyo cerrojo cierra con la llave. Finalmente se escapa.
Al día siguiente, el posadero despertó al guardia que se levantó dificultosamente dado que aún se hallaba embotado por el vino que había bebido. Contemplando al posadero que parecía asustado de verlo, trató de recordar lo que había hecho la víspera. Recordó de pronto al prisionero cuya custodia le había confiado el juez del tribunal.
Busca al bonzo por todos los rincones del salón. Pasa frente a un espejo. Vislumbra su propio reflejo. Se acerca a él. Mira con atención el espejo de bronce que repite la silueta de su rostro. Ve el cráneo afeitado. Ve el cepo. Dice: “Si el bonzo sigue aún aquí, ¿en dónde estoy yo?”
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Reproducido de Retórica especulativa, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2006.









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