Miguel Samsa
La breve celebridad de Wilhelm Kowalski (1895-1939) estuvo ligada a la comedia. Dos obras fueron más que suficientes para su auge y caída como investigador sobre la Grecia clásica. La primera: La comedia en la época de Pericles (1928), pretendió llenar —con relativo éxito— los huecos que la tradición aristotélica dejó al privilegiar el estudio de la tragedia. Su recepción en los círculos académicos de la época fue bastante halagüeña, si bien hubo algunas suspicacias por parte de docentes e investigadores de la Universidad de Friburgo, quienes lo acusaron de falsificar fuentes y de llegar a conclusiones sin sustento en su empeño por demostrar que, durante los siglos V y IV a.C., la comedia fue más relevante, en el ámbito social griego, que la tragedia.
Su segunda obra —tan perdida hoy como la primera— determinó su expulsión de los círculos académicos y el olvido tanto de su persona como de su trabajo. En la biografía Sócrates, aportes para el esclarecimiento de una vida enigmática (1933), Kowalski se aventuró por una tesis harto difícil de defender: el creador del método mayéutico, el triunfante adversario de los sofistas y su relativismo, el defensor de una ética fundada sobre conceptos universales, no era sino la creación de un autor de comedias.
Supe de este autor y su trabajo por un comentario de Maldonado durante una tarde que, entre trago y trago, charlábamos sobre el desarrollo de la filosofía en el periodo de entreguerras. Claro que, como suele ocurrir en esos casos, Maldonado desarrolló el asunto mientras yo me limitaba a escuchar y, de tanto en tanto, aportaba algún comentario o pregunta. Y así apareció la mención a Kowalski, como un comentario al paso sobre un tipo que se había atrevido a plantear una perspectiva por completo descabellada para la época y cuya obra había olvidada como resultado del rechazo, la guerra y el tiempo.
Olvidé el incidente hasta que, bastante tiempo después, durante un recorrido por las librerías de Donceles, ahí perdido, entre una pila de volúmenes de viejas enciclopedias, estaba el Sócrates de Kowalski, en traducción de Ezequiel Aguirre y publicado en 1938 por Casa Mendoza Editores. Por supuesto que salí de la librería con ese ejemplar y pasé los dos días siguientes enfrascado en su lectura.
Me sorprendió la agilidad del texto, su frescura y amenidad. Por supuesto, no podía esperarse menos tratándose de un autor interesado en la comedia. Kowalski había prescindido, en la medida de lo posible, de engorrosas notas al pie de página o de disertaciones innecesarias sobre la equivalencia o posibles traducciones de los términos griegos. Cuando le resultaba inevitable entrar en esos aspectos, remitía al lector a diccionarios, gramáticas u obras de autores especializados en el estudio del griego clásico. Tampoco ponía demasiado énfasis en la precisión de sus fuentes.
Todo esto, sumado al hecho de poner en cuestión una figura emblemática como Sócrates, debió ser un factor decisivo para el avasallador rechazo sufrido por la obra.
En resumen, Kowalski pretendía demostrar que Sócrates fue, en realidad, un personaje creado por Lisístrato de Pireo, un autor de comedias que habría vivido durante los mismos años que el filósofo (470-399 a.C.) y que alcanzó su auge como escritor hacia el 438 a.C.
Crítico acérrimo de los sofistas, a quienes dedicaba versos satíricos, Lisístrato habría tomado la decisión de salir a las calles para emular la actitud de los sofistas impartiendo lecciones gratuitas a cualquier ciudadano de Atenas, las quisiera recibir o no. Para ello, Lisístrato salía disfrazado y se hacía nombrar Sócrates.
Siempre según Kowalski, este personaje pronto cobró notoriedad en Atenas y fue haciéndose de un pequeño grupo de “alumnos”, jóvenes en su mayoría, que lo seguían a todas partes. Uno de ellos, Platón.
Por supuesto, Lisístrato/Sócrates se ganó la animadversión de los profesores de retórica de la época, así como de las clases acomodadas que eran su clientela habitual: el personaje no sólo hacía mofa de la profesión sino también estaba generando entre los ciudadanos comunes la ilusión de que ellos podían adquirir, gratis, lo que a la aristocracia la era tan complejo y costoso.
Pero no fue esta incipiente y pálida subversión del orden social lo que determinó la caída de Sócrates sino un factor más concreto. A final de cuentas, para el común de los ciudadanos atenienses, las clases callejeras de Sócrates eran un divertimento y sólo su grupo de discípulos lo tomaba en serio.
Lisístrato, entusiasmado por el éxito de su personaje, escribió una serie de piezas satíricas donde ponía en evidencia a los magistrados atenienses, en especial La república de Pan, las cuales no sólo alcanzaron gran aceptación entre el público, sino incluso fueron premiadas en festivales de ciudades de la Magna Grecia.
Tal fue el motivo del juicio iniciado no contra Sócrates —quien en realidad no existía— sino contra Lisístrato. Tras la ejecución, sus obras fueron quemadas en la plaza.
Durante algunos meses intenté rastrear las fuentes citadas por Kowalski. No tuve éxito. Algunas aparecían en antiguos catálogos de bibliotecas destruidas durante la Segunda Guerra. De otras más, se decía estaban en manos de coleccionistas a quienes nunca pude localizar. Tal vez, los detractores de Kowalski intentaron lo mismo que yo antes de emitir su veredicto: el autor fue expulsado de la academia y la guerra y el tiempo se encargaron de lo demás.
Como si ése fuera su destino, el Sócrates de Kowalski desapareció durante mi última mudanza.









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