Pablo Manuel Rojas Aguilar
El tiempo es el problema capital de la metafísica, escribió Henri Bergson. Y lo es, acaso, porque nuestra conciencia está pasando de un estado a otro de manera continua, sin reposo y sin descanso.
Dicho problema, no obstante, es antiguo: Heráclito lo comprendió, profundamente, cuando sentenció que no podemos entrar dos veces a las mismas aguas de un río, porque las aguas han fluctuado, e interiormente nosotros también somos ese río que fluye sin interrumpirse, como un chorro de agua escurriendo hacia el jarro cóncavo y profundo de la muerte.
Platón abordó este problema desde su origen arquetípico. Para él, el tiempo procede de la eternidad, de la eternidad en la que todo está presente. Nada es anterior a ella, pues es el momento en el que se juntan milagrosamente los “ayeres” de todos los seres conscientes, el “presente” que abarca todos los lugares y el “porvenir” que aún no ocurre. De tal modo, sería un error pensar que el tiempo es anterior a la eternidad; como sentenció San Agustín en sus Confesiones: Non in tempore, sed cum tempore Deus creavit caela et terran (No en el tiempo, sino con tiempo Dios creó el cielo y la tierra). Con este enunciado el gran pensador nos da a entender que no hubo un tiempo anterior al mundo. Dios creó el mundo con tiempo y, desde entonces, todo es fugitivo.
Agustín, probablemente, fue quien más se interesó en descifrar este enigma, y no por un capricho vano, sino por una pasión que consumía su genio intelectual: ardía en deseos de comprenderlo, de comprender el “presente”, de corroborar su existencia. Pues él sostenía que el “pasado” es posible, puesto que podemos acudir a él a través de nuestra memoria; también lo es el “futuro”, porque podemos crearlo mediante expectativas; sin embargo, ¿es posible el tiempo “presente”? Acaso sí, pero se requiere de una feroz atención para comprenderlo, pues paulatinemanete está disgregándose en “pasado” y en “porvenir”. Entonces, en el momento en el que yo escribo esto, ¿estoy presente en el instante (que se escapa de mi entendimiento), o más bien en el ayer (que es más tangible)? ¿Realmente somos capaces de comprender el “presente”, de alcanzarlo sin que se desvanezca de entre los dedos? Acaso no; y tal vez por esto el tiempo es considerado un don de la eternidad, pues, a través de él, nos es dado todo de manera sucesiva y no en un solo instante.
Si el “presente” no fuera fugaz y si pudiéramos percibirlo, comprenderlo y vivir en él, seríamos inmortales porque no existiría el ayer ni el mañana; como El ruiseñor de Stevenson: devoraríamos los siglos.
En cambio, el “presente” tiene siempre una partícula de “pasado” y otra de “porvenir” (algo necesario al tiempo). Por lo tanto, estamos inmersos en la antigua paradoja: donde Heráclito se encuentra mirando las aguas del río, que ya no es el río porque las aguas han cambiado. Somos una agonía continua (como sentenció San Pablo) hecha de una terrible sustancia, fluctuante y permanente, que nos hace soportar la descarga de todo el ser del universo.









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