Miguel Samsa
Robert-François Damiens fue brevemente rescatado del olvido por Michel Foucault. Sin embargo, el filósofo se limitó a tomarlo un ejemplo para ilustrar los castigos corporales previos al sistema disciplinario que la prisión moderna instauraría algunas décadas después a su ejecución, el 2 de marzo de 1757.
Empeñado en mostrar los detalles de la muerte de Damiens, Foucault omitió cualquier referencia a la obra de quien atentó contra la vida de Luis XV en un afán de ser congruente con su trabajo teórico y llevarlo hasta sus últimas consecuencias.
Damiens fue uno de los últimos defensores de la tesis del origen divino del poder monárquico. Y la originalidad de su propuesta radica no tanto en el hecho de sustentar tal principio frente a una naciente y pujante Ilustración —y prácticamente en vísperas de la Revolución Francesa—, como en plantear la necesidad del sacrificio de los monarcas.
Asegura que los monarcas obtienen su autoridad por obra y gracia del Espíritu Santo, que desciende sobre ellos en el momento mismo de la coronación. Y en ese momento, los equipara con Jesucristo, “pues así como Dios envió a su Hijo Único para redimir a los hombres y salvarlos del pecado, así como para revelarnos la Fe Verdadera, de la misma manera hace descender Su Espíritu sobre los monarcas para que protejan y guíen a sus súbditos según los preceptos cristianos” (Robert-François Damiens, Del origen divino de la autoridad real, París, 1746).
En este sentido, al adquirir los monarcas un estatuto similar al del Redentor, su tarea y desempeño deben seguir ese ejemplo: se convierten no sólo en la autoridad terrenal, sino también en guías y ejemplo para sus súbditos, así como en defensores y propagadores de la fe cristiana. Pero no sólo eso. Damiens va un paso más allá en esta equiparación: la misión de Jesucristo no habría podido cumplirse sin su sacrificio en la cruz. No fue tanto con su prédica como con su muerte como se cumplió el designio divino de redimir a los hombres.
“Porque así como la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo fue el paso necesario para su posterior Resurrección y para que su palabra y ejemplo se extendieran a todos los pueblos de la Tierra, así la obra del monarca adquiere mayor prestigio y lucidez, y se fija con mayor fuerza en la memoria de los hombres, si su mandato es interrumpido por medio del asesinato” (Discurso sobre el destino sagrado de los reyes, París, 1750.)
Para Damiens, los monarcas que mueren por causas naturales dejan su tarea inconclusa. Sólo aquellos que han sufrido una muerte violenta consiguen grabar en la memoria de los hombres la grandeza de sus acciones. Y como los ejemplos más ilustrativos de ello refiere los casos de Julio César, Darío III y Alejandro Magno.
Incluso, Damiens asegura que el asesinato de Julio César fue determinante para que su nombre se convirtiera en el título que ostentaron todos los emperadores romanos que le sucedieron.
En este mismo tenor, el regicida cumple una función primordial para el monarca, pues el encargado de ayudarle a cumplir con su destino y asegurarle la trascendencia de su obra y su nombre.
Empeñado en llevar su teoría hasta sus últimas consecuencias, Damiens planeó y ejecutó un ataque —fallido, para desgracia suya— contra Luis XV el 5 de enero de 1757. El desenlace es bien conocido para nosotros.
Así como el cuerpo de Damiens fue destrozado y reducido a cenizas, ocurrió también con su obra, de la cual lograron sobrevivir apenas un par de copias. Una de ellas, sin duda, le sirvió a Italo Calvino para escribir su relato “La decapitación de los jefes”.









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