Miguel Samsa
Bastante conocidas son las anécdotas sobre el escepticismo extremo de Pirrón de Elis, quien estuvo a punto de ser atropellado por un carro que él consideraba ilusorio. Tal vez más radical y mucho menos conocido es el caso de Mark McPherson, ingeniero y explorador británico aficionado a la filosofía, quien recorrió México a mediados del siglo XIX.
Su prolongada estancia en México parece haberlo llevado a formular que toda la historia de la humanidad es sólo una ilusión producida por el bíblico fruto del árbol prohibido que, lejos de ser la inocente manzana de la creencia popular, era en realidad algún fruto alucinógeno.
McPherson llegó a México como parte del equipo de Sebastian Wimmer, encargado del puente ferroviario de Maltrata que, a la postre, llevó su nombre. Concluida esta obra —y con ello su contrato—, McPherson decidió quedarse en el país.
De Veracruz, pasó a Oaxaca, donde tomó contacto con los indígenas mazatecos. Según las anotaciones de sus cuadernos de viaje, publicados tardíamente por sus herederos bajo el título Recorrido por las tierras profundas de México (Oxford, 1897), McPherson estaba seguro de haber encontrado a los hombres de la Edad de Oro, quienes conservaban aún la pureza original del género humano y cuyas enseñanzas deberían ser asimiladas por Europa para contrarrestar los efectos nocivos de la industrialización.
Así pues, la primera parte de las notas de McPherson abundan en descripciones sobre las costumbres y forma de vida de los mazatecos, además de intento de formular una gramática —tal vez el primero en la historia— de esa lengua.
Sin embargo, según se desprende de sus anotaciones, el interés de McPherson no se limitó sólo a la gramática y a la etnografía. A semejanza de lo ocurrido con Alvar Núñez Cabeza de Vaca, terminó asimilándose a la cultura local y tomando parte en sus prácticas religiosas. Parece haber sido justo la ingestión de hongos durante un ritual lo que generó la hipótesis ya mencionada: toda la historia de la humanidad es tan sólo un sueño inducido por los hongos. Adán y Eva, al probar el fruto prohibido, adquieren en ese instante el conocimiento de todo el desarrollo posterior de su descendencia.
En este sentido, la primera pareja vive, de manera simultánea, la vida de los millones de hombres futuros. Y la suya es la única existencia real: todos los demás seres humanos somos apenas un instante del sueño de ellos dos, una ilusión apenas perdurable.
No en vano, tras su primera experiencia con los hongos, McPherson llenó páginas enteras con referencias a Pirrón de Elis, al Eclesiastés y a Calderón de la Barca: estuvo convencido, hasta el último de sus días, de que él —y todo el resto de la humanidad— era una vaga ilusión sembrada, por el hongo, en los cerebros de Adán y Eva.
Dos décadas vagó McPherson por la sierra de Oaxaca, enfebrecido y hablando retazos de inglés mezclado con mazateco, llenando páginas cada vez más delirantes, hasta que pudo ser rescatado por sus familiares y recluido en un manicomio londinense, aunque algunas versiones aseguran que nunca regresó a Inglaterra y siguió vagando por los pueblos y caminos de Oaxaca, a semejanza de aquel personaje cervantino que aseguraba estar hecho todo de vidrio.
Sin duda, delirantes o no, los apuntes de McPherson parecen haber motivado el viaje de Artaud a la sierra Tarahumara y, seguramente, Borges los conoció antes de escribir “Las ruinas circulares”.









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