Fernando Savater
Empecemos por constatar algo obvio y que sin embargo puede sonar paradójico: llamar a un filósofo “ignorante” es una redundancia. Desde sus orígenes, ser filósofo es asumir que uno no posee a sofía, la sabiduría, sino que solamente aspira a ella con amor —filía— no siempre correspondido. Ya de entrada se admite que no se es un sofós, un sabio, sino sólo alguien que duda de los saberes establecidos y suspira por un saber verdadero, tan invulnerable a la duda como, ay, inalcanzable. El sabio sabe que sabe (o cree que sabe) mientras que el filósofo sólo sabe que no sabe… pero está seguro de que le gustaría saber.
No es cuestión de modestia, nada de eso, sino al contrario, exceso de ambición intelectual: lo que el filósofo quisiera saber es algo tan vasto y esencial que desborda los conocimientos asequibles a nuestras limitadas capacidades de observación y experiencia. Por eso sus mayores triunfos se resuelven finalmente en fracasos, por eso ningún filósofo logra poner punto final a la filosofía… ni siquiera anular definitivamente a los filósofos que le han precedido y que siguen presentes en su propia obra, dudosos y tenaces. Dedicarse de veras a la filosofía es renunciar a la resignación y a la paciencia, tan sabias. El filósofo es —y pido perdón por parafrasear a José María Pemán— un “divino impaciente”.
La impaciencia de Voltaire iba por otro lado. A él no le desazonaba la ausencia de certezas definitivas y esenciales, sino la urgencia de acabar con los errores —de uno u otro tamaño— que obstaculizan el logro de una vida razonablemente dichosa y próspera para los humanos. Si alguien creyó firmemente (pese a su radical escepticismo) en el primum vivere, deinde philosophari, ése fue Voltaire. Combinaba un agudo escepticismo respecto a la posibilidad de resolver de una vez por todas las grandes cuestiones con un optimismo militante sobre la mejora de los asuntos cotidianos: está a nuestro alcance lograr una vida más racional, más higiénica, mejor informada y menos cruel… si acabamos con prejuicios y supersticiones. Los filósofos deberían aplicarse a esta tarea y no a intentar resolver acertijos metafísicos que trascienden lo que un modesto mamífero como es el hombre puede abarcar.
Es precisamente el exceso de ambición y la presunción que la acompaña lo que ha hecho hasta hoy tan ineficaces a los filósofos. En un párrafo contundente de este libro, Voltaire traza un balance desolador:
“Desde Tales hasta nuestros profesores de universidad, y hasta los más quiméricos razonadores e incluso hasta sus plagiarios, ningún filósofo ha influido ni siquiera en las costumbres de la calle en la que vive. ¿Por qué? Porque los hombres se conducen de acuerdo con la costumbre y no según la metafísica. Un solo hombre elocuente, hábil y acreditado logrará mucho sobre los hombres, cien filósofos no conseguirán nada mientras no sean más que filósofos.”
No hace falta decir que Voltaire quiso siempre ser ese hombre elocuente e influyente y no uno más en la caterva estéril de los filósofos digamos “puros”.
El filósofo ignorante aparece mencionado por primera vez en una carta de Madame du Deffand a Walpole, fechada en 1767. Es lógico suponer que fue escrito el año anterior, es decir ya en la ancianidad del autor. Está compuesto de apuntes breves, a veces perentorios (estilo “no le des más vueltas”) y a menudo irónicos o mejor: sarcásticos. Ni siquiera Locke, al que admiró y veneró toda su vida, se salva de algunos zarpazos. Voltaire vuelve a defender su deísmo contra todo y contra todos (en especial contra actitudes como la de Spinoza, al cual sitúa perspicazmente del lado del ateísmo a pesar de hablar tanto de Dios). Para su mente práctica y ordenada, un Ser Superior que garantice el orden racional del Universo y la ley moral, pero sin mezclarse en querellas inquisitoriales ni absurdas supersticiones, es un servicio público intelectual de primera necesidad. Si por casualidad no existiera, deberíamos inventarlo y defenderlo nosotros —es decir, los humanos que queremos vivir mejor— por razones de estricta utilidad…
En las últimas líneas, constata que el “monstruo” enemigo de la razón (al que no es difícil poner nombre y apellidos, aunque varíen a lo largo de la historia) sigue activo y por tanto quien defienda la verdad corre el riesgo permanente de ser perseguido por causa de ella. Sin embargo, a pesar de esa amenaza, no debemos permanecer “ociosos en las tinieblas”. Es el mensaje final de alguien que permaneció activo y combativo hasta su último aliento.
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Reproducido de La música de las letras – Personalísima guía de lectura (Debate, Barcelona, 2014).









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