Jesús Bonilla Fernández
La literatura, si no lo ha sido, tiende a ser una zona franca entre sus propios géneros, como podemos ensayar, probar, sobre las obras de Roberto Calasso, Milan Kundera, Winnfried Georg Sebald, Virginia Wolf, Miguel de Unamuno, María Zambrano, Jorge Luis Borges, Junichiro Tanizaki, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Salvador Elizondo, Hugo Hiriart…
El ensayo es un género informal y maduro a la vez, un acontecimiento netamente literario, al cual si adjetivamos —sin referirnos a la práctica de la danza—, cometemos un acto espurio. “Yo soy la materia de mi libro”, dice Montaigne, el creador moderno del ensayo. “Si mi alma pudiera tomar forma y pie —agrega—, yo me decidiría en lugar de ensayarme.” Estas frases seculares representan el talante de los ensayos que vale la pena conocer.
“El ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita”, escribió José Ortega y Gasset.
Sabemos ya que las palabras, igual que las costumbres, son sujetas a la moda y su tiranía. En el siglo XX y este que corre, especialmente durante los últimos años se ha dado por denominar “ensayo” a todo aquello que es difícil de catalogar en las divisiones tradicionales de géneros literarios. No en balde Alfonso Reyes lo llamaba el “género centauro” y no en balde ante los estudiantes, los maestros llaman así a las composiciones que hacen como tarea.
Si a esto aunamos lo vago del término y la variedad de las obras a las que pretende dar cobijo, no debe extrañarnos que las definiciones se expresen sólo en planos generales.
El Diccionario de la Real Academia Española define el ensayo como “escrito, generalmente breve, sin el aparato ni la extensión que requiere un tratado completo sobre la misma materia”. Esta definición, inoperante por supuesto, sólo hace referencia a la forma y, por otra parte, presenta al ensayo como a un hermano menor del tratado o la monografía, como algo que no llegó a desarrollar lo que tenía en potencia. (Entre paréntesis, quisiera decir que durante un buen tiempo, como nos ilustra Jean Starobinski, la academia despreció al ensayo como producto impuro para las pretendidas construcciones de su discurso marmóreo, situación que, no imprevisible para los escritores y sí convenencieramente para los académicos, ha cambiado notablemente, como podemos comprobar si nos asomamos a las hipótesis académicas de Liliana Weinenberg en Pensar el ensayo y un ensayo en contraste titulado “Ensayo hecho con el hígado”. Cierro el paréntesis.)
En la búsqueda de una definición o caracterización del ensayo, es no sólo conveniente, sino preciso, remontarse a la obra de Michel de Montaigne, creador del género según la posición tradicional de la crítica literaria. Montaigne, en efecto, fue el primero en usar el término “ensayo” (essai) en su acepción moderna, para caracterizar sus escritos, y lo hizo consciente de su arte y de la innovación que éste suponía.
En el ensayo número 50 del libro primero de sus Essais, que tituló “De Demócrito y Heráclito”, nos da una definición en elipse:
“Es el juicio un instrumento necesario en el examen de toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón me sirvo de él, sondeando el vado desde lejos; y luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí e insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan a un asunto noble y discutido en el que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos decide que éste o aquél son los más convenientes. Elijo al azar el primer argumento. Todos para mí son igualmente buenos y nunca me propongo agotarlos, porque a ninguno contemplo por entero: no declaran otro tanto quienes nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrar hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia. Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mí que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia.”
Ortega y Gasset elevó al ensayo a una altura de prestigio en los círculos intelectuales. Comenta en 1914: “Se trata, pues, lector, de unos ensayos de amor intelectual. Carecen por completo de valor informativo; no son tampoco epítomes —son más bien lo que un humanista del siglo XVII hubiera denominado ‘salvaciones’—. Se busca en ellos lo siguiente: dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje, un error, un dolor—, llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado. Colocar las materias de todo orden, que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio, en postura tal que dé en ellos el sol innumerables reverberaciones” (Meditaciones 12).
Esta “definición” —también elíptica— de Ortega y Gasset, trescientos años después de la de Montaigne, sigue siendo fundamentalmente la misma. La forma, el contenido, ha evolucionado; la esencia del ensayo es, sin embargo, aquella que Montaigne le proporcionó.
Pero las definiciones indicadas hasta ahora, concretas en algunos aspectos, son insuficientes. “Más bien —dice José Luis Gómez-Martínez, a quien debo mucha información para la realización de este texto—, parecen indicar el pensamiento o carácter del escritor, que limitar y concretar un género. Los estudiosos de la literatura que con posterioridad se ocuparon del ensayo, tampoco llegaron a una definición satisfactoria.”
Donald W. Bleznick desde el campo de la crítica literaria, señala con brevedad: “El ensayo puede definirse como una composición en prosa, de extensión moderada, cuyo fin es más bien el de explorar un tema limitado que el de investigar a fondo los diferentes aspectos del mismo.” Asimismo, para Díez-Canedo, poeta, periodista y ensayista, “el ensayo viene a dar denominación literaria al escrito, difundido hoy preferentemente gracias a la prensa periodística, en que se discurre, a la ligera o a fondo, pues no son la inconsistencia y la brevedad condiciones esenciales suyas, sobre un tema de cualquier naturaleza que sea”.
La dificultad en la definición del ensayo no es nada nuevo en el campo de los géneros literarios; otro tanto sucede con la novela, por ejemplo, o con el cuento y el relato. Podríamos, por el contrario, decir que es sólo muestra de la conciencia que el crítico tiene del valor individual de la obra de arte. Benedetto Croce rechazaba las clasificaciones por géneros como algo impropio y extraño a la realidad de la obra literaria. Pero, a pesar de su oposición, él mismo reconocía la necesidad de ciertas clasificaciones que sirvieran de orientación: no reglas que limiten, sino características que unan. Frente a la dificultad de una definición satisfactoria, nos proporciona el ensayo gran riqueza en características comunes.
“Por eso en nada, como en el estilo de un ensayista, puede advertirse el latido de la época, esa momentaneidad de la historia que lo deposita en su valva.” Eso escribió Fryda Schultz de Mantovani, escritora argentina.
Al respecto comenta Gómez-Martínez, autor de Teoría del ensayo, que el carácter esencialmente comunicativo de éste, en su intento de establecer un lazo de diálogo íntimo entre el ensayista y el lector, se desprende de la necesidad de su contemporaneidad en el tiempo y en el ambiente. Pero el concepto “actual” no sólo hace referencia a los sucesos del presente —los cuales, si no se los somete a una visión en perspectiva y se los eleva a un plano de trascendencia, sólo poseen el caduco valor de la novedad—, sino que significa con más propiedad un replanteamiento de los problemas humanos ante los valores que individualizan y diferencian a cada época de las precedentes. Es decir, lo “actual” se encuentra en esa actitud, siempre implícita en todo buen ensayo, de problematizar el propio discurso axiológico. Si Montaigne cita y reflexiona sobre Séneca o César, no lo hace con el punto de vista del historiador. César sólo interesa al ensayista en lo que tiene de actual y de eterno, es decir, el tiempo no existe para él.
Yo prefiero aquella indefinición del ensayo que quizá encontró casualmente Marcel Bataillon en su Erasmo y España y evocarlo como un “género de libre disertación sin rumbo fijo”.
Pero tengo que acotar lo anterior con algunas palabras de Marcelo Percia en el libro El ensayo como clínica de la subjetividad: “El deseo ensayístico no es una coartada para opiniones sin argumentación o ideas sin consistencia. No es liviandad que se esconde detrás de comunicaciones bonitas, ensambles de ocurrencias curiosas, mezclas de citas, desorden de lecturas. No se trata, tampoco, de un capricho o rebeldía contra la autoridad de los géneros, de los métodos. Ni de las características personales de investigadores que se molestan cada vez que tienen que presentar informes para justificar una dedicación en la Universidad. Tal vez la insistencia ensayística recuerda otra cosa: los pensamientos que no marchan al compás o las ideas que rehúyen controles, son formas requeridas por el asunto a tratar. ¿Cómo pensar, si no, lo escurridizo, lo indeterminado, la inquietud?”
En ese sentido, como “género de libre disertación sin rumbo fijo” que no sea “coartada para opiniones sin argumentación”, me gustaría disertar en el taller de ensayo por medio de la conversación, tan cara a Michel de Montaigne, entre los participantes y por medio de ensayos realizados por escritores destacados de alguna u otra manera en la literatura, en la estética que se ensaya. No sé, ahora mismo pienso, además de los escritores que he mencionado, en Denis Diderot, en Charles Baudelaire y las actitudes vivenciales de ambos, las cuales hacen pensar que la práctica del ensayo nos es útil para el placer. Para hablar bien, vivir bien y morir bien, como diría la biógrafa inglesa de Montaigne, Sarah Bakewell.
Como verán, evito por imposible cualquier definición sobre lo que es ensayo. Sin embargo, aseguro que por medio de sus propios trabajos los participantes en el taller encontrarán, o mejor dicho, ensayarán sus propios rumbos, encontrarán sus propias respuestas. Y lo que quizá es más valioso: encontrarán sus propias preguntas.
Pero aclaro, con palabras de Susan Sontag: “El ensayo no es un artículo, ni una meditación, ni una reseña bibliográfica, ni unas memorias, ni una disquisición, ni una diatriba, ni un chiste malo pero largo, ni un monólogo, ni un relato de viajes, ni una seguidilla de aforismos, ni una elegía, ni un reportaje, ni… […] No, un ensayo puede ser cualquiera o varios de los anteriores.” Continúo con la escritora norteamericana: “Yo digo esto, cuando usted está diciendo eso no sólo porque los escritores son adversarios profesionales; no sólo para enderezar la balanza o corregir el desequilibrio de una actividad que tiene el carácter de una institución (y la escritura es una institución), sino porque la práctica —y también quiero decir la naturaleza— de la literatura arraiga inherentemente en aspiraciones contradictorias. En literatura, el reverso de una verdad es tan cierto como esa verdad misma.”
La misma Susan Sontag, respecto al ensayo, oblicuamente citaba a Camilo José Cela cuando decía: “La literatura es la denuncia del tiempo en que se vive.” Y citaba también al pintor Manet: “Muévase siempre en el sentido de la concisión. Y luego cultive sus recuerdos; la naturaleza nunca le dará otra cosa que pistas —es como un riel que evita que uno se descarrile hacia la banalidad—. Ha de permanecer usted siempre el amo y hacer lo que le plazca. ¡Tareas, nunca! ¡No, nunca hacer tareas!”
Entonces, en el taller que propongo pretendo delimitar las fronteras del ensayo a partir de la escritura como arte y la lectura como elementos de placer, juicio y conocimiento, a la manera de Michel de Montaigne, creador de este género moderno, recurrente en excelentes autores actuales.
Algunas veces he colaborado en practicar el ensayo como una clínica. La palabra clínica, etimológicamente viene del griego y significa cama. A principio del siglo XVII se usó en Francia. Ahora quiere decir, interpolando su significado de la medicina, enseñanza que se ocupa del examen de los enfermos y su tratamiento de las enfermedades en presencia de los estudiantes. El hombre enfermo, la escritura enferma, son formas que encontramos en muchos pasajes de los escritos de Montaigne y muchos otros autores. Goethe sea quizá alguno de los que tenían la idea de la literatura como cura de las enfermedades propias que nos aquejan aún más en estos tiempos modernos, la melancolía, la desazón, la duda, el agobio, entre ellas. Por otro lado, el taller se encargaría de curar nuestros textos enfermos durante las sesiones en las que cualquiera puede participar para mejorar los ensayos que nosotros somos en la realidad del tiempo.
Para acabar, no dudo que Montaigne se reconociera modestamente como aprendiz. Podemos inferirlo de la lectura de múltiples pasajes de sus ensayos. Todos quienes estamos en este lugar debemos reconocernos como aprendices, sin importar las dimensiones de nuestro ego y las ínfulas que nos provoque, que terminan casi siempre en risas, silentes y ajenas. Recordemos esta conseja de Montaigne: “No es necesario decir siempre todo, pues sería una tontería; pero lo que se dice, tiene que ser tal como uno lo piensa, pues de otro modo sería perversidad.” Somos aprendices, por eso ensayamos, qué caso tiene fingir saber lo que no sabemos.









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