Alexia Stuebing
Vivimos en una era donde, aparentemente, existe un contraste muy evidente con el pasado. Esto podemos notarlo principalmente en materia tecnológica y en las formas en las que nos comunicamos. Sin embargo, también es notable en las percepciones actuales que tenemos sobre el arte y la cultura. La exposición Salón Puebla (IMACP) demuestra bien que ese contraste con el pasado no es tan divisible y claro como aparenta ser. Si bien la intención de la exposición es mostrar justamente qué está sucediendo ahora con el arte en Puebla, termina por ser una paradoja sustancial: ¿por qué recurrir a una idea tan vieja como el “salón” para realizar una exposición de arte contemporáneo?
Tenemos una curaduría, que si bien comprende un rango bastante actual del arte poblano, termina por convertir las piezas en objetos de arte y no en arte por sí mismas, como una suerte de colección inconexa unida sólo por su periodo de producción. Todas las obras ahí expuestas tratan de encajar en un discurso dirigido por cinco temáticas que buscan decirlo todo y terminan por no decir nada. Con esto no busco menospreciar ni el trabajo del curador ni la obra expuesta, pero resulta curioso que se presten para este tipo de ejercicios. ¿Por qué prestar su obra y su nombre a una expo que no hará sino descontextualizar su obra y alejar al público promedio de ese mundo artístico que tacharán de pretencioso e incomprensible? Se desvirtúa toda la idea de querer mostrar la actualidad y contemporaneidad y termina por apreciarse como un montón de artistas que se juntaron para mostrarse a sí mismos.
Es normal que en una expo de arte contemporáneo el observador promedio llegue a preguntarse cosas como: “¿cuánto costaría una obra así?”, “¿quién compraría esto?”, o a pensar cosas como: “yo podría hacer eso”, “¿a quién se le ocurrió poner esto aquí?” Toda esta línea de pensamiento no hace más que reducir la obra a un conjunto de prejuicios, cuando debería poner en funcionamiento la fuerza de la pieza: de esto va el arte actual, de cuestionarse, de ser controversial, de resignificarse y de dudar de sí. El arte actual ya no se reduce al objeto en sí ni a sólo estar expuesto en un museo, se trata de objetos sin medios específicos con discursos tácitos que buscan provocar algo en su observador.
Desafortunadamente son justo este tipo de piezas las más devaluadas, las menos comprendidas y las más repudiadas por las multitudes; caen en una suerte de arte esnob que sólo aquellos del gremio pueden llegar a entender o siquiera apreciar. Es lógico que una persona que entra a la Galería del Palacio de Ayuntamiento no tenga esa experiencia ni sensible ni estética ni remotamente sublime si se queda en la pregunta “¿dónde está el arte?” o “¿esto qué?” Si llega y se topa con paredes llenas de artefactos extraños que rayan entre lo convencional y lo bizarro, es normal que su mente divague un rato, intente asombrarse y el espectador termine marchándose confundido y desilusionado al no entender lo que ve.
Actualmente pareciera que el arte no hace más que alejarse de lo que consideramos artístico, y ése es el problema: nuestros modos de ver están aún muy chapados hacia lo moderno y no podemos ver más que desde esa mirada, como cuando leemos un libro y tiene un párrafo en chino, sólo aquellos que entiendan el chino podrán entender qué sucede, los otros a lo mucho intentarán traducirlo pero lo más probable es que sólo se salten esa parte y continúen su lectura.
Resulta curioso que, pensando que vivimos en un mundo dominado por una cultura ultravisual, no podamos conectar con las figuras actuales del arte. Igual, no es tan sorprendente si pensamos que ese mundo es igualmente dominado por figuras ya prefabricadas, premasticadas y predigeridas. ¿Cómo pueden competir un par de garabatos y unas fotos en blanco y negro con una pantalla 4k en full color? El arte contemporáneo no puede reducirse a un “¿qué tanto entiendo de esto que se presenta ante mí?”; debe expandirse a un “bueno, ¿por qué esto que tengo aquí podría considerarse arte?” Pero no, el mundo actual se rige en un binarismo de “¿cuánto asemeja esto a la realidad?”, a la gente no le interesa pensar más allá de sí mismos y de lo que consideran verdadero o real.
Por eso mismo es extraño que una exposición que, aparentemente, busca combatir esos cuestionamientos, no haga más que reafirmar la mirada moderna y obsoleta que tenemos del arte.









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