Leonard Michaels
En un pequeño y escalofriante poema sobre el amor, William Blake arranca con una advertencia:
“No quieras decir tu amor,
el amor nunca se dice;
pues suave se agita el viento,
silencioso e invisible.
Le dije mi amor a ella,
dije todo el corazón,
temblando, frío, medroso;
¡ella, ay de mí, se apartó!
Tan pronto como se fue,
un viajero llegó al cabo,
silencioso e invisible.
Ya nadie pudo negarlo”.1
Confieso de entrada que no estoy seguro de lo que Blake quiere decir. El poema es pavoroso y triste. Parece querer decir que si uno está enamorado, es mejor mantenerlo en secreto; o que tal vez uno puede hablar de amor, pero en cuanto lo hace ya no está hablando de él. El amor es un misterio; de otra forma, no es nada.
El poema sugiere mucho más, dependiendo de lo que Blake entiende por amor. ¿Será acaso del tipo que no puede dar su nombre? Sin importar qué signifique el poema, parece dar a entender que hay algo como un impulso o una aterradora compulsión por decir cuándo uno está enamorado, y que ese impulso brota de un extraño deseo: la muerte del amor o, tal vez, la muerte a secas.
Hay, por supuesto, distintas clases de amor. Quizá de la que habla (y que luego pierde) el narrador de Blake pueda entenderse mejor si pensamos en su opuesto, en lo que exactamente el amor no es: pornografía, o la desmitificación gráfica y el aniquilamiento del misterio. En otras palabras, la pornografía representa el deseo de comentar, imaginar o exhibir un sentimiento de manera exhaustiva, lo que acaso constituye el estado que mejor conoce el mundo moderno en relación con cualquier tema: amor, sexo, comida, etcétera. Se ha dicho que vivimos ahora en un mundo de imágenes e imitaciones, y que esto puede resultar tan cierto de, digamos, los tomates falsos de nuestra ensalada como de las pasiones de nuestro corazón.
Entre los novelistas contemporáneos, el vacío pornográfico ha requerido un análisis incesante; y no sólo me refiero a aquellas novelas que hablan de sexo. Las de Henry James, por ejemplo, fueron consideradas obscenas o pornográficas por algunos críticos de su tiempo debido a las revelaciones minuciosamente detalladas de la vida interior de sus héroes y heroínas. Tolstoi, un mayor novelista, es un mayor pecador. En Anna Karenina hace que casi todos los que leen el libro se enamoren de Anna —y, por tanto, conserven el misterio—, pese a ser narcisista, autoindulgente, materialista, irresponsable, desconsiderada, con mal gusto para elegir los hombres que ama o con los que termina casándose. Sin embargo, es encantadora y hermosa, y a los hombres les resulta imposible no enamorarse de ella, incluido Levin, quien seguramente es el mismo Tolstoi y sabe más. En última instancia, el misterio del amor conduce al suicidio de Anna, a la probable muerte de su amante y a la destrucción de la carrera y del carácter moral de su marido. En ninguna otra novela el misterio resulta tan misterioso.
Si imaginamos un continuo que va del misterio a la pornografía, será posible entonces observar la postura que toman diversos escritores con respecto a uno y otro polo. Joyce, en sus relatos “Araby” y “Los muertos”, se aproxima al amor como misterio, mientras que en Ulises lo hace a la pornografía. Se piense o no en ella como una maravillosa historia de amor, Lolita de Nabokov, se piense o no que es una maravillosa historia de amor, es pornográfica. Esto se vuelve paradójicamente claro en las dos versiones al cine de la novela, ya que ninguna de ellas, sin importar lo magníficos que sean los directores o actores, presenta a una heroína de la edad de Lolita.2 Si las niñas hermosas tuvieran 12 años o parecieran de esa edad, el efecto sería nauseabundo, casi como ese destello de carne blanca y obscena que constituye la pierna de Quilty, ofrecido a la cámara por el siempre genial Frank Langella en la última de las versiones.3 El destello es impactante, horrible y cómico a la vez. La inteligencia de Adrian Lyne y su comprensión de la complejidad del sentimiento humano son poco frecuentes en las películas actuales.
Quiso la suerte que, durante un curso en Berkeley donde impartía clases con gran entusiasmo sobre Lolita (la novela), una niña de la edad de Lolita fuera secuestrada, violada y asesinada en un pueblo cercano. Se volvió imposible, entonces, seguir hablando del fabuloso ingenio de Nabokov, de sus magníficos poderes descriptivos y de sus espléndidos logros en el campo de la imaginación lírica. Una niña de carne y hueso estaba muerta. La novela, de pronto, se tornó nauseabunda.
Se puede cantar, escribir un poema o encontrar otra forma de representar al amor en tanto misterio, tal y corno lo hizo Manet en el retrato delicadamente sensacional que hizo de Berthe Morisot, o Freud cuando comenta lo que sintió al ver la silla vacía de Lou Andreas-Salomé en sus seminarios psicoanalíticos, u otros incontables ejemplos que encierran, al menos, un instante de la cosa no dicha y elusiva.
Stendhal y Ortega y Gasset escribieron libros interesantes sobre el amor; más tarde, Roland Barthes escribió otro en el que dice que nadie habla de amor. Si fuera posible hacerlo, no valdría la pena: de lo que no podemos hablar, tomamos la via negativa.
“Los ojos de mi amante nunca serán el sol.”4
El amor en tanto misterio está en el “nunca” de Shakespeare. Cuando otra poeta pregunta: “¿Cómo te amo?”, para luego decir: “Permíteme contar todas las formas”, comete un grave error.5 El verso de Byron: “Ella, como la noche, camina en la belleza” es infinitamente misterioso y mucho mejor, o el de Robert Herrick: “Cuando en sedas mi Julia se pasea”, o el de John Donne: “Te había amado ya dos o tres veces / antes de conocer tu cara o nombre”. El amor a primera vista es una idea emocionante, pero, como Donne lo indica con tanta belleza, el amor es prelógico o subracional. Ocurre mucho antes de la primera vista.
En la música popular, cuando el sublime y epiceno Chet Baker canta “Let’s Get Lost”,6 el varonil Nat King Cole “Your Chick Is All that Matters”,7 la excitante Anita O’Day “You’re the Top”8 o Miles Davis toca su agonizante, drogadicta, descompuesta y convincente versión de “My Funny Valentine”,9 todos ellos evocan estados de amor, de uno delirantemente feliz a otro relajado, ingenioso o abrumadoramente miserable. Ninguno habla de amor. Son artistas que lo encarnan.
Los estados del amor, como los atributos de la sustancia para Spinoza, tal vez sean infinitos. Uno puede oír la trágica sublimidad del amor en la acojonante dulzura saxofónica de Stan Getz al hacer su entrada mientras Astrud Gilberto canta “La chica de Ipanema”. Él, virtualmente, la penetra. La dependencia sexual se halla en “Fine and Mellow”10 de Billie Holiday, una canción escrita por ella misma. Fue hacia el final de su carrera, mucho después de que iniciara su declive, pero sólo ella podía cantar “Love is like a faucet / It turns off and on”11 y derretirte el corazón. Me tocó estar presente con alrededor de otras 50 atónitas personas cuando grabó el tema. Lo cantó dos veces. Insatisfecha con la primera versión, dijo que quería “más Lester” en la segunda, refiriéndose al solo de saxofón de Lester Young. No tenías que ser un aficionado al jazz para saber que esta vez sería la buena. No el amor como confesión, sino como un problema serio que requería un alto nivel de arte para ser expresado.
En la película Adiós a mi concubina,12 el amor constituye un arte de alto nivel y sumamente ritualizado, sin restricción alguna por sus determinaciones hetero u homosexuales. Como arte de alto nivel, la cinta evoca los sonetos de Shakespeare, en los que la estructura ritualizada —14 versos, abba, etcétera— se convierte en sentimiento puro. En la película hay escenas de magnífica ópera china donde el diálogo se sublima a través de chillidos lacerantes y sobrenaturales. Semejante al amor, el meollo del arte siempre está en no hablar para que el sentimiento se dé a entender. “When to the sessions of sweet silent thought”, dice Shakespeare en pentámetro yámbico.13 El problema de los novelistas, en esta época de palabrería multitudinaria, consiste en evitar que sus labores pasen a ser charla sin importar su tema pero, especialmente, cuando el tema es el amor.
Hay distintas clases de amor pero no hablo de todas, sólo de diversas manifestaciones parecidas a las que aparecen en los grandes cuentos de Chéjov “La dama del perrito” y “El beso”, o en Antonio y Cleopatra de Shakespeare. O incluso en estas breves y delicadas líneas de Jean Rhys:
“Por mucho, mi mejor recuerdo de Cambridge fue el día en que un estudiante me tumbó al suelo mientras yo cruzaba el camino. No estaba herida, pero él me levantó con tanto cuidado y se disculpó tan profusamente que seguí pensando en él durante mucho tiempo.”14
Lo que vuelve maravillosa a la última oración es que no termina con el punto, sino que parece continuar en una suerte de impulso femenino y silencioso. ¿No es adorable? Para un comentario analítico pertinente al divertido y emocionante “mejor recuerdo de Cambridge”, considérese éste del brillante aunque pesado Max Weber:
“La relación erótica debe mantenerse ligada, en cierta y sofisticada medida, a la brutalidad. Entre más sublimada, más brutal […] Es la más íntima coerción del espíritu del menos brutal de los participantes. Esta coerción existe porque nunca la advierten los participantes mismos. Pretendiendo ser la más humana de las devociones, es un sofisticado goce de uno mismo en el otro.”15
En resumen, no quieras decir tu amor. Sartre, con su agitada chabacanería, arrastra todo indicio de brutalidad en el amor hacia el sadomasoquismo. No vale la pena citarlo, pero sin esa suerte de habla lúgubre y teorizante, Stendhal hace que los sentimientos oscuros brillen en pasajes de encantador atractivo e ingenio en Rojo y negro; y al igual que Stendhal, pero con una sutileza inimitable y malvada, Henry James juega con enormes corrientes subterráneas en La vuelta de tuerca y Retrato de una dama. No es ningún Chet Baker.
No he leído todos los libros sobre el tema, pero de un tiempo a esta parte, en lo referente al amor dentro o en torno del misterio, tal parece que los escritores andan por muy mal camino, aunque Penelope Fitzgerald realiza un vuelo breve y perfectamente asombroso en La flor azul,16 y John Bayley hace algo parecido en Iris.17 La primera goza de la exquisita pureza de la idiotez. La última lleva mayor carga física e intelectual, pero, sin importar sus muchas diferencias, las dos terminan en un pathos insoportable, que rara vez no esté asociado al misterio del amor.
En su libro sobre el silencio, el genial Max Picard suena mucho a William Blake: “Los amantes son los conspiradores del silencio. Cuando un hombre le habla a su amada, ella escucha más el silencio que las palabras dichas por su amado. ‘Guarda silencio’, parece susurrar. ‘¡Guarda silencio para que pueda escucharte!’”18
Esto no quiere decir “cállate”, sino tan sólo “deja de hablar”. La diferencia lo es todo, en el amor y en el arte.
——
Reproducido de Escribir sobre mí. Cinco ensayos (UNAM, México, 2014). Traducción de Hernán Bravo Varela.
1) En “No quieras decir tu amor”.
2) Michaels se refiere a las cintas homónimas que filmaron Stanley Kubrick en 1962 y Adrian Lyne en 1997. En ambos rodajes las actrices que desempeñaron el papel de Lolita no tenían, en efecto, la edad prevista por Nabokov en su novela, que oscila entre los 12 y los 17 años. Sue Lyon (Kubrick) tenía 15, mientras que Dominique Swain (Lyne), 17.
3) En la novela de Nabokov, Clare Quilty es un escritor de cine porno que acosa a Lolita antes de que ésta termine huyendo con él para entablar una relación amorosa, la cual termina cuando Quilty le pide participar en una de sus películas.
4) Soneto CXXX de Shakespeare.
5) “¿Cómo te amo?”, de Elizabeth Barret Browning.
6) En traducción literal, “Vámonos al diablo”, canción compuesta por Jimmy McHugh y Frank Loesser.
7) En traducción literal, “Tu chica es todo lo que importa”, canción compuesta por Robert Black y Dave Dexter.
8) En traducción literal, “Eres lo máximo”, canción compuesta por Cole Porter.
9) En traducción literal, “Mi gracioso amor”, canción compuesta por Richard Rodgers y Lorenz Hart.
10) En traducción literal, “Dulce y bueno”.
11) “El amor es como llave de lavabo / que se cierra y que se abre.”
12) Dirigida en 1993 por el chino Chen Kaige, ganadora de la Palma de Oro de Cannes y candidata al Óscar como mejor película extranjera, Adiós a mi concubina aborda las turbulencias políticas, sociales y culturales de la China maoísta a través de la historia de amor homosexual no correspondido entre dos actores de la Ópera de Pekín.
13) “Cuando en sesiones dulces y calladas”, soneto XXX de Shakespeare. Traducción en verso endecasílabo de Manuel Mújica Láinez.
14) En Cuentos del ancho mar Caribe (Tales of the Wide Carribbean), de Jean Rhys (1890-1979).
15) En Sociología de la religión (1921), de Max Weber.
16) Última novela de la narradora, poeta, ensayista y biógrafa Penelope Fitzgerald (1916-2000), publicada en 1995. Existe una traducción al español hecha por Fernando Borrajo y publicada por Mondadori en 1998, reeditada en 2014 por Impedimenta.
17) Publicada en 1998, Bayley (1925) hace en esta obra un estrujante relato de su larga relación sentimental con la narradora Iris Murdoch (1919-1999), víctima del Alzheimer. Existe una traducción al español realizada por Fernando Borrajo Castanedo y publicada por Alianza en el 2000.
18) En El mundo del silencio (1954). Existe una traducción al español hecha por Norberto Silvetti Paz y publicada por Monte Ávila en 1971.









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