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Simone Weil: lo femenino y la santidad del amor

· octubre 30, 2020

Antonio Bello Quiroz

 

 

La verdad se halla del lado de la muerte…

en instantes de vacío mental, de intuición pura,

en instantes así se es capaz de lo sobrenatural.

Simone Weil

 

Simone Weil vivió y murió por pasión. Pasión y entrega por los más desprotegidos, por los que vivió y se dejó morir. Muere de hambre en agosto de 1943. Sobre su muerte voluntaria y evitable se han realizado las más diversas lecturas. Para darle lugar al enigmático acto de “dejarse morir” se han utilizado eufemismos como “muerte voluntaria”, “suicidio ético”, “rapto místico”. En tanto que suspende su alimentación, es incluida en la lista de las santas anoréxicas. La filósofa judía se niega férreamente a ingerir alimentos, agravando así una enfermedad pulmonar que le llevará a la muerte. La motiva el imperativo de hacer patente la idea de que su postura ética fuera valorado más que la materialidad de su cuerpo, mero envase del alma, por lo que se negó a comer más de lo que la gente comía en la Francia ocupada.

Siendo judía de nacimiento, sin convertirse, vive bajo los preceptos de un cristianismo radical hasta provocar que aún hoy, a los 77 años de su muerte, se continúen escuchando voces que piden a la Iglesia católica su canonización. El argumento que sostiene tal  petición es que ella, como pocos, enseñó que no hay otra santidad que el amor, llevando esta postura al grado de sacrificar su cuerpo y dar su muerte por lo que amaba.

En contraste, Simone Weil profesa un tipo de amor incondicional, semejante en todo a la entrega mística (el psicoanalista Jacques Lacan acerca lo femenino a lo místico en tanto que se juega por la vía de un goce infinito), por lo que tampoco están ausentes las voces que la acusan de herejía dado que, sin convertirse al catolicismo, practica con tanta entrega y consecuencia el cristianismo.

En la obra de Weil se nos presenta, sin que así se lo haya propuesto, un humanismo radical, que incluso la lleva a dar la vida sosteniendo su posición ética y política. Nos muestra un humanismo desnudo alejado en extremo de los malabares humanitaristas con los que están plagadas algunas filosofías. Sus cuestionamientos y posturas en defensa de lo humano son radicales. Señala, por ejemplo: “[Si] Ni en los peores momentos sería capaz de destruir una estatua griega o un fresco del Giotto. ¿Por qué entonces otra cosa? ¿Por qué, por ejemplo, un instante de la vida de un ser humano que podría ser un instante feliz?”

Simone Weil nació en París en 1909, cobijada por una familia judía acomodada que ya contaba con un primer hijo, André, que sería más tarde un brillante matemático. Desde muy niña mostró no sólo una inteligencia desbordante, sino además una postura crítica frente a la vida, que no cambiaría jamás. Se solía contar en la familia que cuando tenía sólo tres años de edad, una amiga de la familia le regaló un anillo valioso. La niña agradeció el gesto con cortesía, pero con firmeza devolvió el regalo diciendo: “no me gusta el lujo”. En el curso de un estado delirante, producto de una fuerte fiebre, también siendo niña, dijo tantas y tales cosas que el doctor que la cuidaba expresó a los padres que le parecía poco creíble que una niña de su edad supiera tantas cosas; con frecuencia la consideraban como una niña demasiado extraordinaria como para que existiera.

Con su hermano André se enfrascaba constantemente en un juego-competencia donde recitaban escenas enteras de Racine y Corneille, y cuando alguno de los dos se equivocaba recibía una bofetada como castigo ante la falta.

El padre de Simone era médico y por ello constantemente fue desplazado en el transcurso de la guerra; la familia lo seguía con frecuencia pese a las dificultades que ello implicaba. Ese contacto permanente con las atrocidades de la guerra le despertó a la futura filósofa un profundo sentimiento pacifista.

Una etapa crucial en su formación intelectual fueron las clases de filosofía que recibió de Alain, cuando era alumna del Lyceé Henry IV, en París. Simone Pétrement, una de sus biógrafas y amiga, no duda en señalar este encuentro en la vida de la joven Weil como una especie de corte y nuevo nacimiento. Desde entonces, Simone Weil se dedica de tiempo completo a la filosofía, excluyendo por completo de su atención cualquier referencia o dedicación mínima a su arreglo personal y negándose desde entonces a cualquier sentimentalismo amoroso, argumentando que no quería saber nada del amor “hasta que supiera exactamente qué es lo que pedía a la vida”. Cuenta Pétrement que a Simone Weil no le gustaba que la besaran ni la tocaran, “era uno de los efectos de sus repugnancias”.

La vida de Weil resulta de tal fascinación que Georges Bataille (a quien por su parte se le concede cierta áurea de santidad) la hace protagonista de una novela, Le blue du ciel, donde nos ofrece una descripción de ella que seguramente nos dará una idea más clara del abandono de sí que mostraba en su extraña y seductora personalidad:

“Llevaba vestidos negros, mal cortados y sucios. Daba la impresión de no ver delante de sí, y con frecuencia se tropezaba con las mesas al pasar. Sin sombrero, sus cabellos cortos, tiesos y mal peinados, semejaban alas de cuervo a ambos lados de la cara. Tenía una nariz grande de judía delgada en medio de su piel macilenta, que sobresalía de las alas por debajo de unas gafas de acero. Te desazonaba: hablaba lentamente con la serenidad de un espíritu ajeno a todo; la enfermedad, el cansancio, la desnudez o la muerte no contaban para ella… Ejercía fascinación, tanto por su lucidez como por su pensamiento alucinado.”

Simone Weil se exigía un rigor tan radical que creía no merecer el más mínimo elogio y se sentía incómoda ante cualquier intento de calificar de brillante a su pensamiento. Escribía: “me resulta muy doloroso el temor de que los pensamientos que han descendido sobre mí estén condenados a muerte por el contagio de mi miseria y mi insuficiencia”.

Desde los once años se sintió atraída por la lucha de los obreros y tomó partido por los desprotegidos. Concedía especial valor al trabajo manual, decía por ejemplo, que “el hombre más perfecto, el más auténticamente humano, es el que al mismo tiempo es trabajador manual y pensador”, dando así un lugar primordial en su pensar a la idea más elaborada de praxis. Con esta idea expresará su postura de vida, donde pensamiento y acción caminan a la par.

Para la filósofa, en el principio no está el Verbo sino la Acción. En esto coincide con la idea heideggeriana de que el hombre se humaniza al entrar en contacto manual con el mundo; la mano “ve” y le da “ser la mano”, enseñaba el filósofo alemán. Weil cree que la clase obrera es fundamental para la cadena productiva, por encima de los practicantes del pensamiento, por lo que no duda en renunciar a la cátedra universitaria de filosofía que había obtenido en Le Puy para trabajar como obrera de la fábrica Renault y padecer lo mismo que cualquier compañero obrero. Cuando estallan la huelga, ella encabeza las marchas y se rehúsa a tener la más mínima consideración por su condición intelectual y social si ésta no es para todos sus compañeros.

A partir de la asunción voluntaria del sufrimiento se coloca siempre siendo la última de la fila. Se siente unida con el pueblo trabajador por una especie de amor fati, que implica una aceptación del destino, aceptación valiente y ética, que no debe nunca confundirse con la resignación o la pasividad. Lo total de su lucha la lleva incluso a estar en desacuerdo con León Trotsky, a quien considera poco consecuente en su forma de actuar. El líder ruso, sin embargo, al terminar una charla que se efectuó en la casa de los padres de Simone, les expresa a éstos: “pueden ustedes decir que la Cuarta Internacional se ha construido en su Casa”.

De las reflexiones previas a su ingreso a la fábrica, escribirá posteriormente su obra Reflexiones sobre las causas de la libertad de la opresión social. Sobre este trabajo, el filósofo existencialista Albert Camus expresa: “Desde Marx, en que parecía que todo estaba dicho sobre la lucha obrera y las causas de la opresión, el pensamiento político y social no había producido nada más penetrante y profético.”

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