Antonio Bello Quiroz
El 24 de agosto de 1943, internada en el Grosvenor Sanatorium de Ashford, moría la filósofa y activista francesa Simone Weil a los 34 años. Sufría de anorexia y se dejó morir de tuberculosis. Ella misma se declara imposibilitada de utilizar su propia inteligencia para vivir y reiteraba su compromiso más radical con la luz de la verdad. Se dice que se dejó morir de hambre en solidaridad con los obreros en huelga y los prisioneros de guerra franceses: “no puedo sentirme feliz ni comer a gusto cuando siento que mi pueblo sufre”, escribía.
No se le permitió combatir en la Resistencia: buscaba lanzarse en paracaídas sobre el enemigo; se le negó esa posibilidad y fue relegada a un oprobioso puesto de oficina donde se le encargó realizar informes para la Francia Libre. Se sometía por voluntad a jornadas de trabajo extenuantes; sólo a partir de sentir una fuerte conexión divina podría explicar su sometimiento al trabajo; apenas dormía y menos comía. Pronto se enfermó de tuberculosis. La posibilidad de morir no le generaba ninguna inquietud; es como si lo buscara. Se consideraba a sí misma, como a todos los demás humanos, una porción mal cortada de Dios; con la muerte dejaría de estar cortada y estaría unida a lo divino.
Nació en una familia judía, pero anhelaba convertirse en católica, aunque denunciaba y mantenía distancia con los privilegios de la jerarquía de la iglesia romana. Ante su muerte se ordenó que se investigaran las causas y se determinó públicamente que se trató de un suicidio; la noticia en los diarios decía: “curioso sacrificio de una profesora francesa”.
Su obra y pensamiento es difícil de clasificar, sin embargo, se trata de una prolífera producción que no puede entenderse sino a la luz de sus experiencias de vida. Su dolor de existir estaba acompañado de una profunda sensibilidad en torno al sufrimiento humano. A esta “extraña mujer”, como solía decir quien la veía, nacida el 3 de febrero de 1909 en París, se le llegó a considerar como una mística del siglo XX. Su hermano André, con quien tiene una relación de extrema admiración, fue un brillante matemático a muy corta edad. Ella no quería ser menos y eso la convocó a exigirse al máximo. Niña enfermiza, ya daba sus primeros indicios de autosacrificio por la vía de negarse a comer ante la injusticia y desigualdad; ella misma, siendo de una familia de la burguesía judía, se priva de comer golosinas ante las condiciones infortunadas de los niños.
Simone Weil recibe una educación humanista en los mejores liceos de París; estudia literatura y filosofía clásica. Su formación transcurre de Platón a Descartes, de Kant a Spinoza, y después Marx, que se convertiría en parteaguas de su vida. Su compromiso con los desfavorecidos no tuvo límite: socialismo real. Su formación era tan profundamente humana que la misma Simone de Beauvoir, mujer reconocida por muchos, veneraba a Simone Wiel; decía de ella: “me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dones como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”.
II
Si atendemos a los primeros mitos fundacionales, fácilmente podríamos ubicar a aquellos que tienen a la alimentación como núcleo, como mitema: Prometeo y su robo del fuego, la loba amantando a Rómulo y Rémulo para la fundación de Roma, el Génesis y su prohibición del fruto prohibido. La prohibición original es a comer, mejor aún, a comer del fruto prohibido. Desde los primeros tiempos se liga al alimento con la falta. Prometeo les roba el fuego a los dioses; se lo da a los mortales; los mortales ahora pueden hacer más digerible sus alimentos; los hace fuertes; eso pone en peligro a los dioses; el dios de los dioses maldice a los humanos con ser para siempre no otra cosa que un vientre hambriento, insaciable. Simone Weil comió del fruto prohibido de la conciencia social.
No cuesta mucho apercibirse de que el objeto-alimento es lo primero que media en la relación con el Otro (la madre, lo padres, la cultura, etc.). En el mito fundacional de Roma está la leche de la loba que amamanta. El objeto alimento-prohibido en el mito del génesis es la manzana; el mandato de prohibición la hace objeto de interdicción. El robo del fuego transforma los alimentos y con ello la relación de los hombres con el mundo. Si el alimento es lo primero que nos une al Otro, la anoréxica se niega a comer como una forma de establecer una separación de un Otro asfixiante. Se trata de una defensa ante una demanda de amor excesiva. Simone Weil elige no comer como una oposición a un sistema oprobioso, injusto y cruel. Santa Catalina de Siena opta por la anorexia como una forma de rechazo a la imposición de un matrimonio.
Para Lacan, la elección anoréxica es la elección de la Nada, es la elección de “comer nada”, o “comer todo” como ocurre en la bulimia. Una pasión por la Nada es lo que domina el ser y el hacer de la anorexia. No se trata de una estructura, desde luego, ni clínica ni subjetiva; es decir: lo mismo hay quienes muestran signos de anorexia en la neurosis que en la psicosis o en la perversión. La cuestión clínica, entonces, apunta en principio a ubicar el rasgo diferencial, lo que vendría a determinar su abordaje o tratamiento. Pensar que la anorexia es una elección ubica de entrada a quien vive con anorexia como responsable de su elección, aun cuando el motivo sea desconocido, evitando así que se le coloque en el lugar de víctima o enferma. La anorexia es una elección inconsciente de la que sólo puede ser responsable el sujeto que la reconoce, así como en el suicidio (que también es una elección) sólo es responsable el que se suicida.
Massimo Ricaltati en un muy sostenido trabajo titulado Clínica del vacío. Anorexias, dependencias, psicosis, nos propone pensar ese rasgo diferencial de la neurosis a partir de un vínculo diferenciado con la Nada de la que se alimenta la anoréxica. Nos propone dos dimensiones de la nada.
La primera Nada de la que se alimenta la anoréxica operaría como objeto separador; se trata de una forma, extrema si se quiere, de cerrarle el paso al Otro. Se trata de reducir la omnipotencia, de la madre en principio, del Otro hasta señalarle una impotencia. Aunque también es una forma, para el sujeto, de ir más allá de la impotencia, una apuesta por desengancharse de la dependencia alienante del Otro. En suma, el rechazo a la comida implica además un grito de ¡No! al Otro. Por un momento, ante ese ¡No! radical (como puede pensarse también en el autismo, o incluso en diversas formas de las llamadas patologías del acto) el Otro es colocado en posición de angustia y el sujeto se coloca por un momento en una cierta posición de supremacía. La anorexia como una forma de hacer síntoma se presenta como un mensaje, una demanda, y como sabemos, toda demanda es una demanda de amor. La anoréxica hace signo con su cuerpo puesto como objeto de vínculo con lo social, la anorexia como acción extrema que convoca a hacer lazo social.
La segunda nada tiene que ver con la psicosis o casos graves de anorexia. No es una forma de relación con el deseo del Otro sino más bien con el goce del Otro. En las también conocidas como anorexias melancólicas (Las novias de la muerte se hacen llamar) escribe Ricaltati, en primer plano no está el deseo de nada sino la reducción del deseo a Nada. Las mueve un apetito de muerte.
III
El trabajo fabril durante un año se convierte en una experiencia decisiva en la vida de Simone y anuncia el comienzo de una etapa difícil, marcada por el desánimo y la angustia.








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