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Significa que…

· julio 17, 2020

 

Ángeles Nolasco

 

“Mirar el horizonte”, momento tan añorado por mí y que leo frecuentemente en los libros y en algunas novelas románticas que me prestan mis padres. Es como si ese espectáculo fuera lo máximo que pudieran admirar los ojos de cualquier ser humano.

Siempre me imagino y pregunto ¿Cómo es? ¿A qué huele? ¿Qué emociones provoca tenerlo enfrente?

Es un sueño, tan solo eso: soñar con la imagen que se proyecta en mi mente a partir de lo que leo, de lo que cuentan.

“¡Yo lo vi! Lo recuerdo muy bien, era muy joven y aún está impregnado el recuerdo en mi mente.” Escuché alguna vez decir a la anciana que vive, creo, al otro lado de mi puerta.

Yo la escucho a veces, esas veces cuando no te importa el tiempo, pues en sí no sabes qué es, cuando no te importa tener algo más qué hacer, pues todo momento es lo mismo y, finalmente, no se hace nada más que dedicar un instante a escuchar las historias de la anciana de al lado.

Cada que la escucho, mi mente viaja y llega al lugar que ella refiere. Trato de recrear con mi imaginación cada una de sus palabras, los momentos y paisajes que describe. Sin embargo ese instante dura muy poco. Cualquier ruido, por mínimo que sea, hace que todas esas imágenes se fracturen como un espejo que deja de reflejar una imagen bella y se rompe, egoístamente, en millones de pedacitos para que nadie más pueda volver a verla.

Para mí ya es costumbre escuchar todo tipo de ruidos. Solo hacen que me distraiga para cambiar las imágenes de mi mente y hay algunas que son muy bonitas como para dejarlas. Conozco los ruidos que provienen de afuera y dentro del lugar. Algunas veces se escucha un viento fuerte que viene de lejos y avanza hacia nosotros con pasos firmes y amenazantes. Se acerca, se acerca y golpea con tal furia que pareciera que en su interior hay algo más que ira contenida.

Mi madre dice que a ese viento hay que tenerle miedo, sobre todo si viene acompañado de lluvia o si arrastra cosas que encuentre a su paso. ¡Alguna vez la anciana contó a mi madre que vio cómo el viento se llevaba una vaca!

He aprendido a identificar el sonido, desde el ligero que provoca una brisa que susurra y parece estar contenta, hasta el fuerte y tenebroso que arrastra y golpea y hace temblar y vibrar todo lo que hay cerca. También puedo escuchar y saber cómo es el sonido de la lluvia. Hay veces que pareciera que mucha gente marcha al unísono de un compás: ¡Plas, plas, plas plas! ¡Ése me gusta! Me imagino un lugar –¡Cualquiera que sea!– con miles y miles de hombres y mujeres moviendo los pies a la voz de alguien diciéndoles que lo hagan para crear gotas de lluvia.

Hay días que el sonido del agua de lluvia no te permite imaginar más que gotas gigantescas enfurecidas y golpeando con todas sus fuerzas. Me imagino puños cerrados queriendo aplastar cada uno de los refugios donde nos resguardamos. ¡Pum! ¡Pam! ¡Pum! ¡Un puño por aquí! ¡Un golpe por allá!

No toda la vida he estado en este lugar. Mi mamá dice que cuando nací y durante algunos años después la vida era otra. Había mucha gente y no vivían en refugios. Se movían e iban a dónde ellos quisieran a la hora que fuera. Sólo se resguardaban cuando llegaba la noche y entonces dormían. Yo no sé si cuando duermo es de noche, no recuerdo cómo es el día. Entonces tampoco sé qué pasa cuando llega la noche. Para mí todo el tiempo que transcurre aquí es igual. En el refugio nada se ve nada de fuera, tan solo una capa negra, oscura, que lo cubre todo y que no permite saber si hay algo más allá.

No sé si haya más gente o sólo somos la anciana de al lado y nosotros: mis padres, hermanos y yo. Nunca he escuchado otra voz, sólo la de la anciana, aunque jamás la he visto. Mi madre no nos ha dejado salir en todo este tiempo. Cuando hay que ir por el alimento que nos dan, es mi papá quien sale. Hace tiempo me causaba asombro todo lo que debía ponerse encima para ir al exterior. Mi mamá nos explicó que se protegía para no morir. Ella sabía de mucha gente que le había pasado: ¡Un pie afuera y caían fulminados como insectos! Aunque no los conozco, me los imagino cayendo y dándose tremendo golpe con el suelo. Mi mamá cuenta también que ella fue testigo de un momento impactante: mi abuelo, su padre, salió incrédulo; no pudo respirar y cayó muerto.

El refugio donde vivimos tiene una protección especial, como si estuviéramos en una bola de cristal de esas que se regalaban en Navidad. Aquí podemos respirar sin problema. Nos la regaló el gobierno cuando empezó todo. Dicen que no estaban preparados para algo así, pero hacían experimentos de formas de sobrevivir en otro planeta, así que tuvieron que sacar todo lo que tenían y lo repartieron con la gente. No todos alcanzaron ¡Fuimos afortunados!

Para comer, cada cierto tiempo mi padre sale a un lugar donde le dan unos sobres. Hay poca variedad, pero es todo lo que podemos comer y además nos debe durar mucho tiempo. Mi mamá dice que pasado tan solo 15 años desde que todo empezó y que no sabemos cuándo podremos salir.

Mi papá tiene un radio. Es todo lo que nos mantiene en contacto con la gente que vive fuera, dice él. No hay más. Hace tiempo había computadoras y teléfonos que te mantenían cerca y en contacto con la gente de cualquier lugar del mundo, a la hora o el tiempo que fuera. Había quienes decían que ese era el futuro, pues se esperaba que a través de ellos se hicieran grandes descubrimientos tecnológicos que contribuirían a la economía de todos los países, y a la medicina, que ayudaría a curar enfermedades más fácilmente. Era tanto el avance que muy pronto seríamos dominados por una inteligencia artificial creada por nosotros mismos. Pero no fue así. Ante la situación que llegó sin avisar sólo sobrevivió la radio, un aparato muy pequeño y que funciona con unas pilas que mi papá guarda con recelo para que a nadie se le ocurra jugar con ellas. Cuando lo escucha, de vez en cuando, hay una voz que siempre repite lo mismo, desde que recuerdo: “¡Aún no hay condiciones!” Mi padre lo guarda y su cara se llena de tristeza. A veces se aleja de todos. Yo creo que llora en silencio.

Siempre tengo curiosidad de todo y la última vez que escuché la voz diciendo: “¡Aún no hay condiciones!”, le pregunté a mamá por el significado de esas palabras que le duelen tanto a papá. Ella miró hacia cualquier lado y en sus ojos aparecieron pequeñas gotitas de agua que recorrieron sus mejillas. Me dijo:

–Significa que no podemos salir. Significa que los pocos árboles que hay no han podido producir el suficiente oxígeno para respirar fuera del refugio. Significa que las condiciones del aire no son adecuadas, por eso sólo vemos la capa oscura afuera. Significa que el agua de la lluvia es ácida y al contacto con nuestra piel podría quemarnos. Significa que los ríos y lagos, fuentes de agua para el consumo humano, están contaminados, envenenados, y el agua no puede ser utilizada. Significa que el clima ha cambiado, ya no hay estaciones del año, ya no puede predecirse cuando llueve, hace frío o calor. Significa que el planeta cada vez se calienta más y los rayos del sol hacen que se sienta con mayor intensidad el calor y su contacto, por mínimo que sea, provoque daños a la piel. Significa que nuestro planeta muere lentamente sin recuperarse, sin esperanzas de volver a ser testigos de una puesta de sol. Significa que no sabremos qué hay afuera. Significa que la esperanza de sobrevivir es cada día menor. Significa que no podrás saber a qué huele una flor, cómo se siente que la brisa acaricie tus mejillas, la sensación que se experimenta al caminar descalzos por la arena…de ver un amanecer… Significa que los seres humanos vamos muriendo y en poco tiempo dejaremos de existir.

Con un abrazo suave, mi mamá terminó de explícame la frase ¡Aún no hay condiciones! Sus ojos liberaron lágrimas con mayor intensidad y su mirada volvió a perderse en cualquier lado.

Yo tomé su mano, la apreté fuerte queriendo consolar su tristeza. En mi interior sentí una especie de nostalgia y se empezaron a tejer preguntas que surgieron por la curiosidad, pero que no quise formular.

Así pasa el tiempo y en algún momento aparece la pregunta con mayor fuerza y entonces me cuestiono: Es el año 2035 ¿Alguna vez podré mirar el horizonte?

 

Z.G

 

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