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Narrativa 0

Siempre Mozart

· febrero 5, 2016

José Alberto Vázquez Benítez

Conocí a Ricardo, o mejor dicho, lo vi por primera vez cuando bajé del bus e iba rumbo al hotel Marco Polo que Betty, la enfermera irlandesa y Mike, del Cuerpo de Paz, me habían recomendado para pasar unos días en Tolú. Ricardo estaba sentado junto a su franela roja, bajo la sombra del portal, a un lado de la plaza de Tolú.

No me llamaron la atención al principio, ni su puesto de vendimia, ni él mismo, sino el hecho de que al encontrarlo ahí, confirmaba yo que ellos están en todas partes. Apenas un mes atrás, encontré algunos en la capital, en las esquinas de la carrera séptima, pleno centro comercial, también con sus tapetes, casi siempre rojos, sobre los que exhiben la mercancía en venta: collares, pulseras, anillos y diversos objetos más, elaborados a la vista del público. En Cartagena había entablado conversación con algunos de ellos. Mi recuerdo fue hasta Florida, luego Los Angeles, y San Francisco, la gran capital. Ahí, se les encuentra en la Plaza de Hilton, frente a la fuente del millón de dólares, vendiendo lo mismo; aunque en San Francisco algunos elaboran objetos más sofisticados, como vistosos emplomados de vidrios multicolores.

Confieso, que si bien no les había odiado, les guardaba cierta repulsa. Pero, desde que traté a Mike, mi concepto de ellos había cambiado mucho, sobre todo desde la noche en que él, al llegar a acostarse, no encontró sus escasas pertenencias en el buró.

—Dime —preguntó, casi llorando— si no quieres compartir el cuarto con un humilde jardinero.

Mike estaba trabajando en el hospital como voluntario en algunas labores de mantenimiento y jardinería. Ese día la chica costeña que hace el aseo me preguntó si podía limpiar ropero, buró y mesa de noche del cuarto, por lo que recogimos las pertenencias de Mike, entre ellas el reloj de bolsillo de “oro bajo”, que había sido de su abuelo. Guardamos las cosas en una bolsa y las pusimos en el ropero.

Mike había estado fumando creo que bazuco esa noche. Al llegar a acostarse y no encontrar sus cosas se puso sentimental. Pensó que yo ordené las retirasen, insinuándole así que dejara el cuarto. Después, habló largo, hasta el amanecer y le vi llorar.

La siguiente fue la madrugada que llegaba yo, acompañado de Betty, de Cartagena. Antes de entrar nos detuvimos al ver una sombra que se ocultaba tras la ambulancia. Era Mike, con su bolsa de espalda al hombro. Me hizo una seña de que guardara silencio, para que Betty no se enterara de su partida. Pero fue inútil. Betty se dio cuenta y comprendió lo mismo que yo, al verlo con equipaje al hombro; que se marchaba en definitiva.

Mike abrazó a Betty y la besó en ambas mejillas. De mí se despidió con un fuerte apretón de manos. Le acompañé unos pasos, encaminándole a la puerta.

—¿Lo has pensado bien? —fue lo único que pude preguntarle.

—No sé, lo que sí estoy seguro es que algún día debo volver a casa. Y ese día, creo que es hoy.

Mike salió de Australia, tres años atrás.

—Escribe —fue lo último que dijo.

Al entrar al cuarto encontré sobre la mesa un sobre, que de inmediato abrimos. En él estaba la mitad del sueldo de ese mes de Mike y un papel, que decía en inglés: “Hubiera querido abrazar a todos”.

Escogí un cuarto en el Marco Polo, con vista al mar. Botando el pantalón y la camisa, salí en bermudas a disfrutar del mar y de la comodidad de la ropa informal.

Casi había olvidado el puesto de brazaletes y collares, cuando, de pronto, me encontré frente a él. Ricardo, sentado tras la franela roja, con la mano daba forma a un trozo de alambre de alpaca, aleación baja de plata, que sostenía y torcía con su mano izquierda. Una pareja de chiquillas, de cerca de veinte años, sobresalía de entre los curiosos que le veían trabajar. Ricardo, al hablar, sólo se dirigía a ellas, por lo que el resto de la gente se detenía unos momentos, veían las piezas de cuero y metal y continuaban su camino. Él hacía esfuerzos inútiles; agotaba sus recursos para ofrecer a una de ellas (la más bella y la de más lindos senos) que le haría, para regalarle un juego especial de collar y pulsera, si aceptaba salir con él. Quizá fue esto lo que me dio la clave de que Ricardo podría representar un buen plan.

Lo cierto es que me senté en lo alto del gran escalón, a un lado de su franela roja y atentamente escuché los insistentes galanteos de Ricardo. Pero todo fue inútil. La chica no aceptó. Cuando ella por fin se retiró, Ricardo me miró; confirmando que ya había escuchado toda la conversación, se limitó a mover la cabeza de un lado a otro:

—Duras, ¿verdad? —fue todo lo que dije. Y él sonrió.

Ricardo tendrá veinticinco años. Aunque es moreno, el sol ha puesto sus piernas y brazos de un canela oscuro, intenso. Vestía jeans de mezclilla cortados hasta medio muslo y una camiseta, hecha con algo que alguna vez fue un suéter, sin mangas. Boca fina, ojos negros, y el pelo suelto, encrespado a todo lo largo que puede crecer.

La cadena que yo porto al cuello, con un pendiente hecho de hueso humano, tallado por los indios del alto Sinú en la época precolombina, se había dañado y le pedí a Ricardo sus pinzas para arreglarlo. De inmediato aceptó. Mientras yo reparaba el broche de la cadena, él sostuvo en sus manos la talla de hueso.

Platicamos. Me preguntó si yo me dedicaba a covar, especie de negocio en el que los que a ello se dedican buscan objetos de manufactura aborigen, para venderlos a los turistas. Conforme avanzamos en la plática, Ricardo captó mi acento extranjero y después de las preguntas de rigor, él supo de mí lo que yo le permití. Y yo supe de él: que era del valle de Cali, tenía cerca de un año que rondaba el país. En Tolú tenía un par de semanas. Había llegado de Cartagena, donde pasó dos meses y pensaba disfrutar de la zona de Tolú y Coveñas una buena temporada; el movimiento turístico era bueno y la competencia menor.

Casi desde el principio comenzó a llamarme “hermano”, a veces me decía “brother” y en otras, cuando se enteró de mi profesión, me llamaba: “hermano curandero”, no sin algo de respeto.

Me ofreció un Marlboro, y después de aceptarlo, le pedí que guardara mis cosas, en lo que yo me daba una zambullida en el mar. Cerca de dos horas después, refrescado, regresé por mi encargo, casi en el momento en que Ricardo levantaba el puesto. Era poco más del mediodía y el intenso calor obligaba a todo mundo a buscar sombra y fresco. Entendiéndonos ya en el lenguaje mundial de la compresión sin palabras, me despedí de Ricardo, sin cruzar alguna.

Y fue coincidencia, pero a las cuatro de la tarde, comido y descansado, salí rumbo al mar, para otra zambullida, cuando encontré a Ricardo, quien con la franela al hombro, a manera de mochila, venía para reinstalar su puesto.

—La tarde está fresca, hermano Doc. Y espero tener una buena venta. ¿Qué haces por la noche?

Como única respuesta, me encogí de hombros.

—¿Por qué no vienes a la refresquería que está en la esquina? Aquélla… —dijo, señalándome con la barbilla levantada—. A eso de las nueve… La pasaremos bien.

Terminaban de dar las nueve cuando crucé la plaza, rumbo a la refresquería. La mojarra al mojo de ajo, a las brasas, que se había devorado debió estar exquisita. En el plato sólo quedaban limpios los blancos huesos. Se sirvió una Costeña, me invitó a sentar y estaba por ordenar una cerveza similar para mí, cuando un oportuno chiquillo llegó a ofrecer una botella de vino, de las desembarcadas de contrabando en la costa. Era un Marqués del Riscal, y pedía sólo quinientos pesos por ella.

—Te las compro, si me traes otra igual.

—Eso es fácil… —dijo, y salió corriendo.

Al poco rato estuvo de vuelta con una más de las botellas. Pagué, Ricardo pagó su cuenta y salimos sin abrir ninguna botella.

—Las llevaremos a casa —me dijo.

A lo que yo pregunté si tenía casa en Tolú. Era un pequeño, pero limpio y agradable cuarto, que él rentaba. Sólo contaba con una cama, unos afiches en los muros, un par de sillas y cacharros de cocinar. Pequeño, pero cómodo. Después de entrar, Ricardo encendió la casetera: Mozart, el Divertimento No.1 de las Sinfonías Salzburgo…

—Siéntate un rato. Ahora vuelvo, voy por un par de “peladas” que aceptaron venir. ¿A ver si podemos armarla bien?

Salió, para volver acompañado de Leda, diecinueve o veinte años. Si no era cartagenera, debería serlo: morena, ojos verdes y la boca, una sola línea carnosa que sonreía y hablaba sin que sus labios perdieran la horizontalidad.

Me gustó mucho Leda. Y maldecía que Ricardo hubiera vuelto con una chica solamente. Deseaba a Leda para mí solo. Ella vestía también jeans de mezclilla cortados por arriba del tercio superior del muslo y desenhebrados o deshilachados en sus bordes, una blusa corta, desabotonada en la parte baja del vientre y anudada a la altura del ombligo. Sin sostén ni calzado. El pelo negro; suelto, recién lavado.

La primera botella duró poco. De lo que hablamos no importa. O más bien, no hablamos. Mozart y el Marqués del Riscal se encargaron de todo. Leda y yo, sentados a la cama. Los pies descalzos, jugueteaban, mi dedo grueso empujaba y cosquilleaba sus plantas. Ricardo, al frente nuestro, sentado sobre un taburete de cabuya y cuero. Por el calor, se había quitado la camisa y contemplaba la botella vacía. El casete continuaba con las Sinfonías Salzburgo cuando abrimos la segunda botella. Al terminar el allegro assai, del Segundo Divertimento, lo apagó. De entre sus cosas sacó una ebúrnea flauta dulce de fabricación alemana y continúo tocando Mozart. Feneció la segunda botella. Ricardo apagó la luz. También de entre sus cosas, sacó un cigarrillo que iba a encender, diciéndome:

—Es de mi país…

Detuve su mano antes de que encendiera el fósforo y le dije:

—Esta vez no vas a fumar… Leda merece algo mejor. —Metí la mano al saquillo de cuero que pendía de mi correa, sacando uno de los atados de hojas que Guy me regaló—. Ésta no es de tu país. Es del Perú, del mismísimo Machu Pichu, un amigo la trajo hace algunas semanas.

Le ofrecí a Ricardo, quien tomó un poco y la llevo a sus labios para probarla y masticarla lentamente. Dio un poco a Leda, quien comenzó a masticarla como chicle bomba de nostálgico amargor. Guy consiguió mucha, creo que demasiada. Y es que él había llegado al Machu Pichu (el ombligo del mundo de Neruda) por el Camino Real de los incas; cinco días con sus noches, subiendo por los senderos andinos. Los naturales la llevan en sus morrales y la ofrecían a Guy y otros acompañantes a puños; piensan que sin ella es imposible recorrer aquellos caminos. Él y Lorena la masticaron. En el Perú y en los Andes, es más importante y primordial el mascarla que el comer.

Guy mantenía abundantes atados de hojas en el cuarto y en ocasiones le daba un uso extraño. A algunas pacientes con cuadros de crisis histeriformes o a otros con severos dolores, se los administraba con excelentes resultados. Él solamente la mascaba ciertas noches que nos reuníamos a escucharle tocar la armónica. Esta noche, con Ricardo y Leda, creí que sería una buena oportunidad. Leda no tenía experiencia al respecto, pues pronto se tendió a lo largo de la cama que compartíamos los tres.

Él me pidió más hojas y le dejé que tomase el último atado de mi saquillo. Terminó con ellas él solo. Yo, desabotonándome el pantalón, me quite la camiseta, tendiéndome a lo largo y al lado de Leda.

La oscuridad se hizo completa. Mi pulso latía firme y rápido en los brazos de Leda y Ricardo. Vino a mi mente la imagen de la portada de una revista en una esquina de Coconut Drive, que sentenciaba: “make love togheter…” Después que vencí la náusea, mis labios recorrieron el cuerpo de Leda; descendieron sin encontrar resistencia. Percibí en mi saliva el sudor del vello, mis labios ardían en fiebre de falciparum y cuando creí llegar a la excitante mucosa, me encontré con el dedo de Ricardo que se retiraba para dejarme paso. La fiebre me quemaba y convulsioné al hacer contacto. Leda creo que carecía de experiencia, pero lo permitía todo, no sin un dejo de semiinconciencia, lo que se llama duermevela. Nos mezclamos en nudos sincrónicos. Sentí la mano de Ricardo llevarme a la boca de Leda, mientras ella se extendía a lo largo de su dorso. Nos encontramos. La convulsión le hizo vibrar, hubo un momento en que sentí la necesidad de levantar la cabeza; halando oxígeno, sentía sumirme en la inconciencia. No sé si sentí temor, pero una nueva convulsión me hizo perderme en la oscura noche.

Aún no había luz del nuevo día. La fosforescente luminosidad de la carátula del reloj en mi muñeca marcaba las seis de la mañana, al echarle el primer vistazo. Intenté incorporarme, pero un martillazo en la cabeza me obligó a regresar a la posición de recostado, para buscar consuelo en el regazo de Leda. Entreabriendo los ojos, vi a Ricardo que se encontraba de pie junto a la cocineta.

—Pronto habrá tinto —dijo risueño, cuando nuevamente caí en la inconciencia de la náusea, siempre preferible al terrible dolor migrañoso de la cefalea.

El exquisito aroma del tinto, que humeante despedía la pequeña “pavita” del café puesto al fuego sobre la estufa, me despertó de nuevo. Me levanté, poniéndome los pantaloncillos cortos, sin abotonarles, de manera similar a la de mi anfitrión y cubrí a Leda con la única sábana. Tomé dos tazas de tinto, una tras de otra. Buscando mis sandalias y la camiseta, salí, después de chocar las palmas con las de Ricardo. El sol iniciaba su ascenso, junto con un suave viento de levante. Y el viaje hasta el hotel pareció una travesía por el Sahara.

La regadera no fue suficiente para despertarme. Pronto estuve de nuevo tendido sobre la cama… pero, los martillazos eran terribles, por lo qué volviendo a ponerme el pantaloncillo salí rumbo al restaurante del hotel, buscando no tanto el desayuno y apagar la sed, sino más bien, media docena de aspirinas, que creí necesarias para el dolor del martilleo.

Los blanquillos revueltos, una gran taza de tinto y tres gaseosas me hicieron sentir mejor. Eran pasadas las nueve y deambulé para tomar la brisa fresca de la playa. Caminé, mojando primero los pies hasta los tobillos. Al contacto con la frescura del agua, tuve la impresión de que un buen chapuzón caería bien. A esa hora muchos chiquillos jugaban ya en la playa; por mí derecha pasaron dos, correteándose. Les seguí, arrojándome de lleno al agua.

No fue sino hasta el momento que perdí contacto con el fondo, y al darme cuenta que estaba a cierta distancia de la arena, cuando sentí despertar, desde que Ricardo había dejado de tocar los divertimentos en la flauta.

Me sumergí hasta el fondo conteniendo la respiración, y al salir a flote vi un lanchón pesquero a unos metros de mí. Nadé hasta él, subí a su borda, para clavarme en el agua, nadando algunos metros. Nueva subida al bote, nueva clavada y así otra vez hasta que sentí que verdaderamente estaba despierto y totalmente consciente. Habían cesado los golpes en la cabeza, ya no había cefalea. Al nadar, de regreso a la playa, sólo veía frente a mí a Leda, sus jeans y sus labios. Llegué al hotel totalmente cansado, pero con vivencias reales. Nuevo duchazo y la cama fresca.

Desperté pasadas las cinco de la tarde y me encaminé a la playa, a la que llegué cuando se jugaba la cuarta entrada de un partido de beisbol playero. Al caer el último out de la novena entrada, los chicos del equipo vencedor corrieron hasta donde estaba una caja de cartón, que contenía los billetes y monedas de la apuesta. Repartiéronse el botín del triunfo y corrieron, esparciéndose por diferentes rumbos.

Posterior a la cena de un pargo asado fui a la cama sin más. Tenía sueño; pero al haber dormido gran parte del día, mantenía el estado de vigilia, otra vez el duermevela. Pasadas las dos, desperté con el conocido sonido de la flauta, la música: el Allegro Maestuoso, del Concerto pour flaute… ¡Siempre Mozart!

Él sabía que yo estaba hospedado en el Marco Polo, mas no en qué habitación. Me levante y fui a la ventana, entreabrí la persiana y divisé entre la cuadrícula de malla del mosquitero, frente al hotel, a Ricardo, sentado en la acera. Tocaba la flauta. A su lado estaban Leda y otra chica, que abrazaban a un muchacho de la edad de Ricardo.

Volví a mirar el reloj, confirmando que era la hora segunda después de la medianoche. Cerré la persiana y entré en la cama.

Al poco rato Mozart se fue haciendo más y más lejano, hasta que desapareció por completo.

Desperté cerca de las ocho y fui a la regadera con la idea de desayunar después del baño, liquidar la cuenta y salir rumbo a Coveñas. Aún quedaban tres días libres y en esas playas uno encuentra siempre a chicas vistiendo descolorados pantaloncillos de mezclilla cortados por arriba del muslo… siempre alguien que sabe tocar a la flauta dulce, la música de Wolfang Amadeus…

Caminé del hotel a la plaza y antes de abordar el bus, tomé un jugo de guanábana. Lo estaba terminando al momento en que Ricardo, quien me vio de lejos, llegó junto a mí.

—¿Te vas, Doc?

—Así es. Pero puedes estar seguro que nos veremos pronto. Yo vengo por aquí en mí próxima oportunidad. Si lo prefieres, ven tú a visitarme, cuando quieras date un brinco al Viento. Sólo tienes que preguntar por el hospital… ahora quiero ir a Coveñas… ¿Sabes?

—Sí, claro… chao.

Abordé el autobús, que ya arrancaba. Los ayudantes del conductor voceaban el destino de la partida.

—¡Coveñas… Coveñas!

——

Agradecemos al autor y a la Dra. Ana María Huerta Jaramillo, directora de Fomento Editorial de la BUAP, las facilidades para publicar el presente relato, que integra con otros el libro Los vientos de San Bernardo, de próxima aparición en ese sello editorial.

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