Roland Barthes
La cultura francesa siempre ha sentido cierta inclinación hacia las ideas, o para hablar en términos más neutrales, hacia el contenido de los mensajes de las ideas. En la literatura francesa se ha importado ese “deseo”, al cual muchas veces se indica con una chistosa y ambigua palabra cargada de significancia monetaria, comercial y literaria: el concepto del fondo. El significante (se espera que desde este momento uno no tenga que excusarse al emplear dicho vocablo), la cultura francesa después de una larga tradición de siglos con sus desarrollos estilísticos, los cuales se constreñían a la retórica aristotélica-jesuita, logra sus valores de una escritura. A través de los siglos hay una naturalidad y una represión obstinada sobre la transparencia y la distinción del “fondo”. Fue necesario esperar por Mallarmé, para que nuestra literatura se librara de la opresión del significante, aunque no ausente de recursos falsos; pero sí se realizaba una experimentación de la escritura libre de la represión que privilegia el orden y el pensar.
Aun en compañía mallarmeana toda resistencia es aguda, ya que puede ser vencida o repetida del todo en el sentido amplio del combate: dos veces en nuestra historia, lo mallarmeano y lo barroco convergen, es donde la escritura francesa siempre se encuentra en estado de represión. El libro que nos llega a las manos, dejando a un lado aquellos casos de comunicación moral, contiene el placer de lenguaje [plaisir jouissance],* la fábrica memoriosa de una seda erótica del placer, donde sólo este placer del lenguaje es su verdad. Este libro no nos viene de Cuba (no se cuestiona el folclor, ni el castrismo) sino del hablar cubano; el texto cubano (sus ciudades, palabras, bebidas, vestimentas, cuerpos, pestilencias…, etc.), es una inscripción de culturas en varios tiempos. Sin embargo, sucede algo que nos concierne a los franceses: el transporte del lenguaje: la lengua cubana invierte su paisaje. Es una de las raras veces donde el punto de la traducción tiene que trasladarse hacia la finalidad del lenguaje para arribar al espacio de la unión textual. Sabemos que la palabra barroca es el contorno de la historia española, ya sea por sus canalizaciones quevedescas o gongorinas. Si es ésta la tradición presente en el texto de Sarduy: lo nacional o maternal como en cualquier lenguaje, revela la cara de lo barroco en la expresión francesa. Así es que la escritura puede expresar “su lenguaje” hasta tomar el regreso de su liberación. Este barroco (palabra adecuada por ahora para denotar la inversión clasicista en las letras francesas) en la expresión universal del significante representa en todos los niveles del texto y también en su superficie una misma identidad en la pérdida de placer del texto.
De donde son los cantantes está compuesto de tres episodios o de tres gestos (esta última palabra que también es título del primer libro de Sarduy). Los gestos no vienen ni de la voz femenina o masculina, ni de ninguna de las prótesis narrativas (ya sea la personalidad del protagonista, la situación o el lugar, gestos faciales, o el Dios omnisciente), sino de marcas que abusan (ilusoriamente) de la realidad sobre el lenguaje. Sarduy narra que aquellos que aspiran hacia esa teleología también se mueven hacia la muerte de la escritura, un movimiento independiente de la soberanía del lenguaje, ese nivel en el cual Platón, en Gorgias, inauguraba la represión de la escritura, dejando la marca constante en nuestra cultura occidental. Puede entonces uno ver desdoblándose en De donde son los cantantes, la totalidad de un texto hedonista y por consecuente, revolucionario —el tema posible para el significante, la única nafta que puede probar alguna verdad en metamorfosis: lo cubano, lo chino, lo español, lo católico, los dopados, los teatrales, los que circulan en caravanas hacia el autoservicio sexual del otro. Las criaturas de Severo Sarduy pasan, y pasan una y otra vez por el marco de lo inexistente, ya que no hay nada más allá del lenguaje que habla con el distanciamiento, como se alude en el engañoso mito de Pigmalion. Sin embargo, es sólo la unión de lo humano que desaparece. La alianza de la escritura y lo leído actúa no en su relación tradicional represiva, sino con un gesto ignorado.
La obra es un verbalismo noble de la poesía que culmina en el placer de la lectura, aun cuando se le busca el ritmo y el tono de la escritura. El texto de Severo Sarduy merece todos esos adjetivos del léxico literario: brillante, vivo, sensato, divertido, inventivo y afectivo. Este texto es también una muestra del exceso, generador de la magia del vocablo, el significante que comienza a confiar en sí mismo.
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La Quinzaine litteraire, No. 28, París, 1967.
* En el texto francés jouissance es un juego imposible de traducir al español, entre el sentido del placer y del orgasmo.









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