Fabiola Morales Gasca
Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero:
tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Sergio Pitol, Sueños, nada más.
Sobre la reflexión de “a un escritor no se le conoce bien en persona, pues se le conoce a fondo cuando uno lee sus libros”, se relee con entusiasmo los cuentos y ensayos de Sergio Pitol. Así las calles solitarias de Varsovia, Praga, Alemania, Barcelona que Pitol recorrió en las noches de otoño se hacen menos heladas pero más nítidas conforme se lee. Se piensa en las calles adoquinadas de Roma y en los libros que habría leído en alguno de los trenes europeos mientras se trasladaba de una población a otra.
Sus experiencias acumuladas por años en ciudades europeas como un latinoamericano y sobre todo como mexicano, lo llevaron a descubrir una forma inusual de ver y sentir la vida. Se viene a la mente un Pitol estudiante en Roma, traductor en Pekín, en Barcelona, profesor universitario en Bristol, y diplomático desde la década de los sesenta, así como un consejero cultural de las embajadas mexicanas en Francia, Hungría, Polonia y la Unión Soviética, director de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, director de Asuntos Internacionales del Instituto Nacional de Bellas Artes y embajador en Checoslovaquia. En sus escritos se manifiestan todos estos cargos y funciones.
Su obra hace un claro puente entre nuestra cultura y otras muy ajenas: Pitol nos quiebra las fronteras, los horizontes e intuimos la misma soledad. Hablar de su obra, es mencionar al eterno viajero. Su escritura ganadora de diversos premios es el habla del espíritu humano en sus pecados, nostalgias, penitencias y recuerdos que se funden. “Hacia Varsovia”, “Los oficios de tía Clara”, “La noche”, “Vals de Mefisto”, “Nocturno de Bujara”, sólo por mencionar algunos de sus cuentos, no sólo nos describen atmosferas extrañas y sugerentes, no son sólo calles observadas por el paso del extranjero: son fatalidades, oportunidades perdidas, memorias extraviadas, historias que apresan a sus protagonistas como boas constrictor emulando a la vida misma, son una memoria selectiva que nos recuerda la reflexión de la existencia misma.
Sus cuentos están pincelados de fronteras que se diluyen ante un yo que pregunta, añora e inventa historias ante el país que explora. Así, la narrativa de Sergio Pitol no es sólo del afortunado hombre que ha tenido que leer y caminar mucho, hablar diversas lenguas y conocer mucha gente; las palabras de Pitol son las palabras de un hombre que juega con la realidad recreada, haciendo de la literatura una nueva patria a la cual siempre regresa el escritor nómada.
Ese continuo viajero no sólo se traslada de lugares sino de tiempos. En 2010, confesó: “Yo me aventuro a decir que soy los libros que he leído, la pintura que he visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos triunfos, bastante fastidio. Uno es una suma mermada por infinitas restas. Uno está conformado por tiempo, adicciones y credos diferentes.” Así, la narrativa cosmopolita de Pitol no sólo nos seduce: hay algo más que se vislumbra. Sobre esto la ensayista y crítica Margo Glantz menciona:
“[…] esa leve tela de araña que sutura los diferentes relatos es la propia escritura contemplada como reflejo de otras escrituras y biografías afines, hermanadas por la excentricidad de los relatos o la de los personajes que los construyen. Conforman una familia escrituraria y por ello una genealogía, cada cual única e inconfundible pero con parecidas señas de identidad, un mismo continente verbal”.
Pitol visitó Alemania más de 25 veces, provocando en él interés sobre autores alemanes. No es extraño ver ciertos rasgos y referencias de Thomas Mann, Goethe, Schiller, Rilke, Hölderlin. Sus lecturas inglesas, francesas y por supuesto latinas, agregan a sus historias un extenso y exquisito tapiz verbal contando al lector una geografía poco común, sobre la cual éste se identifica.
Arthur Schopenhauer, en El arte de sobrevivir, manifiesta: “Las escenas de nuestra vida se asemejan a las imágenes representadas en un tosco mosaico de piezas grandes, que de cerca apenas provocan efecto alguno y de las que cabe situarse a cierta distancia para encontrarlas hermosas. Por tanto, alcanzar algo a lo que aspiramos significa percatarnos de que es vano, y si vivimos todo el tiempo con la expectativa de que llegará otra cosa mejor, lo hacemos a la vez con la añoranza y el remordimiento por lo que ya ha pasado.” Sergio Pitol lo sabe bien, lo manifiesta en sus textos pues está consciente que la memoria nos permite ser y hace las cosas maravillosas, más extraordinarias de lo que realmente son. Pitol nos alcanza, nos embelesa, juega con nuestra añoranza y nuestra soledad. Esa soledad a la que él ya se ha enfrentado y domesticado. Schopenhauer también señala:
“Ha dado un gran paso hacia la sabiduría aquel que vea de manera clara y segura que la diferencia entre pasado, presente y futuro es sólo aparente y del todo nimia. Entenderá entonces que, en lugar de languidecer por el futuro, añorar el pasado y tratar con todos los sentidos de captar el presente insustancial, en realidad no hemos de hacer otra cosa que comprender la intemporal idea platónica de la totalidad de la vida y acto seguido decidir si queremos o no dicha totalidad. Lo que elijamos llegará a nosotros, de una fuente inagotable. Podemos despreocuparnos de la vida y la muerte. Son, en cuanto los dos polos de esa totalidad, uno tan esencial como el otro y se requieren mutuamente. Y dicha elección es lo único que realmente importa.”
Pitol intuye, sabe que la elección última es trascendental y por eso la aplica en su escritura. Por ejemplo, en “Amelia Otero” el final es atinado:
“Es posible que a la muerte de Amelia, se hubiesen podido al fin conocer los pormenores de su tragedia, que hayan surgido cartas, papeles, diarios, pero también es posible que a nadie le hubiera ya interesado leer aquellos documentos. Muerto sus contemporáneos moriría su historia. Tal vez en la planta baja de su casa los Alarcón —gente de afuera— hayan abierto ya una discoteca.”
Vida, muerte, trascendencia e irrelevancia son un solo telón que muestra la realidad dibujada en sus palabras. Sus historias impregnadas de calles europeas, de pinturas y música italiana, muchachas rusas y trenes nos hacen ciudadanos del mundo pero sobre todo habitantes del principal conflicto humano: la soledad propia de la existencia.
El extraño, extranjero que se traduce a sí mismo, nos traduce a todos. Con su tinta nos refleja y nos expresa nuevas realidades. Es ahí, en el territorio de su luminiscente escritura, que otorga un pasaporte eterno a nuestros fugaces sueños.









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