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Señas particulares

· julio 7, 2016

Ivonne Vira

 

Miro mi cuerpo. Me detengo y lo contemplo de un lado hacia el otro, pero nada encuentro. Ni un centímetro me parece que sea diferente. Ahora lo veo de arriba hacia abajo tratando de encontrar algo que resalte. Lo único que noto son mis pies a la distancia, se ríen de mí. Mis brazos, aunque cercanos, siempre establecen cierta lejanía, y al igual que mis manos son casi incapaces de emitir calor.

Deseo encontrar algo, no importa si es grande o insignificante, sólo quiero descubrirlo, saber que existe. No busco que me haga diferente a los demás, tampoco estoy buscando un detalle que de pronto me cargue de significado o me reformule. No, sólo busco una característica para que en caso de extravío puedan identificarme fácilmente. Sí, es eso lo que busco.

Le comento a la gente que me rodea qué es eso que podría hacerme diferente y lo primero que obtengo es una mueca no sé si de sorpresa o incredulidad; otros me contestan con una sonrisa incómoda; los más sinceros, y sospecho que menos creativos, se salen por la tangente preguntándome si eso de verdad importa. Luego viene el típico discurso de la belleza y yo pienso en que sólo era una pregunta, al final decido no volver a formularla.

Dependiendo del lugar desde el que se mira la vista será distinta. Por ejemplo, yo siempre he sido alta y no es algo de lo que me sienta orgullosa. Al salir a la calle lo olvido. Me mezclo entre la multitud y no hay estatura que haga la diferencia. Todos, absolutamente todos los que me conocen me han dicho que soy afortunada, pero no tienen ni la más mínima idea de lo que hablan. Para mí ser alta siempre ha sido algo engorroso y molesto. Cuando cumplí veinte, y por fin, dejé de pesar 45 kilos fui feliz, infinitamente feliz. Ir a comprar ropa y zapatos dejó de ser un mero requisito y por algún tiempo hasta lo encontré entretenido. Sospecho que si algún día me sincero con la gente y les digo lo que pienso se alarmarán y dirán que he perdido la razón o que no me basta con ser alta, sino que también tengo que exagerarlo. Insisto, es cuestión del lado desde el que se esté mirando, y no importa que se comparta la misma vista, lo que está ahí no es precisamente lo que todos ven.

Recuerdo cuando compré mi uniforme de la secundaria. Al llegar con la señora que los vendía gritó al instante: ¡Otro especial! Las señoras que la ayudaban comenzaron a reír. ¿Qué demonios era un especial? Eso lo descubrí después y fue la sombra que me siguió por algún tiempo. Fue entonces que “Especial” comenzó a significar: Largo en el caso de vestidos (los que evité a toda costa), faldas (sólo la del uniforme) y pantalones (mis únicos aliados), pero angostos, muy angostos de la cintura. En otras palabras, especial se convirtió en una pesadilla. Creo, porque ahora no lo recuerdo muy bien, que la palabra especial me provocaba un malestar instantáneo.

Hubo un tiempo en el que creí que nunca dejaría de crecer. Desde siempre sentí lejanos mis pies y manos. Buscar cualquier tipo de prenda de vestir se convertía en una aventura para mi familia y para mí en crucifixión y casi nunca había la esperanza de resucitar. Hubo un tiempo en que me fastidiaron por no caminar derecha, lo que se dice exageradamente derecha e intenté caminar como orangután, de verdad que me esforcé, pero la falta de habilidad y masa corporal en los brazos, vino a echar abajo mis planes.

Ser la más alta, en un lugar donde los pequeños reinaban me trajo grandes problemas y a veces algunas responsabilidades. Casi nunca me pude mover con soltura, en cualquier parte había un par de ojos que me observaban. Aprendí a engañar a la lupa que me seguía. Tuve que aprender a escabullirme, a no hablar fuerte y a no sonreír. Sonreír dentro del salón de clases ameritaba un reporte, una tarea extra o pasar al pizarrón: —Tú, la alta de atrás, mucha risa ¿no? ¿Qué es lo que acabo de decir?

Nada estaba de mi lado, al menos eso fue lo que creí por un largo tiempo. Una pasaba de una etapa a otra y en cada una iba perdiendo un poco de mí, suprimiendo para no opacar a nadie. De pronto los huesos crecen un poco más, el humor cambia y la que camina ya no es una persona, sino una adolescente y la etiqueta ahuyenta a cualquiera. Y fue en uno de esos momentos, en los que las penas y los tormentos me agobiaban, cuando justo después de ese instante en el que te estiras y tratas de relajar el cuello, entre que sonríes y respiras que me vi atravesada por un: “siempre me ha gustado la mancha de tu diente, no sé, se ve chida”, así sin ninguna explicación o un comentario previo. Eso que antes era un defecto se convirtió en una cualidad.

Sorprendida seguía avanzando, tratando de no dar pasos tan amplios para estar a la altura de los demás, pero los pasos no fueron lo demasiado cortos para que alguien más me hiciera ver que la bendita mancha era una cosa linda, claro que eso se dio mucho después y bajo otras circunstancias. Quién hubiera pensado que una mancha blanca en el diente (de conejo) se vería linda. Y luego otro fisgón ―al que por supuesto se le agradece la observación―, señaló otra mancha, en realidad un lunar. Sí, un lunar en el brazo izquierdo, justo arriba del codo y que cambia de color. Nadie puede creer que dependiendo de la temperatura corporal pueda ir del granate, al rojo coral, a veces pasando por el color teja y en algunas ocasiones termina por instaurarse en el color naranja, aunque eso casi nunca pasa.

Yo lo veo y digo que parece un trébol, alguien más me ha dicho que es una flor y los menos que es una isla o una mancha cualquiera. Una tía con claros tintes alarmistas me dijo que era cáncer. Sí, cáncer. Me sentenció a una muerte prematura, pero aquí seguimos el lunar y yo.

Recuerdo que hubo un tiempo en el que me jactaba del lunar, nadie más de mi familia tenía uno igual, y supongo que por eso andaba por el mundo saludando extraños y enseñando “El Lunar”. ―Mire señor, señora, es único y cambia de color. ¿Cuántas veces lo repetí? ¿Alguna vez me cansé? Ahora huyo de la gente, a veces ni mi nombre completo doy, por supuesto que el lunar ha pasado a convertirse en un anónimo más.

Pienso otra vez en la forma del lunar, en su color y no puedo encontrar un significado especial, ni el color ni el tamaño, igual y si hubiera estado en alguno de los hombros, pero hubiera parecido moretón y ninguna responsabilidad debe caer sobre esa mancha marrón. Sólo es una necedad esa de querer darle algún significado porque después de todo sólo es una marca —me repito―, nada extraordinario.

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