Maritza Flores Hernández
Con tanto Premio Nobel, muchos se ponen a debatir: que son pocas las mujeres consideradas para el premio; que casi ninguna resulta ganadora; que si la brecha entre hombres y mujeres se va acortando. Y no pocos afirman, si las ciencias y las artes fueran sólo de humanos, la prosperidad llegaría pronto. Lo anterior lleva a pensar en la semilla. ¿Ha sembrado Usted, alguna vez, una semilla? ¿Ha notado que sus frutos regalan nuevas semillas?
Conviene, aunque sea de forma breve, enumerar a las laureadas con el Premio Nobel 2020, (que, dicho sea de paso, cuando una mujer gana es porque tiene todos los méritos).
Este 2020 otorgaron el Premio Nobel de Física a Andrea Ghez y Reinhard Genzel por “el descubrimiento de un objeto compacto supermasivo en el centro de nuestra galaxia”. Y a Roger Penrose “por el descubrimiento de la formación de agujeros negros en tanto es una predicción sólida de la teoría general de la relatividad”.
Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna son reconocidas con el Premio Nobel de Química por “las tijeras genéticas”, que permiten cortar y pegar el ADN humano.
Por su parte, Louise Glück se hizo acreedora al Premio Nobel de Literatura, “por su inconfundible voz poética que con austera belleza hace universal la existencia individual”.
Y el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) fue coronado con el Premio Nobel de la Paz, “por sus esfuerzos en la lucha contra el hambre, por su contribución a la mejora de las condiciones de paz en las zonas afectadas por conflictos y por su actuación como elemento impulsor en la prevención del uso del hambre como arma de guerra y de conflicto”. La Subsecretaria General de esta organización es la mexicana, Gina Casar, (María Eugenia Casar Pérez).
Lograr que una mujer alcanze estos lugares es resultado de un largo y permanente esfuerzo de muchas generaciones, que no es ajeno a multitud de problemas y obstáculos de diversos tipos.
Para ellas la lucha ha sido descomunal. A fin de cuentas, ellas son como esa semilla, única, que superando los vaivenes connaturales a la subsistencia se transforma en brote, planta y flor; para luego hacer germinar a otras que, en renovado ciclo, habrán de continuar la vida.
Emilio Ballagas, poeta y ensayista cubano, escribirá en honor de la poetisa chilena Gabriela Mistral, unos versos, bajo el título, “La semilla”:
…A Gabriela Mistral
Jugando a las escondidas
la semillita se oculta.
(En el fondo de la tierra
palpita una estrella ciega.)
¡Qué miedo debe sentir
dentro de la tierra oscura!
(Los niños la buscan y ella
late profunda, escondida.)
Pero la llaman los trinos,
el sol y la primavera;
tímida se asoma y pronto
echa dos alitas verdes.
Es claro: para Ballagas, la semilla es una estrella que ilumina a la tierra. A los ojos de los humanos encierra un misterio; como no es fácil de explicar, se oculta. Tierna, anda a tientas, ya que desconoce el camino por el que debe transitar. Palpita, porque ha de florecer.
Entre tanto, encierra dentro de sí la belleza y la sabiduría. Por otra parte, tiene miedo de ser descubierta y de perecer, sin siquiera haber nacido. No obstante, la vida la invoca, la despierta y, mediante los cantos de los pájaros, la luz del sol y de la primavera, la hace surgir.
Gracias a su ingenio, la semilla halla el camino, emerge de la tierra; sus dos hojas asemejan alas para volar. Y vuela, mas no como un ave cualquiera, sino que igual al pregonero: anuncia la existencia y la esparce. En una palabra: crea.
Dicho de otro modo, al poeta le parece sobrenatural la manera en que una mujer guarda en su interior las grandes ideas y la virtud de hacerlas vivir; y sin embargo, da testimonio de ello.
Todo esto diría Ballagas de Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida como Gabriela Mistral, Premio Nobel de Literatura de 1945.
Resulta fácil comprender que, en realidad, cada una de las galardonadas con el Premio Nobel 2020, en las distintas ramas de las ciencias, las artes y la paz, merecerían ser llamadas “La Semilla”, igual que su colega Gabriela Mistral. Pues, en todas ha vibrado la tierna ingenuidad de la curiosidad, la sobriedad del razonamiento, y la osada decisión de experimentar, para dar luz a una innovadora manera de resolver un conflicto, aclarar alguna cuestión y, sobre todo, embellecer al mundo.
Ese fruto dará nuevas semillas que, a su vez, rendirá otras. De modo que, sembrarla, cuidarla, crecerla y darle confianza para que florezca, es una labor de la humanidad. En consecuencia, debemos congrantularnos por el éxito de estas mujeres y entender porqué, el poeta ha nominado a una de ellas “La semilla”.








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