Ivonne Villegas
1
Cada uno de los asistentes está concentrado en algo diferente. Mi mirada se queda fascinada ante la luz del proyector. ¿Polvo? ¿Es eso que miras? ¿P O L V O? No tendría por qué explicarlo. Sí, miro el polvo y me parece que es lo más hermoso que he visto en días. Lo único que he mirado con verdadera atención.
2
Se llama Alonso. Viste pantalón verde y suéter color vino, ¿o es rojo? En realidad no importa. Su voz es joven, de tan joven que te enamoras al instante. No habla como un infante infante, pero se mueve con cuidado. Con extremo y descuidado temor. Lo miro mucho. Lo miro detenidamente. Cuando habla mueve las manos; ellas también nos hablan. Nos dicen tanto de él. Yo las sigo, no dejo de escuchar sus historias.
3
Habla descuidadamente, se atreve a equivocarse. Habla tan rápido que es casi imposible seguirle el paso. Entonces, descubro que se entusiasma tanto como yo. No deja ni un espacio vacío. Nos habla a todos. Los mira a ellos. Me mira. Sonreímos. Me entusiasma la noticia, pero al mismo tiempo me llena de tristeza. Tú no estás aquí, y por un par de minutos me olvido de tu voz y tu rostro. No lo veo al principio, es hasta que él sonríe, y entonces, me doy cuenta de lo fácil que ha sido dejarte atrás.
4
Se llama Alonso. Hace más de noventa minutos que habla de cine francés. Podrías ser tú el que a mi lado escuche la conferencia. No es tu sonrisa la que me divierte, sino la de él. Mide uno ochenta, podría ser menos, y sabes que no importa. Me ha confesado que no sabe francés, pero lo intenta, su acento es tan descuidado como la imprecisión al elegir las palabras para continuar. El café podría durarnos un par de horas más. De cerca y sin el artificio de la oscuridad descubro que su suéter es rojo. Podría no volver a verte.









No Comments