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Schopenhauer y la India

· septiembre 17, 2015

Giovanni Gurisatti

 

Si por “prejuicio clásico” entendemos la predisposición a “atribuir a los griegos y romanos el origen de toda civilización”, con la consiguiente incapacidad para concebir que existen civilizaciones completamente diferentes y con un origen mucho más antiguo que la nuestra, no podemos decir que Schopenhauer padeciera dicha enfermedad eurocéntrica. Sabemos que su biblioteca, hoy en día conservada sólo en parte, contenía al menos el mismo número de obras orientales que de obras maestras de la literatura griega y romana. Sabemos que una esquina de su salón francfortés estaba presidida por un pequeño Buda de bronce dorado, “¡auténtico, tibetano!”, del que estaba orgulloso, y que en sus años de madurez le encantaba dirigirse a sus conocidos con el apelativo de “nosotros, los budistas”. Sabemos que para él las Upanishads representaban “el producto de la suprema sabiduría humana”, cuya lectura no sólo consideraba recomendable para sus amigos, sino también “la lectura más gratificante y conmovedora que se puede hacer en este mundo”. Esta lectura, escribe en Parerga y paralipómena, “ha sido el consuelo de mi vida y será el de mi muerte”. Sabemos que no dudaba en ver una afinidad estelar entre su propia biografía y la de Buda si es verdad que —escribe en 1832— “a los diecisiete años […] fui sacudido por la miseria de la vida de igual forma que le ocurrió a Buda en su juventud, cuando divisó la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte”. Una historia, la del joven príncipe Siddhartha, inducido a la conversión al descubrir los dolores del mundo, que el anciano filósofo solía narrar, con intención evidentemente pedagógica, a quien lo visitaba. Por último, sabemos que su fiel caniche se llamaba Atman, que en sánscrito significa “esencia”, “principio de vida”, “espíritu absoluto” y “alma individual”…

Anécdotas aparte, se sabe cómo Schopenhauer —al contrario que su odiado enemigo Hegel— no desaprovechaba ocasión para poner por las nubes la filosofía y la religiosidad indias y para destacar la estrecha afinidad de su pensamiento con éstas. En el prólogo a la primera edición de El mundo como voluntad y representación —estamos en 1818, pero los documentos manuscritos nos informan de que la idea estaba ya madura en 1816—, éste sitúa su obra bajo la égida de Kant, Platón y los Vedas (las Upanishads), y prevé en Europa un influjo de la literatura sánscrita “no menor a la del renacimiento de la literatura griega en el siglo XV”. Por tanto, una suerte de “renacimiento oriental”, cuyas huellas se encuentran diseminadas, ya desde los inicios de Weimar (1814), en todos los manuscritos y las obras de Schopenhauer —a excepción de la primera edición de De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente, de 1813—, y que se van multiplicando a medida que sus conocimientos en la materia se van ampliando a la misma velocidad que el desarrollo de los estudios orientales de la época.

Es emblemático, por ejemplo, que Schopenhauer eligiera como máxima para el libro IV de El mundo, que contiene su célebre doctrina de la ascesis y de la redención, no, como podría esperarse, un pasaje extraído de la mística cristiana, sino un verso de las Upanishads, procedimiento que el filósofo repite puntualmente años más tarde, en 1844, cuando completa los Complementos al libro III de El mundo nuevamente con un verso de las Upanishads, y los del libro IV con una máxima extraída del Tao Te Ching de Lao Tse, como si quisiera decir: mi ética, incluso antes que al cristianismo, mira a Oriente. De hecho, tres años antes, en la Ética, el filósofo proponía el origen de su moral inspirándose en la que “era ya hace milenios la visión fundamental de la sabiduría hindú, mientras que en los Parerga, también en referencia a la Ética, confirmará que la raíz de su moral se halla, en último término, en la fórmula mística del tat tvam asi, es decir, en la “verdad que en los Vedas y el vedanta encuentra su expresión”. En la “correspondencia paradójica” (más tarde definida como “prodigiosa”) de su filosofía con las obras del brahmanismo y del budismo, Schopenhauer, siguiendo la tendencia contraria a “todos los sistemas filosóficos europeos”, no ve un escándalo, sino una prueba de su propiedad y de su verdad. Una afinidad de intenciones que no sólo atañe al aspecto ético, sino al conjunto de una doctrina: “Si yo quisiera adoptar los resultados de mi filosofía como medida de la verdad —reza un pasaje canónico de los Complementos—, habría de conceder al budismo la preeminencia sobre todas las demás. En todo caso me alegro de ver mi doctrina en tan gran coincidencia con una religión que tiene la mayoría absoluta sobre la tierra, pues cuenta con muchos más adeptos que ninguna otra”. Por tanto, con orgullo significativo, a dos años escasos de su muerte, el filósofo de setenta años afirma: “Buda, Eckhart y yo, enseñamos esencialmente lo mismo”.

——

Fragmento del estudio del autor con el mismo título sobre Arthur Schopenhahuer, en Oriente y yo (Alianza Editorial, Madrid, 2011).

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