Miguel Samsa
Alexis Sanderson (1805-1878) habría leído el Ensayo sobre el principio de la población en su juventud temprana. Fuertemente impactado por esta obra, ingresó al East India Company’s College de Haileybury, a fin de seguir los cursos impartidos por Thomas Malthus.
El entusiasmo de Sanderson ante los planteamientos de Malthus sobre el riesgo de colapso ante el crecimiento demográfico se apagó demasiado pronto: para el joven estudiante de Economía Política las alternativas de su maestro resultaban demasiado tibias y dependían por completo de la buena voluntad de los individuos. ¿Cuántos hombres, en su sano juicio, renunciarían a su impulso natural de reproducirse, en aras de evitar la debacle de la especie? Malthus era, a los ojos de su alumno, un soñador ingenuo.
Convencido de que el futuro de escasez y hambruna planteado por Malthus estaba a la vuelta de la esquina, Sanderson concluyó que se requerían medidas más radicales si se deseaba, en efecto, evitar catástrofes futuras.
Terminó por abandonar sus cursos de economía en Haileybury y durante los años que siguieron recorrió diferentes academias y bibliotecas de Europa, enfocado en lecturas sobre las epidemias de viruela y peste negra, así como en estrategia militar. Sanderson estaba convencido de que las enfermedades y los enfrentamientos bélicos eran, como lo había planteado Malthus, los mecanismos naturales para regular la población mundial y que el gran error de la teoría de su maestro había sido reemplazarlos por una utópica política de regulación natal.
La invención de la nitroglicerina hacia 1847 parece haber sido la pauta que definió las ideas de Sanderson, quien para entonces ya estaba familiarizado además con los métodos de manufacturación de mercancías introducidos a raíz del desarrollo de las máquinas de vapor.
Hasta ese momento, Sanderson se había limitado a difundir sus ideas en algunas publicaciones ocasionales en diferentes periódicos europeos y a través de artículos remitidos a la Royal Society (recibidos con fuertes críticas, incluso por parte de Malthus). Pero en cuanto se planteó con claridad lo que consideró la alternativa más eficaz para el regulamiento de la población, decidió abstenerse por completo de publicar. Para que sus propuestas pudieran ser aplicadas resultaba inútil dirigirse a la comunidad científica o al gran público. Debía convencer a los gobernantes o, en su defecto, a los líderes militares.
Así fue como Sanderson invirtió sus últimos años de vida escribiendo extensas misivas a los líderes de las potencias europeas, empeñado en convencerlos de que el futuro avizorado por Malthus estaba muy próximo si no se tomaban medidas radicales y firmes. Y tales medidas consistían en desarrollar armas con una capacidad destructiva mucho mayor a cualquier de las existentes hasta entonces. Tener la capacidad de destruir una ciudad, o incluso, una nación entera en un solo instante no sólo garantizaría el dominio absoluto por parte de la nación poseedora de tal arma, sino que también permitiría para generaciones posteriores, disponer de los territorios y recursos que la población desaparecida hubiera dejado de ocupar.
Sanderson recibió con entusiasmo el invento de la dinamita por parte de Alfred Nobel, en 1866, y consideró incluso que era la anhelada respuesta a todas sus cartas. Escribió entonces al inventor una misiva larga y delirante sobre el gran beneficio que su nuevo invento traería para el futuro de la humanidad, ya cercana a la desgracia. Nunca hubo respuesta. Tampoco la tuvieron las anteriores ni las que siguió escribiendo, hasta poco antes de su muerte, cada vez más febriles y agresivas.
En sus últimos años de vida, Sanderson no sólo llegó a imaginar armas capaces de destruir ciudades enteras con un solo estallido, sino también la posibilidad de otras que pudiera esparcir enfermedades e, incluso, métodos fabriles para eliminar poblaciones enteras, en aras de reducir el consumo de recursos naturales.









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