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Sancho y Ulises

· septiembre 2, 2016

 

Roberto Calasso

 

En el mismo cuaderno en octavo, y con pocas líneas de distancia, Kafka anotó, sin darles título, dos apólogos que tienen como protagonistas respectivos a Sancho Panza y a Ulises. De once líneas el primero y de cerca de cincuenta el segundo, constituyen el más alto homenaje de Kafka a la literatura occidental y, al mismo tiempo, a la astucia occidental para la supervivencia. Como siempre en los casos esenciales, son historias relacionadas con los demonios.

Sancho Panza y Ulises tienen en común el hecho de que ambos se salvan usando “medios inadecuados, incluso un poco pueriles”. Don Quijote, en cambio, se pierde. Pero descubriremos, a través de la historia narrada por Kafka, que Don Quijote no era más que un títere. No fue él quien se pasó años leyendo novelas de caballerías y apasionándose con sus fantasías. Fue Sancho Panza. Éste comprendió enseguida que esas historias, con todos los demonios que despertaban, lo hubieran matado en poco tiempo. Por eso imaginó la figura de Don Quijote. Así eligió llamar al “demonio” que habitaba en él. Decidió “apartar de sí” su pernicioso desenlace. Una vez que hubiera encontrado un nombre y se hubiese convertido en un personaje, lo habría podido observar desde cierta distancia y no sólo padecerlo. Sobre todo, se podía pensar en otra cosa. Sancho Panza sabía muy bien que nada era tan apasionante como la relación con los demonios. Pero ésta induce a ejecutar “las acciones más locas y absurdas”, como un día demostraría el propio Don Quijote. Después hubiera podido retomar su modesta existencia sin renunciar por ello a seguir a Don Quijote en sus aventuras, guiado ante todo por un “sentimiento de responsabilidad”, dado que, en el fondo, el caballero era su creación. Pero también porque Don Quijote tenía continuamente relación con los demonios y Sancho Panza reconoció enseguida que aquella situación le ofrecería “una diversión grande y útil”. De este modo Sancho Panza sobrevive y, entre otras cosas, nos legó la historia Don Quijote.

En tiempos más antiguos, cuando todavía se podía parecer bello y audaz, y no era obligatorio asumir un aspecto grosero y descuidado, Ulises fue un precursor de Sancho Panza. Entonces formaba parte del saber común —y no sólo del de aquellos pocos que se retiraban en soledad a leer novelas de aventuras y a fantasear sobre ellas— el hecho de que la vida era ante todo la espera de ser poseído por otras voces, que imponían toda felicidad y todo luto. Se transmitía la idea de que las más irresistibles de estas voces, capaces de ofrecer la felicidad suprema, y un instante después la ruina segura, eran las de las Sirenas. Todos sabían que vivir significaba quedar expuesto —un día— al canto de las Sirenas. Los hombres probaron los artificios más disparatados para sobrevivir al pasar frente a las Sirenas. Algunos tuvieron éxito. Desfilaron cerca de las rocas de las Sirenas y las tuvieron frente a sus propios ojos. Pensaron entonces que el canto de las Sirenas era una superstición. Pero este descubrimiento provocó en ellos tal “arrogancia” que enseguida cometieron alguna acción insensata y perecieron. Así, nadie supo nunca que el canto de las Sirenas simplemente no existía y la humanidad perseveró en la errónea creencia de que ese canto mataba a quien lo oía.

Entonces aparece Ulises. Tal era la experiencia acumulada por los hombres con las Sirenas que nadie intentaba usar trucos tales como taparse los oídos con cera o atarse al palo mayor de la nave. Pero Ulises sólo confiaba en aquellas “evasivas”. (Aquí la versión de Kafka se distancia de Homero, según el cual Ulises fue el único de su tripulación que no se puso cera en los oídos.) Cuando su nave pasó frente a ellas, las Sirenas —conscientes de hallarse frente a un duro rival— recurrieron al arma que era “aún más terrible que su canto: su silencio”. De esta manera, Ulises pasó indemne frente a ellas, pensando que el canto de las Sirenas no había penetrado más allá de la cera de sus oídos. El arma del silencio no pudo actuar, porque Ulises estaba convencido de que las Sirenas habían cantado. Recordaba la agitación de sus pechos, “los ojos llenos de lágrimas, la boca entreabierta”, como si tales gestos fueran las herramientas de aquellas “arias que, sin ser oídas, se extinguían a su alrededor”. Si las Sirenas lo dejaron pasar ileso fue probablemente por la admiración que sentían hacia aquel que había retado su silencio permaneciendo atado al palo con cera en los oídos. Imágenes pueriles, es verdad, y acaso un tanto ridículas. Sin embargo, Ulises fue el único que, después de pasar frente a las Sirenas, no se puso a alardear de haber conquistado poderes que hasta entonces nadie habría podido superar. Además, entre todos aquellos que sobrevivieron al pasar frente a las Sirenas, Ulises fue asimismo el único que no puso en duda la potencia de su canto. Puede ser que las Sirenas consideraran con benevolencia este homenaje. Existe, en fin, una última hipótesis, la más temeraria y más aparentemente blasfema, cuando es en verdad la más devota, según la cual Ulises “en realidad se dio cuenta de que las Sirenas callaban y opuso a éstas y a los dioses aquella versión ficticia referida tan sólo, por así decir, como escudo protector”. Si así sucedió, no existe contradicción con la versión anterior:

Ulises habría sido a tal punto cómplice de los dioses y de las Sirenas que su benevolencia se daba por sobreentendida. Resultaría de ello que Ulises había colaborado con ellos en la elaboración de la leyenda del canto de las Sirenas, metamorfosis última de ese mismo canto.

——

Fragmento de K., novela del mitógrafo Roberto Calasso (Anagrama, Barcelona, 2005).

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