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Sabina Spielrein: en el ojo del huracán

· agosto 7, 2020

Antonio Bello Quiroz

“Temo a la tranquilidad total”

Sabina Spielrein

El método psicoanalítico fue calificado por los detractores de Freud como un método peligroso. El origen de esa nominación se encuentra en buena medida sellada por la relación amorosa que se establece entre una paciente diagnosticada como esquizofrénica, llamada Sabina Spielrein, y Carl Gustav Jung, quien fue su terapeuta y amante. Ella fue la primera paciente con quien el joven psiquiatra aplico el método del psicoanálisis. Sabina Spielrein, cuando se encontró con Jung, era una joven mujer brillante y apasionada que, como veremos, estuvo en el ojo del huracán en la relación tormentosa de amor y odio entre dos gigantes: Freud y Jung.

A Sabina Spierlrein, mujer inteligente, sensible y dotada de una enorme intuición psicológica, se le ha reconocido como portadora de varias medallas en el ámbito psicoanalítico. Se le considera la primera mujer psicoanalista y, más importante aún, la primera que esbozó la noción de pulsión de muerte. Ella, que paradójicamente murió a manos de los nazis.

Descendiente de una familia de judíos de buena posición económica y tradición rabínica (su padre y su abuelo fueron Rabinos), Sabina Spielrein nació en 1885 en Rostov-on-Don, Rusia. Su madre es médico estomatóloga y su padre dedicado a los negocios. Su ethos cultural en la infancia es muy rico, se escuchaba y respiraba literatura, música, ciencia. Su espíritu sensible le permitió descubrir una temprana vocación por la poesía, aunque más tarde la abandonaría para darle mayor espacio a su gusto por la música: tuvo estudios de piano y canto. En su diario podemos leer: “Debo llenar mi alma de sentimientos fuertes y profundos, tengo que estar circundada de música y de arte”. Un ambiente de ensueño que, sin embargo, lejos estaba de ser lo idílico que parece. La madre, con un carácter fuerte y autoritario, es muy estricta y fría como buena hija y nieta de rabinos. Diagnosticada ella misma como histérica, padecía constantemente fuertes dolores estomacales (su férrea voluntad le llevó a conseguir, por ejemplo, que se excluyeran los contenidos de educación sexual de la escuela donde acudían sus hijos en Rostov). Mientras que el padre, un hombre culto y amante de la música, es inaccesible para sus hijos: constantemente se mostraba hosco, furibundo, fuera de sí. Sabina debió cargar con el peso de un padre que no reconocía límites sino bajo una inmensa culpa. En medio de esa ambigüedad y doble vínculo transcurre la infancia de la pequeña Sabina y sus dos hermanos varones: por un lado, la abundancia material y cultural, y por el otro, y al mismo tiempo, envueltos en el vacío afectivo de la madre y la furia culposa  del padre.

Sabina Spielrein, lo mismo que sus hermanos, encuentra en los estudios una salida tanto afectiva como geográfica a ese ambiente hostil y ambiguo. A los siete años Sabina ya hablaba cuatro idiomas. Los cuatro hermanos tuvieron un desempeño brillante en sus estudios universitarios. Sin embargo, no son los únicos hijos de este singular matrimonio. La pareja tuvo una cuarta hija que muere a los seis años. Esta muerte resulta muy significativa para nuestra diva. Sabina tenía para entonces 12 años y para continuar sus estudios fue llevada a un internado en Varsovia. La muerte de su pequeña hermana desencadena su primera crisis afectiva. Aquí se inicia su recorrido por las clínicas psiquiátricas. Después de dos internaciones previas, la joven Spielrein es internada en el Hospital Universitario de Burghölzli de Zurich el 17 de agosto de 1904. El médico que se le asigna es nada menos que Carl Gustav Jung.

Por su valor documental, vale la pena citar en extenso la descripción de la ficha diagnóstica que nos hace conocer Élisabeth Roudinesco en su Freud en su tiempo y en el nuestro, según lo expresado por el propio Jung a Freud:

Según el informe escrito por Jung en septiembre de 1905, Sabina había sido criada por padres neuróticos, cuyo matrimonio era producto de un arreglo entre sus propios progenitores. Aterrorizada frente a las “cosas sexuales”, la madre dedicaba su tiempo a viajar, alojarse en suntuosos hoteles europeos y comprar joyas y ropa de lujo. En cuanto al padre, lunático y con tendencias suicidas, golpeaba a sus hijos, en particular a los varones, e insultaba a su hija. A los siete años ésta ya hablaba siete idiomas y en la adolescencia comenzó a sentir excitación sexual a la vista de las manos de ese padre que, delante de ella, le había pegado a su hermano en las nalgas desnudas. Afectada por una compulsión a la masturbación acompañada de rituales ligados al erotismo anal, había tomado la costumbre de doblar la pierna para presionar el pie contra el ano y retener los excrementos, a la vez que experimentaba un voluptuoso estremecimiento en cada intento evacuar los intestinos.

Se trata sin duda de una niña difícil. Y desde luego que lo que más inquieta a su entorno es su Despertar a la primavera, como señala Freud a partir de una dramaturgia de Frank Wedekind. Ella muestra, como la Wanda de la obra teatral mencionada, deseos de independencia, esencialmente de sus padres. Quiere estar lejos, poner una distancia salvífica con esas madre que ve con frecuencia a su hija como rival de amores, mujer siempre exaltada y con comportamiento infantil. La relación de Sabina y sus hermanos (quienes serían fusilados por el estalinismo) está definida como “tumultuosa” y “sadomasoquista”.

Sabina Spielrein, pese a su infancia complicada, se inscribirá en 1906 en la Universidad de Zurich para estudiar medicina. Su tesis de recepción es dirigida nada menos que por una de las mentes más brillantes de la psiquiatría de la época: Eulen Bleuler.

Quizá el dato más relavante de su biografía sea que Sabina Spielrein es considerada, junto con Hermine von Hug-Hellmunth, Tatiana Rosenthal, Eugénie Sokolnicka, Margarethe Hilferding y Lou Andreas-Salomé, como una de las primeras psicoanalistas. Sin embargo, la vida y obra de Sabina Spielrien alcanzará notoriedad cuando lo contingente de su vida la deja atrapada entre dos enormes hombres: Carl Gustav Jung y Sigmund Freud. Incluso una de las obras más relevantes que abordan éste triángulo lleva por título Una secreta simetría: Sabina Spielrein entre Freud y Jung, de Aldo Carotenuto y Carlo Trombetta. Un texto muy rico en detalles de la vida de nuestra diva atravesada, junto a su familia, por las atrocidades del fascismo y el nazismo. Ahí nos narra, entre muchas otras cosas, que en 1911 Sabina tuvo el título como médico con la tesis titulada “El contenido psicológico de un caso de esquizofrenia”. Es decir, aquella adolescente que había sido diagnosticada con esquizofrenia, ahora se dedicaba a investigar sobre esquizofrenia. La pregunta se impone: ¿Qué pasó entre 1906, en que la recibió Jung diagnosticada como esquizofrénica, y 1911 en que se dedica a estudiar esquizofrenia?

Al respecto escribe Bruno Bethelheim: “Fue Spielrein quien, a través de su relación con Jung, ejercitó una influencia decisiva sobre él y el desarrollo de su sistema. Esto es por el lado de Jung, al ser su primera paciente con quien aplica el método peligroso”. Mientras que por el lado de Freud, escribe Bethelheim: “Pocos años antes de que Freud incorporara a sus sistema el concepto del instinto de muerte y le asignara un papel fundamental, Spielrein escribó y publicó en el Yearbook for Psychoanalytic and Psychopathological Research de 1912 su trabajo original sobre la destrucción como la causa de la creación, en el que presenta por primera vez dentro del marco del psicoanálisis sus ideas sobre el instinto de destrucción o de muerte, y su compleja e inextricable relación con el instinto sexual”.

 

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