Gregorio Cervantes Mejía
El silencio, tan escaso en nuestro tiempo, parece oscilar entre lo aterrador y lo místico.
Incómodo, ajeno ahora a nuestra vida cotidiana, persistimos en evitarlo: música de fondo, tráfico y máquinas, charlas sobre cualquier tema banal, insulsos programas de televisión… Cualquier recurso es útil para evadir el silencio, disfrutable (o tolerable) por breves periodos.
La popularización de algunas disciplinas orientales lo han revestido de un aura casi mágica: asociado a la tranquilidad, a la paz interior —signifique esto lo que quiera que sea— es visto como condición previa para el autoconomiento y la realización personal —palabras tan enigmáticas y confusas ahora como las recién mencionadas—; pero incluso en estos casos, nuestra actitud hacia el silencio no se despoja de esa incomodidad cotidiana: los practicantes de tales disciplinas parecieran incapaces de concentrarse sin una música suave y tranquilizadora que llene el espacio que resultaría abrumador si, efectivamente, no escucharan sonido alguno.
Pero desde esta perspectiva, el silencio pertenece al exterior: es el mundo quien nos invade con su ruido incesante mientras nosotros, entes pasivos, sólo podemos tolerarlo, sufrirlo, sobrellevarlo y también, por qué no, disfrutarlo en ocasiones.
Imposible de hacerlo desaparecer de nuestra experiencia sensible —a menos que recurramos a artilugios de laboratorio o a que podamos salir de la atmósfera del planeta, ambas opciones inalcanzables para la mayoría—, nuestros empeños por disminuir el ruido derivan, cuando alcanzamos nuestro objetivo, en dejarnos solos con nosotros mismos. Alejado al máximo el sonido exterior, sólo quedo yo.
Es en esos momentos —tal vez por ello genera tanta incomodidad— cuando nuestros pensamientos acuden en tropel. Todo aquello que bullía imperceptible dentro de nuestra mente aparece con ímpetu apenas se acallan las voces exteriores.
¿Dejar de pensar? ¿Poner “la mente en blanco” como sugieren aquellas prácticas orientales? ¡Imposible! Y también, en cierto modo, indeseable. Al menos para una civilización que se precia de haberse construido sobre la base del pensamiento.
Sin embargo, este afán de silencio interior no es tan ajeno a nosotros. Tal vez tampoco tan inalcanzable.
Descartes alude a él tanto en su Discurso del método como en sus Meditaciones metafísicas: abrumado por las discusiones intelectuales de la época e impedido, por ello mismo, de llegar a una verdad segura e irrebatible, decide abandonar la lectura, las discusiones, eso que ahora llamamos el mundo académico y atenerse a sus propias facultades y experiencias.
Nietzsche, en su Zaratustra alude al mismo estado: Zaratustra se aleja del mundo durante tres décadas y vive en silencio, ajeno por completo a los asuntos humanos.
No son los únicos ejemplos, por supuesto: Montaigne encerrado en su torre y alejándose de los asuntos públicos, Kant y su vida regulada y monótona…
“Cumplamos nosotros lo que dijo el Profeta: Yo me dije, vigilaré mi proceder para no pecar con la lengua. Pondré una mordaza a mi boca, enmudecí, me abstuve de hablar incluso de cosas buenas”, dice San Benito, fundador de la orden que lleva su nombre.
El silencio como virtud, o por lo menos como condición necesaria para la gestación de la obra, se convierte en estos casos en un estado personal —que muy poco tiene de místico, al parecer— sin el cual son imposibles el recto actuar y el recto pensar.
Tal vez, entonces, el silencio nos resulte incómodo por parecerse tanto a las tareas de limpieza: engorrosas, complejas y a la vez necesarias.
He notado, con el transcurrir de los años, lo complejo que el ejercicio de la escritura resulta para muchos de nosotros: creemos tener tantas cosas por decir —y creemos que todas son igualmente importantes— que la sola perspectiva del texto nos abruma tanto como la montaña que se levanta ante nosotros al iniciar el ascenso.
Ese “temor a la página en blanco” del que hablan algunos tal vez no sea otra cosa que la imposibilidad de generar ese silencio indispensable para iniciar la gestación de la obra; de negarnos a poner esa mordaza en nuestra boca tan necesaria para organizar la habitación antes de ponernos a trabajar, de plantearnos qué queremos decir y si realmente vale la pena decirlo.
A final de cuentas, el silencio —cuando es cultivado dentro de uno mismo— aunque a veces parezca incómodo, ayuda a tener la casa en orden.









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