Fabiola Morales Gasca
Los créditos aparecen y las personas se levantan; el aire acondicionado refresca la sala. El olor de palomitas, dulces y refrescos se ha diseminado. Se escuchan los comentarios. Alfonso Cuarón ha regresado de nuevo para atraparnos con su arte cinematográfico.
¿Puede hablar el subalterno? Fue la pregunta que planteó en 1988 Gayatri Chakravorty Spivak, una de las teóricas más influyentes en el pensamiento contemporáneo. Ella responde en su ensayo con una crítica a los intelectuales que han dejado sin la capacidad de voz al sujeto subalterno para plasmar su propia voz de observadores. La filósofa y crítica nos hace notar que la otredad es algo que no se supera de manera fácil, implica ir más allá del yo y entender al otro. Implica concebirlo y concebirse a sí mismo.
Roma es una película que, como una llave española, pinzas o un desarmador, está dispuesta en una caja de herramientas para ser usada y ayudar a comprender a ese otro. Cuarón nos ubica en los pasados años setenta en la Ciudad de México, en una historia donde abundan las remembranzas del director y que nos salpica de melancolía. Su cámara nostálgica apunta a los detalles (la escoba, el radio, el anuncio, una bicicleta, un patio, una banda de guerra), movimientos cotidianos que dan vida a las calles de un México en pleno crecimiento. El trabajo fotográfico en blanco y negro enriquece el ambiente usual de una familia de clase media y teje la historia de la empleada doméstica, Cleo y la señora Sofía, su patrona.
Para Antonio Gramsci el término “subalterno” se refiere a las clases subordinadas o dependientes, en especial al proletariado rural. En los años ochenta se utilizó por el grupo de estudios subalternos de Ranajit Guha (Subaltern studies group) para designar las clases rurales en la India. Había un empeño epistemológico en intentar recuperar la voz de los sujetos subalternos, que había quedado silenciada por la historiografía hegemónica, y forzar en esta última una crisis. El subalterno se constituía como el sujeto colonial, pero también como un agente de cambio y de insurgencia.
Cuarón pretende delatar con su cámara la tonalidad de voz de Cleo, ese subalterno que lejos de la insurrección está en total mansedumbre. Esa sutil textura es el constante ir y venir de una sirvienta que, como un esclavo de la antigüedad, despierta en la madrugada para atender a la numerosa familia: preparar desayunos, lavar trastes y ropa, planchar, cocinar, limpiar, levantar prendas sucias, cuidar niños, fregar el patio, abrir el zaguán al auto del patrón, servir té, hasta apagar una a una las luces de la casa al anochecer. Si el deber de un artista es convertir en visible lo invisible, Alfonso Cuarón lo ejecuta de bella forma en cada una de las escenas donde el trabajo de Cleo es explorado más allá del esfuerzo físico. Hay en cada toma un barniz de poesía nostálgica que trasluce el espíritu de la protagonista y muestra un México de cambios y agitación. El director mexicano nos pinta con imágenes y sonidos una marea de voces en un país en pleno crecimiento. Las conversaciones en el idioma original (mixteco en el caso de la servidumbre e inglés para los patrones y amigos de la familia) señalan la multiculturalidad y la confrontación de culturas, la mayoría de veces injusta, que ha predominado en nuestro territorio.
Es evidente que Alfonso Cuarón hizo de esta película una vuelta a su infancia a través de los ojos de Cleo. No hace una historia romántica o rosa, no hace de Cleo una cenicienta con ánimos de ascendencia social: la película es real y cruda. Escenas donde Sofía grita a Cleo señalan el menosprecio que se practica en nuestra sociedad. El encuentro con Fermín, el hombre que la embaraza, se niega a reconocer que el hijo es suyo y termina amenazándola con dañarla en caso que vuelva a buscarlo, retrata el tradicional machismo que no respeta la clase social y que Sofía, al igual que Cleo, padecen. Se observa la dominación y autoritarismo a lo largo del filme, un fondo casi imperceptible que da fuerza a los ecos de 1968 y el movimiento estudiantil.
Propiciar el conocimiento y visibilización del otro es trabajo de los intelectuales. Las aportaciones de Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Michael Foucault y Louis Althusser son puntos de inicio en Spivak para hacer reflexiones. La forma en que los sujetos subalternos son representados es casi siempre como una sombra y no desde un profundo propio entendimiento del subalterno. La construcción intelectual del otro no puede ser entendida como la sombra de quien enuncia. La autora hindú plantea cómo dicho ejercicio puede ser posible sin que sea comprendido como una narrativa más de Occidente y termine por reproducir un sentido hegemónico. Para evitar esto como una pretensión de reconocer al subyugado o de intentar narrar la verdad auténtica de las cosas, afirma que el intelectual debe “ofrecer una relación de cómo una explicación y una narrativa de la realidad fueron establecidas como las normativas”. Spivak considera que es necesario descentrar los sujetos, desnaturalizar las ideologías que configuran las narrativas de quien pretende hablar por los otros.
En Roma hay un esfuerzo empático para otorgarle voz a la protagonista. En su circunspección, es difícil saber qué hay en su mente. Es el público el que debe de descifrar las normas que se le han impuesto a Cleo. La nítida sonrisa, el tímido gesto y el silencio es la común respuesta a las órdenes e insultos que recibe. El ensimismamiento y hermetismo son candados puestos para hacernos pensar sobre el conflicto de la mujer oaxaqueña. Para la crítica Spivak, la subalternidad consiste en no tener el derecho y la capacidad de hablar, pues si logra agenciarse de una voz propia deja de ser subalterno, lo cual escapa de las construcciones occidentales habituales, en donde es relegado. El problema entonces radica en cómo representar a un silenciado por un sistema colonizador si se toman parámetros de estudio provenientes de ese sistema colonizador. La lente de Cuarón frente a ese problema expuesto intenta a su modo otorgar una voz a Cleo a través de un mundo creado, de un testimonio sentimental, acaso un leve murmullo de lo que las empleadas domésticas padecen.
La joven indígena sujeta a sus patrones, heroína de alma noble, se impregna en los recuerdos del director que nos lleva del tranquilo nido de silencios de la muchacha al afilador de cuchillos, a los sonidos de la calle, automóviles de ocho cilindros, marchas estudiantiles, sirenas, balas mortales, hasta olas de mar encrespado. Roma nos lleva de un abrazo que sella destinos hasta unas escaleras interminables, azoteas con cielos limpios, apenas arañados por el paso de aviones. Cleo continúa su ardua jornada otorgando una epifanía en sordina. Hay una mirada de reconocimiento al otro, una nítida revelación. Nosotros apenas hemos escuchado un susurro subalterno mientras se cierra la puerta de la sala.









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