Daniel Bernal Moreno
Ya andaba en las últimas el buen Rodolfo. Tenía el hígado deshecho de tanto chupar, la nariz cacariza y roja de teporocho. Por años fue chofer de Nico, el líder de la banda de la colonia. Cada diciembre hacían su agosto. Entraban a las casas de quienes vacacionaban. En Nochebuena, Nico lo regresó antes de empezar. Llegó hasta su madre al trabajo y en esas fechas el alcoholímetro está muy rudo. No podía caer en el bote por una tontería así.
Rodolfo caminó de regreso a casa. En el trayecto se dio tiempo de asaltar una tienda. Amagó al tendero con su pistola, pero sólo tomó una botella de brandy y unos cigarros.
Tambaleándose, llegó a su casa. Al entrar, descubrió a su mujer en pleno revolcón con El Dasher, otro de la banda. A Rodolfo le pusieron los cuernos y encabronado tomó su pistola. Disparó hasta quedarse sin tiros. Traía cinco balas; con la peda, acertó una nada más. Dasher se apretaba la panza con las manos ensangrentadas. Belén lloraba encuerada a su lado. Rodolfo reía con el pomo en la mano.
Los vecinos, acostumbrados a las borracheras pero no a los plomazos, llamaron a la policía.
Sin chupar y con dolores insoportables recibió el año nuevo recluido en el penal. No pasó del primero de enero el buen Rodolfo. Antes de morir su único deseo era que llegaran los Reyes, o los Torres, o los Fundadores, o algún otro brandy que lo volviera a emborrachar.









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