Jesús Bonilla Fernández
“Se podría decir que la prueba de la visión de un poeta es la exactitud de su descripción de la Diosa Blanca y de la isla que gobierna”, escribió Robert Graves, quien no recordaba desde Homero a poeta auténtico alguno que no hubiera registrado su experiencia de ella.
El escritor inglés, nacido en Londres en 1895 y muerto en Mallorca en 1985, el 7 de diciembre de hace treinta años, describe esta singular deidad como una mujer incomparablemente bella —esbelta, ojos intensos y azules, labios rojos como bayas de fresno, larga y rubia cabellera—, con rostro cadavérico de nariz ganchuda, que se transformaba de pronto en loba, perra, cerda, zorra, yegua, lechuza, comadreja, tigresa, sirena o simple bruja repugnante. “El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un poema es una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda la Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.”
Sin duda, el tema toral de la prolífica obra de Robert Graves es el que refiere la existencia de una sociedad matriarcal, como orden social natural, cuya desaparición y sustitución por el sistema patriarcal constituye —como escribió Lucia Graves en el prólogo de La comida de los centauros— “una de las principales causas del desequilibrio mundial”.
Otro asunto fundamental, destacado por la hija del poeta, es la presunta tergiversación realizada por San Pablo y los redactores de los Evangelios a la doctrina de Jesucristo, aunque sería ingenuo ignorar la veta mágica que en su trabajo representa el significado de los hongos alucinógenos, relacionados, al menos, con cuatro aristas de su interés lúdico: la mitología celta y griega, la religión judeocristiana, la historia sociopolítica y cultural de Occidente, así como la crítica literaria. Este significado es descrito, poética e intelectualmente de manera exhaustiva en ensayos como “Los dos nacimientos de Dioniso”, “La comida de los centauros” y en la introducción a Los mitos griegos, no obstante que también aborda el tema —por ejemplo— en “Nueva luz sobre un viejo crimen”, lectura grata e imprescindible para quienes lamentan la finitud de sus novelas Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina.
La reina madre de los clanes matrilíneos —los cuales poco a poco se habían constituido en tribus cuando en la Europa antigua no existían dioses masculinos— se decía descendiente y estar poseída por la Diosa Luna, escribe Robert Graves en “Diosas y obosoms”. Ella era la jefa de Estado y de hecho quien tomaba las decisiones políticas y mandaba en las batallas, como una obosom —palabra twi que probablemente proceda de bosom, luna—, manifestación visible de la fuerza del satélite.
En este sentido, acota que Atenea, antes de renacer de la cabeza de Zeus, el inmigrante e intimidante dios del trueno, “parece haber sido no sólo la diosa-luna del amor y la batalla de origen norteafricano, sino también de todas las artes femeninas. Se llamaba Neith en el África del Norte y Anatha en Siria y Palestina. En Europa, como entre los akans, el discreto clan obosom se ofrecía para orar e interceder en todos los asuntos privados de todos los miembros del clan como lo habría hecho su propia madre sabia y amorosa”.
Algunas obosoms como éstas perduraron en los mitos griegos, como antepasadas heroicas, puesto que iniciado el segundo milenio anterior al nacimiento de Jesucristo, pastores patriarcales llegaron del este, conquistaron los reinos matriarcales (Europa fue raptada por Zeus, como quien dice) y despojaron a las mujeres de cualquier poder religioso o político. El cambio implicó también la pérdida gradual, por parte de ellas, del antiguo control de todas las artesanías patrocinadas por la diosa, en función también de la glorificación del dominio masculino. “Cuando al fin el cristianismo sustituyó a la religión olímpica —escribe el poeta—, sus cinco diosas principales fueron destronadas y un sacerdocio cristiano y célibe asumió el control de toda la moralidad pública. Su dios, prestado de los judíos, aún es adorado como un monarca del primer milenio a. de J.C., cuyos cortesanos se pasaban el tiempo alabando sus poderes irresistibles. De él aprendieron a tratar a las mujeres como seres inferiores e irracionales, o sea como sus esclavas innatas. Fue este dios, originalmente babilónico, el que (según Isaías, xxvii, 1) mató a la todopoderosa diosa del mar y de la luna, Tiamet. Desde entonces toda forma de magia femenina ha sido denunciada como blasfema por los sacerdotes y misioneros cristianos.”
Debemos considerar que Robert Graves plantea que durante el cristianismo, tener una obosom, o una gran diosa, se convirtió en necesidad imperiosa para los campesinos y ciudadanos europeos, ante la explotación que sufrían de sus soberanos guerreros, quienes los atormentaban en nombre de Dios. Los santos en distintas regiones fueron insuficientes y esta necesidad fue satisfecha por el culto de la Virgen María judía, que los primeros místicos cristianos identificaron con el espíritu de la Sabiduría Divina. “Ya en la Edad Media se le adoraba públicamente como la Reina de los Cielos y de ella salieron obosoms locales llamadas ‘Nuestra Señora’ de tal o cual lugar. Sin embargo, el relato verdadero sobre sus orígenes religiosos nunca ha sido divulgado por la Iglesia cristiana.”
En casi todas sus novelas históricas el escritor vuelve una y otra vez sobre esta versión de los hechos del mundo, además en sus ensayos, lejos de olvidar en su mente temas convergentes a éstas, los estudiaba exhaustivamente en diversas fuentes hasta que cuadraran con sus teorías, aunque no pudiera usarlos en obras como las ya mencionadas Yo, Claudio, Claudio el dios y su esposa Mesalina y Rey Jesús, La hija de Homero, Belisario y Hércules y yo, por mencionar sólo las más conocidas.
En esta última recrea el mito de los argonautas, su viaje a Cólquida para rescatar el vellocino sagrado de Zeus, el Vellocino de Oro —púrpura o morado en realidad, como una nube cargada de lluvia y con hilos de oro— que la Diosa Blanca mandó a robar a Hellé y a Frixo, hijos del rey minio Atamas, para vengarse de Zagreo o Zeus y humillarlo por haber usurpado su poder.
Los aqueos —precedidos por los jonios y los minios, que habían adoptado el culto a la Triple Diosa o Diosa Blanca— llegaron a conquistar la región, instituyeron el matrimonio, impusieron la religión olímpica presidida por Zeus y terminaron con el dominio social de la mujer. O al menos eso pretendieron, pues la historia de Ino —quien planeó el robo— y Medea —sacerdotisa, hija de Eetes, que lo regresó— sugiere una actitud reservada e intuitiva, un poder oculto a la brutalidad hombruna.
Anceo de Lélege —presuntamente el último de los argonautas vivos y quien fue a morir a la isla de Mallorca, puesto que ahí continuaban adorando a la Diosa Madre— narra esta historia emparentada con la recopilación erudita y crítica de Los mitos griegos. El verdadero mito —escribe ahí Robert Graves— se puede definir como la redacción taquigráfica y narrativa de la pantomima ritual de los festivales públicos, registrada gráficamente en muchas ocasiones en paredes de templos, espejos, jarrones, tazones, cofres, sellos, tapices, escudos y otros objetos ahora valiosos por otras razones.
ALCOHOLES
… y todos los pájaros canoros la aclamarán un día, pero yo estoy dotado, inclusive en noviembre, la más despreciable de las estaciones, con una sensación tan grande de su claramente raída magnificencia que olvido la crueldad y la traición pasadas, indiferente a dónde puede caer el próximo rayo. Robert Graves, dedicatoria en La Diosa Blanca
Ver lo que me pertenece / de un texto inverosímil // Eso es mirar. Francisco Hernández, Mal de Graves









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