Karen Arcega
Cuando Creonte ordenó dejar el cuerpo de Polinices a la intemperie, a merced de los perros y los cuervos, sin entierro, sin despedidas, Antígona no dudó en violar las leyes del rey de Tebas y decidió concluir el rito de la muerte de su hermano. Para los griegos, los ritos funerarios permitían a las almas el tránsito tranquilo del mundo de los vivos al mundo de los muertos, y aquellos que no tenían la suerte de ser enterrados estaban condenados a vagar en este mundo eternamente.
La Güera murió hace unos días, el 12 de septiembre. Acompañada partió hacia el mundo de los muertos. La despedimos entre música, lágrimas y flores. Le dijimos adiós y a pesar del dolor que surgió de su muerte, pudimos despedirnos. Un día antes, el 11 de septiembre se conmemora en Chile el golpe militar de 1973 que dejó a lo largo de la dictadura cientos de detenidos desaparecidos. Cada año, cruces con nombres pero sin cuerpos se llenan de flores y la persistencia de la memoria mantiene a esos que fueron arrebatados de este mundo de la forma más violenta, en el corazón y el pensamiento de todos. Algunos días atrás, el 5 de septiembre, mi primo el Güero cumple años. No sabemos si los cumplió o los hubiera cumplido; desapareció hace más de tres años en Veracruz; y sin cuerpo, sin pistas, sin nada, seguimos todos a la espera de saber algo sobre él, de volverlo a ver.
El rito que sobreviene a la muerte, a diferencia de las creencias griegas, hoy nos ayuda más a los vivos que a los muertos. Poder enterrar el cuerpo muerto de alguien amado es una de las piezas que completan el duelo; pero cuando no sucede, cuando no hay cuerpo que enterrar o peor aún, cuando no hay certeza de la muerte, el duelo se pausa y un dolor aún más terrible que éste se hace presente: el duelo suspendido.
¿Qué pasa con todos esos carentes de cuerpos y certezas? ¿A dónde se dirigen los cantos y las flores, los rezos, las veladoras y los llantos? Sin la seguridad de saber quién se los llevó o dónde se encuentran, los dolientes buscamos a los desaparecidos en todos los rincones, en los descampados, debajo de las piedras y entre los árboles, en las carteras de los asesinos, en las venganzas de los empresarios, en los intereses de los políticos. Las calles se llenan de cuerpos en busca de otros cuerpos que no dejaron rastro, pero dejaron vestigios de su ausencia.
En Chile, años después de la dictadura militar el Estado reconoció a los muertos y los deudos. Con pedazos de camisas roídas, botones incrustados en vías de tren, mechones de cabello y restos de cuerpos, las familias volvieron a reunirse para terminar lo que nunca tuvo inicio: el rito de todas esas muertes. Pero acá, en medio de un Estado fallido, aún brotan cadáveres de todas las tierras; no sabemos quiénes son, no son reconocibles, están revueltos, envueltos en bolsas de plástico, quemados, mutilados, torturados, asesinados a sangre fría, abandonados en medio de la noche y la penumbra. Cada entierro es un nuevo hallazgo; encaminar a nuestros muertos al mundo al que ahora pertenecen implica descubrir más muertos, más desconocidos, más vidas rotas. Este país es un entierro eterno, una eterna búsqueda, una negación continua.
Y vivir en un país sumido en el duelo suspendido no es sencillo. Sentir el olor a muerte que emana de un tráiler repleto de cadáveres en un terreno baldío, rompe las entrañas de cualquiera. No hay hacia dónde mirar, todo está manchado de sangre, en todas partes resuenan las balas, todos cargamos muertos incluso sin saberlo, todos pisamos los huesos y la sangre de quienes a la intemperie, siguen vagando en este mundo.
Antígona fue condenada a muerte por tratar de darle una despedida digna a su hermano; fue sepultada viva dentro de una cueva, tras una pared de piedra. Mientras tanto, el cadáver de Polinices era desmembrado por perros y aves carroñeras que dejaban los restos delante de las casas y los altares de Tebas. Entonces Creonte se dio cuenta del horror que había cometido, ordenó darle entierro a Polinices y sacar a Antígona del cruel castigo. No fue suficiente, Antígona había muerto. Se suicidó y con su muerte la desgracia cayó sobre Creonte.
Lapidados tras la angustia de encontrar a quien un día se fue y no volvió más, aquí, miles de muertos en vida resisten estoicos mientras atraviesan kilómetros de búsquedas infinitas. No se pueden dejar muertos sin sepulcro, no se pueden seguir cosechando cadáveres como en día de vendimia. No se puede no hacer justicia.
La desgracia se ha hecho presente en México y no se detendrá hasta que todas las muertes sean expiadas. Y no importa que tan indiferentes podamos ser, la sangre alcanza para llenar todos nuestros ríos y nuestras casas. Los cuerpos son tantos que podrían llenar todos nuestros cementerios. El dolor rebasa ya todos los lamentos. Nada detendrá el infortunio más que la justicia. Todos esos hombres, todas esas mujeres deben ser devueltos a la tierra, merecen una despedida digna. Todos esos muertos, víctimas de la corrupción, de la violencia, del robo, del engaño, del dinero, del poder, de los políticos y los jefes de Estado, de las policías, del ejército, de esta sociedad insensible, todos esos muertos son nuestros muertos.
¿Qué espera el rey de esta Tebas? ¿Acaso no nota, desde su balcón plagado de privilegios lo que está sucediendo? ¿Será necesario inundar estas tierras de cadáveres suicidas para encontrar la justicia que tanto se nos ha negado? ¿Necesitamos morir también los condenados a la espera? ¿A dónde vamos los que buscamos entre buitres y perros que rapiñan con nuestro dolor?
Procesiones sin descanso padecen los horrores de la incertidumbre y de la burocracia repugnante de este país. Hoy, en busca de respuestas, cientos se dirigen a Jalisco a buscar entre 400 cadáveres, uno que les pertenezca. Quizás haya algún reencuentro. Tal vez algunas familias encuentren por fin la paz que da la certeza. Quizá algunos cuerpos lleguen al sepulcro. Tal vez otros podrán descansar y continuar el duelo. Quizá algunas almas encontrarán su camino. Tal vez encontremos al Güero.
Ni perdón, ni olvido:
toda la verdad, toda la justicia.









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