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Rito y provocación

· febrero 2, 2019

Fabiola Morales Gasca

Aprender a leer es uno de los actos más trascendentes de cualquier ser humano. Pasar la vista sobre un conjunto de signos o texto escrito para traducirlos, interpretarlos y comprenderlos es una de las mejores travesías que se pueden emprender.

El escritor argentino Alberto Manguel en su libro Una historia de la lectura (Almadía, México, 2011) nos señala que “aprender a leer tiene algo de rito iniciático que deja atrás un estado de dependencia y de comunicación rudimentaria”. Aprender a leer nos “familiariza con un pasado común que se renueva, en mayor o menor grado, con cada lectura”. Leer es un acto que nos une con la herencia humana; es significativo y por lo tanto debe celebrarse. Por ejemplo, en la sociedad judía medieval existía un ritual de aprender a leer: “se celebra específicamente durante la fiesta de Pentecostés, que celebra el momento en que Dios entregó a Moisés las tablas de la Ley. Al niño que iba a ser iniciado se lo cubría con un chal de oración y su padre lo llevaba al maestro. Éste sentaba al niño es su regazo y le enseñaba una pizarra en la que se había escrito el alfabeto hebreo, un pasaje de las escrituras y las palabras ‘Ojalá la Torá sea tu preocupación’. Luego se untaba miel en la pizarra y el niño la lamía, asimilando de esa forma, físicamente, las palabras sagradas. También se escribían versículos en huevos duros ya pelados y en pastelitos de miel, que el niño comía después de leerle al maestro los versículos en voz alta” (Israel Abrahams, 1896).

La lectura es un invento cultural, no está relacionada a la genética humana y no hay una estructura o parte específica del cerebro que se dedique a ella. El inicio de la lectura se asocia con la madurez cerebral del niño. Una vez que ha aprendido el alfabeto y algunas palabras básicas, el cerebro asocia los sonidos y significados. Es importante el estudio de cómo se lee, porque lo que se está estudiando realmente es cómo el cerebro aprende cosas nuevas. En la lectura hay una intersección cognitiva y lingüística.

Esta compleja actividad ha intrigado por siglos al hombre. Empédocles, Epicuro, Euclides, Aristóteles, hasta el erudito árabe Ibn al-Haytham, expusieron sus teorías de cómo llega el ojo a capturar los signos o las palabras y el sujeto se apropia de ellas de acuerdo a su experiencia y conocimiento haciendo de la lectura una parte de él. Hay dos etapas básicas en la lectura: la primera es el acto de ver y posteriormente se considera interpretar lo visto. Apropiarse, ligar o decodificar el conjunto de símbolos vistos es parte de ese proceso tan complejo que lingüistas, neurólogos, psicólogos, educadores y diversos especialistas no han explicado por completo. La lectura aún esconde muchos misterios para la ciencia moderna.

El doctor Merlin C. Wittrock afirma que para comprender un texto “no sólo lo leemos, en el sentido literal de la palabra, sino que le construimos un significado […] los lectores sirven al texto. Crean imágenes y realizan transformaciones verbales para representar su significado. Más impresionante todavía, generan significado mientras leen, gracias a la construcción de relaciones entre sus conocimientos, el recuerdo de sus experiencias, y las frases, párrafos y pasajes escritos”.

El acto de leer aísla al lector, lo sumerge en un mundo que se vuelve tan íntimo que lo transforma en un ente concentrado. Leer rompe el orden convencional, nos enfrenta mucho más que a un texto. La trascendencia de la lectura pasa a otro nivel de abstracción más complejo cuando no sólo traducimos signos o códigos convenidos socialmente, sino cuando nos dejamos llevar a un diálogo con personas que no conocemos, donde se nos ofrecen posibilidades diferentes de pensamiento.

El lector pasivo que recorre páginas con el corazón encendido, la mente abierta al mensaje y la lengua quieta, nos remonta al ideal. “Aislado de todo, concentrado en la lectura, el lector se vuelve parte del paisaje.” Pero recordemos que la pasividad es en apariencia, porque de manera suceden muchos procesos en el cerebro.

Pero la lectura no sólo se queda en un proceso cerebral, puede involucrar los demás sentidos, volverse placentera. Solitario y egoísta el lector en su cama, en noches de lluvia o de luna menguante puede tener a través del libro un reino de lascividad, de emoción por cosas prohibidas. Para Marcel Proust “los libros verdaderos no deben nacer de días luminosos y conversaciones amables”, sino de melancolía y de silencio. El cansancio placentero que nos brinda un libro en la madrugada no se compara con nada.

En el lado opuesto del lector egocentrista, que lee en su cama, hay un lector de voz alta que lee para los demás. San Benito de Nursia en el año 529 fundó un monasterio en Montecassino y preparó una serie de reglas para sus monjes. Benito decretó que la lectura fuera parte esencial en la vida cotidiana del convento. “En la mesa no debe de faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de buenas a primeras toma el libro, sino que el lector […] que entra en función pide a todos que oren por él, para que Dios aparte de él al espíritu de la vanidad. Y digan todos tres veces ‘Señor, ábreme los labios y mi boca anunciará tus alabanzas’” (Manguel, 2011). Para Benito en este acto de lectura en voz alta se evita el entusiasmo, el placer personal y el orgullo, ya que la alegría del texto debería ser comunitaria, no individual. Durante las comidas las almas se apartaban de los placeres de la carne y se unían en torno a la palabra sagrada que era leída. Esta práctica se difundió durante muchos siglos en monasterios europeos. Así, la dimensión de la lectura en voz alta tomó la humildad y el sentido de comunidad.

Durante la Edad Media reunirse para leer se convirtió en una rutina. La posibilidad de tener libros era muy limitada, sólo pocos afortunados señores feudales podían tenerla. Si llegaban a mostrarlos, la gente se congregaba para oír el texto recitado o leído en voz alta. Sólo hasta el siglo XI se extendieron los trovadores y juglares. Hay un largo recorrido en la historia por posadas, cocinas, salones y fábricas en que la humanidad disfrutó este tipo de lectura. En voz alta, se transforma al más quisquilloso lector. Se estimula la imaginación, se aumenta el vocabulario, se producen emociones, se hace reflexionar, se producen conocimientos y el placer se multiplica para otros.

En silencio, de manera aislada y concentrada o en público, con voz alta y dicción puntillosa, el placer de la lectura nos remite a mundos distintos y lejanos. Leer es evasión de la realidad, un rito subversivo, una puerta de entrada a pensamientos diversos (algo que, dicho sea de paso, debemos de practicar en medio de la intolerancia actual). Franz Kafka nos desafiaba: “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos […]. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.” Hagamos de nuestra lectura un rito: aceptemos dicha provocación.

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