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Rimbaud y el signo de amor

· noviembre 12, 2015

Antonio Bello Quiroz

 

El psicoanálisis, quisiera decirlo de entrada, es un discurso que abre una posibilidad de bordear lo real mediante lo simbólico. Y, si partimos de que una de las “formas” de lo real es la muerte (es decir, lo que nunca cambia), entonces, el psicoanálisis es una posibilidad, siempre fallida —hay que decirlo— de apalabrar la muerte. Hay algo más que dejar claro de entrada: el psicoanálisis se mueve por la palabra y únicamente en la palabra.

Hay, en este sentido, un encuentro entre el psicoanálisis y la poesía, que también trabaja con la palabra; sin embargo, aunque pisan terrenos muy cercanos, como un entre-cuerpos, se impone decirlo, el psicoanálisis no es poesía. Poesía, lo sabemos, proviene del griego ποίησις (poiesis), que es acción, pero también creación, engendramiento y, quizá, sacar, dar a luz. Su acción consiste en decir lo indecible; el psicoanálisis, por su parte, es una posibilidad de posicionarse de otra manera frente a lo dicho.

Ambas praxis, poesía y psicoanálisis, comparten el que no se puedan separar del cuerpo; el cuerpo, esa extraordinaria caja de resonancia, el cuerpo hecho de palabras e imágenes que les resulta ser el territorio más inédito, el más inmediato, quizá el único.

El psicoanálisis, cauteloso como es, intempestivo como es, toma al lenguaje, y sólo al lenguaje en su más mínima expresión, la palabra, la letra, más aún, el rasgo, el trazo, como el vehículo en donde la subjetividad se hace fórmula matemática, pero nunca código: mediante la palabra el cuerpo explota más allá de los códigos biológicos.

En el apartado dos de Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis, Jacques Lacan nos enseña una distinción radical entre “palabra plena” y “palabra vacía”. La diferencia se establece, desde esa lectura, a partir de una paradoja, ya que es la palabra plena la que es capaz de provocar un vacío de sentido que permite algo nuevo; y la palabra vacía, a su vez, contradictoriamente, llena el tiempo de sentidos fútiles.

Con todo, lo que podemos apreciar en ambas praxis es, en el caso del psicoanálisis, la prevalencia de una dirección, dirección de la cura; en la otra, la poesía, en su pleno vuelo, apunta a la resonancia de todos los sentidos. Pero, en fin, ambos, poetas y psicoanalistas apuntan a darle un lugar a lo inefable por la vía de la palabra.

Dos vasos comunicantes, dos reconocimientos entre muchos ubico del psicoanálisis a la poesía. En Freud dos momentos: en referencia al sueño escribe: “el sueño es un arte poético involuntario”, y más tarde decía, con respecto al amor (él que nunca dejó de hablar de amor), que ése era un terreno de los poetas. Lacan, por su parte, ubica a la poesía del lado del analizante (lo que se dice paciente en otras terapéuticas). Así señala: “el analizante habla, hace poesía”.

Pero si la poesía como el psicoanálisis apuntan a lo inefable, no podrían sino apostar a darle un lugar al mal-decir, a romper el velo de la belleza, quizá sea eso lo que hace que se pueda considerar maldito a algún poeta; maldito es aquel quien le da un lugar a lo mal-dicho (con lo mal-dicho es con lo que trabaja el psicoanalista, a quien por cierto nunca se le otorga el grado de maldito).

Y lo inefable, lo maldito, lo que incomoda a lo humano, lo que no anda, donde la condición humana muestra sus falencias, no puede pisar otros terrenos que los de la sexualidad y la muerte; y hay que reconocer que fue el genio de Freud quien puso en primer plano estos significantes y nos heredó la tarea de pensarlos como condición ineludible de la condición humana, pese al rechazo humanista e idiota que subsiste.

El psicoanalista Arthur Rimbaud es, por antonomasia, el poeta maldito. Sobre este poeta francés, Jacques Lacan, quien declara que es éticamente deseable un retorno a Freud si se quiere levantar la bandera del psicoanálisis, plantea en el seminario 20, Aún, que, a causa de ser hablantes, es decir, estar atravesados en nuestro ser por el lenguaje, eso que introduce diferencia, no hay relación entre los sexos, no hay “proporción” sexual, esto es, y no puede ser sino mi lectura, no hay armonía entre el sujeto y el objeto, entre ambos está la muerte y la sexualidad, y ahí lo humano resbala.

Arthur Rimbaud es, por antonomasia, considerado como El poeta maldito. Este poeta francés que a los 19 años abandona la literatura para emprender largos viajes, internos y geográficos en busca de “su voz”, y que se mueve en principio bajo la radical consigna de “convertirse en parnasiano o en nada” planteada a los 17 años. En el seminario referido, Aún, Lacan retoma un poema de Arthur Rimbaud: “A una razón”, donde hace eco de lo que él mismo decía del poeta: “el poeta tiene que convertirse en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito, y el sabio supremo”. Y señala que Rimbaud escribe este poema, “A una razón”, y con ello nos ilustra sobre que el amor es signo de un cambio de discurso.

La razón, en el buen sentido, apunta a un discurrir para dar cuenta de algo, algo que, sin embargo, siempre se está yendo. La razón es, hay que señalarlo de manera radical, algo que sólo se sostiene en la ausencia, es decir, en el porvenir; es, la razón, el recurso que utilizamos para recubrir lo inefable que resulta la experiencia del encuentro con lo real, rostro de lo imposible. Así podemos ver que, hablando de la razón, el poeta, desde su radiante juventud, apuesta a lo que de alquímico tiene el lenguaje, hace referencia a lo que escapa a la razón, como corresponde a todo poeta que se precie de serlo. Veamos algunos versos:

“Un golpe de tu dedo sobre el tambor descarga todos los sonidos e inicia una nueva armonía.

Un paso tuyo. Y el alzamiento de los hombres nuevos y su caminar.

Tu cabeza se vuelve: ¡el nuevo amor! Tu cabeza gira, ¡el nuevo amor!”

Rimbaud apuesta a la razón en el título de su poema y, sin embargo, lo que hace es ir más allá de lo que dice, como corresponde a un poeta que queda rebasado como persona para que prevalezca su ser en la obra (lo que no se puede impostar). Pero ¿a qué se hace referencia aquí con ese signo de “más allá”?.

El acto de amor, el acontecimiento amor como diría Badiou, no parte de la razón sino de un signo. De un hallazgo, un golpe de tu dedo. No se trata desde luego de un signo lingüístico, se trata de algo más allá, simplemente lo que quiere decir algo para alguien, pero más allá de la razón, o en “otra razón”.

“Tú cabeza se vuelve: ¡el nuevo amor!” En ese gesto de voltear la cabeza se juega la vida (y la muerte), la vida se juega en los gestos, no más que ahí.

Pero entonces, si se apuesta a los signos, si se apuesta a “algo más allá” que se ubica en los gestos, si eso es así: ¿dónde está entonces la trampa? En creer que los gestos se pueden codificar; en al amor se trata de que los gestos, los signos, los signos de amor, escapan al código, apuestan a un más allá, a hacer del azar destino, como se refiere Julia Kristeva al amor.

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