David Bretón
Si miramos bien, siempre hay alguien por ahí que nos examina… Y tarde o temprano, aunque finjamos demencia, nos reprueba.
En alguna ocasión respondí un examen de historia con la pequeña verdad contenida en un pequeño libro de texto. Obtuve la pequeña calificación demeritoria que merecían en aquel entonces quienes no linchaban, después de muerto, a Porfirio Díaz. Sólo es un ejemplo.
Como soy un mal estudiante —lo digo antes de que alguien comience a indagar mi pobre pasado académico— tuve que sustentar numerosas exposiciones ante un montón de malpagados, enfurecidos y siempre sucios mentores (entiendan: no me refiero necesariamente a lo físico).
Alguna vez dije que Gabriel García Márquez era un imbécil (ya ven, ni ese ídolo tropical se salvaba de ser examinado ni yo de examinar) y un maestro de literatura, taller de redacción o algo así me quería romper el hocico en el interior de un Valiant donde él, yo y otras personas terminábamos las farras de cerveza, las francachelas.
En otra ocasión, algunos años después, ese mismo sujeto hacía sorna por mi retraso para terminar la preparatoria. Y ahora quería darme una tunda porque le dije que lo único que agradecía de aquella circunstancia de mi vida era que él nunca había sido mi mentor y jamás podría serlo.
Después de eso, ese individuo y yo hicimos esas paces que se hacen sin hablar, como al cruzar por la misma acera y —por si acaso— medio gruñir… Hasta que definitivamente un día y otro y otro más me retiró el saludo. Para ese entonces yo estaba lo suficientemente calado como para levantar la vista llena de gozo (lo hice), mis brazos y gritar en silencio a un dios que ignora que existo y yo creo en él: “¿Reprobé? ¡Reprobé! ¡Reprobé, ja ja…!”
Ahora caigo en la cuenta de que este relato se ha convertido en un mitote catártico, así que debo remontarme atrás si quiero tener siquiera la esperanza de ser comprendido, a pesar de ser examinado por tus malditos ojos lectores.
Para algunos alumnos, los exámenes son pesadillas obsesas que ni Lovecraft en la cripta de su locura o Borges en el laberinto de su ceguera pergeñaron.
Mi caso no llegaba a tanto.
De hecho, durante esos ahora hermosos años de primaria y secundaria que me envolvían y me envuelven en algún lugar, en otra parte, en la sonrisa de Miriam Oviedo o en la piel de Claudia Peralta, jamás estudié especialmente para un examen.
¡Imaginen entonces mi sorpresa cuando reprobé civismo!
¡Civismo!
Enseñas patrias, himnos nacionales, respetos a derechos ajenos, epístolas de melchores ocampos…, ¡válgame Dios!
En fin, para no hacerla cansada, me presenté por primera vez a un examen extraordinario, cuando mi mente se entumecía al intentar averiguar el significado de la frase “a título de suficiencia”.
El caso es que el examen lo hacía una maestra a quien apodábamos Miss Puntito. Dejo a su imaginación el porqué, sólo diré que ella no había impartido el curso.
Éramos pocos alumnos ese día por la tarde en el salón del piano, la prueba era oral y la famosa maestra, esposa del famoso director, fue pasando uno a uno a burros y burras (que también las hay) para contestar sus famosas preguntas (ustedes saben).
Pero no empezó la lista por la A, sino por la Z, de manera que quien pasó al último fue su servidor.
Después de una breve charla off the cuestions, anunció, para mi sorpresa y alivio, que tenía ocho de calificación, a menos que quisiera mejorar ésta. El asunto era banal, por lo que desistí de mejorar: era la calificación negada de mi examen ordinario.
Salí del salón del piano realmente confundido, caminé unas cuantas calles, supongo que pateando algunas piedras en el camino y coligiendo que, sencillamente, no había moral (“aiuey, no tienen madre”, dirían ahora).
Quizá de ahí provenga mi insana pasión por plutarcos, plinios, diógenes, montaignes, nietzsches y demás y mi sano desinterés por las escuelas. No es ésa mi catarsis, sin embargo, aunque supongo que algo tiene que ver, porque la estoy excretando sin dolor.
Existen exámenes fundamentales, definitivos, vivenciales, universales… Quiero decir, quizás atávicos. Éstos sí que valen la pena. Madame de Algo comentó a Charnfort, a propósito de los favores femeninos, que “en rigor se disciernen en concurso, pero no se otorgan ni al sentimiento ni al mérito”. Triste cuestión que plantea esta máxima, que nos reprueba a todos en todo caso.









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