Antonio Bello Quiroz
El psicoanálisis es un discurso en constante devenir. Es una forma inédita de abordar lo más profundo de la cuestión humana. Un discurso que va asociado irremediablemente con un nombre que le da cauce y sentido: Sigmund Freud. El psicoanálisis tiene una historia, es hijo (producto) de la modernidad, quizá uno de sus hijos más complejos; los otros dos son el cine y el holocausto nazi.
El psicoanálisis surge a finales del siglo XIX y principios del XX, entre 1895 y 1900 para ser más precisos, en una época de enorme efervescencia intelectual, en la Viena de entre siglos. Viena entonces era la capital del imperio astrohúngaro, con el emperador Francisco José al mando. Migrantes de muchas nacionalidades arribaban a la capital del imperio; muchos de ellos eran de bajo estrato social y por lo general terminaban esclavizados para sostener a la gran burguesía. Los habitantes eslavos le apodan a esa Viena imperial el “calabozo de los pueblos”. Esa época de gran efervescencia intelectual fue el caldo de cultivo del psicoanálisis. Por ejemplo, en 1902 la ciudad se agitaba con la visita de Rodin. Ahí, en la tertulia de Berta Zuckerkandl, el artista se sienta junto a Gustav Klimt. Se dice que Rodin se inclinó hacia Klimt y le dijo: “Jamás había experimentado una atmósfera como ésta: su trágico y magnífico fresco de Beethoven; su exposición inolvidable, catedralicia; y ahora este jardín, estas mujeres, esta música.”
Freud también fue un migrante llegado a Viena (ciudad que amó y odió al mismo tiempo). Es un hombre de su tiempo; participa en esta gran tertulia vienesa y es testigo incómodo del esplendor de la modernidad. Época donde se vive un entronamiento de la Razón y el Progreso. Sí, Freud participa de esa ilusión de esplendor, pero lo hace señalando sus fallas, sus contradicciones.
Sigmund Freud, científico de su época, se encuentra en Viena con las mujeres, con las histéricas, aquellas que eran obligadas a callar sobre su sexualidad al grado de que no les queda sino el cuerpo y sus dolencias para expresar lo que la moral victoriana mandata silenciar. Freud muestra un enorme compromiso con la verdad, y eso le lleva a inventar un dispositivo clínico que le dé un lugar a los sufrimientos del alma expresados en el cuerpo. Un dispositivo donde se exploran las desgarraduras del ser. Sin embargo, hombre de ciencia, comprometido con el espíritu de la ciencia, se ve llevado a formular una teoría sobre los fenómenos del inconsciente y a realizar un movimiento de escuela que deviene revolucionario, político.
La historia del movimiento psicoanalítico es larga y florida en excentricidades. En efecto, al surgir como un discurso de la modernidad, fundado en la muerte de dios, el psicoanálisis se constituye como un discurso sin centro. Un psicoanalista francés de la segunda generación, casi olvidado, René Allendy, es clara muestra de las excéntricas lecturas y prácticas que se han hecho bajo la bandera del psicoanálisis.
Me enteré de Allendy porque fue uno de los psicoanalistas de Anaïs Nin (el segundo fue Otto Rank). Investigando y escribiendo sobre ella me encontré con este psicoanalista francés, nacido en 1889 y que fue fundador de la Société Française de Psychoanalyse.
Anaïs Nin, en su vínculo con sus dos analistas, René Allendy y Otto Rank, nos muestra que en la mujer siempre hay algo intocado, algo que excede y se presenta como pura renovación. Algo de virginidad siempre hay. Es decir, hay mujeres que aman en la entrega total, dan todo y, sin embargo, en el nuevo amor descubren algo de sí mismas que no conocían, que no entregaron cuando decían que entregaban todo, “algo que nunca había pasado”.
Pero, ¿quién es este iconoclasta psicoanalista, Allendy? Médico de formación francés, nace en 1889. Decepcionado de la terapéutica médica tradicional, busca conjugar el psicoanálisis y la medicina homeopática. Desde la adolescencia, nos dice Elisabeth Roudinesco en su libro La batalla de cien años, Historia del psicoanálisis en Francia, tomo 1 (1885-1939), muestra su interés por el ocultismo y la obra de Paracelso. Le interesa sobre todo la alquimia y escribe sobre los temas más extravagantes posibles para un futuro psicoanalista: la influencia de los astros, el Keroubs y las Esfinges, la teoría de los cuatro fundamentos, la mesa de esmeraldas de Hermes Trimégisto, etcétera. La lista es interminable y bizarra. Fue miembro fundador de la Sociedad Psicoanalítica de París. Escribió su tesis sobre las teorías alquímicas en la historia de la medicina. Durante las décadas de los años veinte y treinta estuvo estrechamente relacionado con el movimiento surrealista, en especial con Antonin Artaud, quien era amigo de Anaïs Nin.
René Allendy sin duda es mayormente conocido por haber “analizado” a la hermosa joven de 29 años, quien en 1932 acude a él por recomendación de una amiga y viviendo severas decepciones paternas. Acude por poco tiempo con el psicoanalista homeopático. Pronto él le confiesa su veneración por ella; incluso le reduce el coste de las sesiones; más aún, la hace su asistente con tal de que ella no abandone el proceso de cura. Cuenta Elisabeth Roudinesco que en una ocasión ella narra que sus senos son demasiado pequeños, y su cuerpo delgado y poco femenino. Allendy, complacido, intenta tranquilizarle y pone en duda la afirmación de Anaïs. Ella, sintiéndose desafiada, se desviste frente a él y le enseña los pechos. El doctor “divertido, la tranquiliza de nuevo: perfectamente femeninos —exclama—, pequeños pero bien formados, bien dibujados respecto del resto de su silueta, una silueta bien bonita, lo que le hace falta son unos kilos de más. Es usted verdaderamente bella, qué gracia de movimiento, qué encanto, qué de clase, de finura y de linaje”.
De este amor que le venera Allendy, Anaïs Nin escribirá más tarde en sus Diarios que el médico intentó arrancarla de su vida bohemia, le conmina a que no vea más al escritor norteamericano Henry Miller y a June, argumentando que es su neurosis la que la lleva a su vida bohemia y a vincularse con June, mujer con quien ella se siente profundamente identificada, al grado de amar por igual a Miller: “me eché a reír. Allendy creyó que me reía al pensar que una neurosis me había llevado a la vida bohemia. ¡Desgraciadamente! no se trata de esto. Su expresión, una flor en el estiércol provenía directamente de las novelas de a perra gorda que leen las criadas y como poeta, me ofendía, lo mismo que cualquier otra mujer se sentiría ofendida si un hombre le hablara con el sombrero en la boca y un puro en la boca”.
Cuenta Roudinesco que para salir de esta situación Anaïs decide invertir los papeles. “Hace sentarse a Allendy en el sillón reservado a los pacientes, le devuelve sus fórmulas y su jerga y obtiene de él lo que quería: le confiesa que nunca ha sentido más que ternura por las mujeres.”








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