Omar M. Gallardo
Ser joven y no ser revolucionario
es una contradicción hasta biológica. Salvador Allende
Hace exactamente diez años me encontraba en Cuba. Como muchos estudiantes universitarios matriculados en alguna disciplina de las ciencias sociales, aunque no exclusivamente, sentí el fervor revolucionario y, en cuanto se presentó la oportunidad, viajé a la isla con fines académicos.
Mi llegada coincidió con la renuncia de Fidel Castro al cargo de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en Jefe. Derivado de ello, la sociedad cubana vivía momentos de zozobra y reserva. Quizá los mismos sentimientos, aunque más agudos, sean los que mejor describan estas horas de su historia.
Situado por la memoria de aquellos días y a propósito del fallecimiento de Fidel Castro, escribo estas líneas con objeto de satisfacer la invitación de mi amigo Jesús Bonilla. Gracias a su insistencia me hizo recordar momentos gratos de mi estancia en aquel país, particularmente mi amistad con entrañables profesores y estudiantes universitarios.
Para ellos escribo estos apuntes que no aspiran a emitir juicio político alguno a propósito de la muerte de un personaje destacado y controversial de nuestra América, sino a recordar algo más modesto y frágil: la empatía cultural entre México y Cuba merced a la colaboración académica, la música y los lazos de amistad.
Dos libros me acompañaron durante el viaje, Visión de los vencidos y El laberinto de la soledad, obras a las que he vuelto repetidas ocasiones y las que en cada lectura me hacen reparar en aspectos significativos de nuestra condición cultural hispanoamericana.
En la figura de Gregorio Linares, profesor de filosofía, condenso los valores sociales que llamaron fuertemente mi atención: candidez, solidaridad, abnegación, patriotismo, optimismo, fraternidad, entre otros. Estos valores que articulan la convivencia social cubana no son exclusivos de personas vinculadas a la universidad, sino del grueso de la población con quien mantuve relación durante cuatro meses. Nada más alejado a la experiencia social contemporánea en nuestro país, sobre todo en los espacios urbanos.
A Gregorio, quien a juzgar de su apariencia física es muy cercano al Quijote, lo conocí tomando café con María Antonia, la encargada del gabinete de la Facultad de Derecho de la Universidad de Camagüey. Aunque no era un lugar apropiado para departir, mucho menos para socializar, el café de María Antonia atraía a muchos profesores de la Facultad de Derecho y otras facultades vecinas, como la de Filosofía y Letras.
Un día, cuando Gregorio se enteró que yo era mexicano, me preguntó entusiasmado por la obra de José Revueltas, autor al que había leído; incluso había dedicado una parte significativa de su tesis de maestría. A partir de entonces, nos encontrábamos con frecuencia en el mismo sitio, y ya no hablábamos solamente de Revueltas, sino de México, sus escritores y la afinidad cultural con Cuba. Las conversaciones fueron dilatadas y la relación personal se afianzó. De esta forma, Gregorio y su esposa se convirtieron en mi segunda familia.
La obra y figura de José Revueltas habían atrapado el interés literario e ideológico de Gregorio, en quien no se apreciaba ningún resquicio crítico sobre el régimen político cubano. Revueltas representaba, a los ojos del filósofo, la aspiración moral más congruente y acabada de un verdadero marxista; aquel comprometido con el afianzamiento de los ideales revolucionarios en su país. En lo personal, de Revueltas yo prefería su literatura, sin menospreciar, por supuesto, su sobresaliente trayectoria de activista político de izquierda. Por encima de las novelas, lo que me atrapó fueron sus ensayos de crítica política, especialmente aquel volumen dedicado a la interpretación marxista de la historia de México.
Lo único que reprocho a Gregorio es no haber cumplido su promesa de presentarme en la casa de unos amigos suyos, “los mexicanos”, quienes se habían ganado el mote en su reparto por su afición desbordada a la música popular mexicana. Desde hace sesenta años en la programación musical de Radio Cadena Agramonte se escucha el programa Ecos de México, espacio destinado a reproducir nuestra música ranchera en la voz de intérpretes inmortales. A propósito, recuerdo a un indigente sobre la calle República, que sostenido de un báculo en la mano derecha, gritaba afligido: “¡Murió Miguel Aceves Mejía!”, seguido del tarareo: “¡Ando volando bajo, mi amor está por los suelos…!”
Diez años después y con el beneficio que al juicio regala la distancia, me parece que la atracción que sentía Gregorio por la obra y figura de José Revueltas —marxista heterodoxo— es reflejo de una condición cultural particular que en el campo de la política representa una forma autoritaria de organizar el poder en Hispanoamérica. Me refiero al fenómeno del caudillismo, que en América tiene su origen en los procesos de independencia de la metrópoli española.
La actitud de quienes apoyan a los caudillos está caracterizada por la adhesión instantánea y acrítica a un líder político carismático fuertemente identificado con las capas populares de la población. No es necesario emprender una pedante disquisición sobre este asunto. Los resultados de estos regímenes los conocemos todos.
No son las instituciones, parece recordarnos periódicamente el devenir político de esta región del orbe, sino los caudillos, quienes mejor se ajustan al imaginario popular de las culturas hispanoamericanas en cuanto a la manera de organizar el poder se refiere. No era el marxismo ortodoxo, en el caso de Revueltas, la tabla de salvación de las sociedades latinoamericanas. En esto fue un rebelde de la tradición, un ángel caído.
Después de mucho conversar, me percaté de que Revuelas y Fidel estimulaban la imaginación política de Gregorio. Bajo la sombra de ambos embriagaba su ser político; mientras Teresita, su esposa, desprovista del arsenal teórico y guiada por el sentido común, se “atrevió” varias veces a enjuiciar al régimen. A ambos los recuerdo con cariño y añoranza. A Gregorio por su pasión intelectual y a Teresita por su amor a la verdad.









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