Antonio Bello Quiroz /
Uno, Dos, el infinito: tal es la numerosidad del procedimiento amoroso.
A. Badiou
El amor es quizá el invento más enigmático con que los seres humanos hemos buscado paliar el dolor que nos produce el vínculo con los demás. Así lo concibe Sigmund Freud en El malestar en la cultura. Arthur Rimbaud sostenía que “El amor está por reinventar”. Con respecto al amor, los poetas parece que llevan la delantera, como ocurre con muchas otras cosas de la vida. Ante el amor, en cambio, los filósofos se han mostrado cautos.
Según la propuesta de lectura que del amor hace el filósofo francés Alain Badiou (El elogio del amor, Paidós, 2012, en colaboración con Nicolas Truong), generalmente los abordajes sobre el amor basculan entre los extremos: por un lado, las propuestas filosóficas anti-amor con Schopenhauer a la cabeza, para quien las mujeres, al haber tenido la pasión del amor, serían las culpables directas de que la especie humana, que no valdría nada, se haya perpetuado. En el otro extremo, otros filósofos, tal es el caso paradigmático de Sören Kierkegaard, hacen del amor uno de los estadios supremos de la experiencia subjetiva. Para este filósofo danés existen tres estadios de la existencia y en cada uno de ellos el amor se expresa de manera distinta: el estadio estético, donde la experiencia del amor es la seducción vana y la repetición; es aquí donde el egoísmo anima al sujeto: el Don Juan de Mozart sería el paradigma. En segundo término está el estadio ético, donde se expresa el amor verdadero, se manifiesta con seriedad y con un compromiso eterno dirigido a lo absoluto; el filósofo no duda en ubicar aquí el amor que tuvo hacia una joven llamada Regina. Por último estaría el estadio supremo, marcado por la consigna religiosa y el valor absoluto se lo da el compromiso del matrimonio, concebido no simplemente como lo que salva de la errancia amorosa sino como lo que vuelve el amor a su destino esencial. Bajo estos planteamientos, en esta vertiente existencial, gracias a la experiencia del amor, el yo se enraíza en su proveniencia divina. El amor va más allá de la seducción para que, al mostrarse verdadero (ético) y por la vía del matrimonio, sea un medio de alcanzar lo suprahumano.
Estos dos extremos introducen, desde la filosofía, una tensión que va entre el amor como mera extravagancia de lo sexual, y una apología puramente existencial del amor de la mano de lo religioso.
Ya antes de estas posturas, de estos extremos, Platón realiza algunos planteamientos sumamente interesantes: señala que hay en el élan, en el ímpetu amoroso, un germen universal; el élan es un espíritu que empuja, una impetuosidad hacia la Idea. Así, dice Badiou, en el amor, hay la experiencia del pasaje posible de la pura singularidad del azar a un elemento que tiene un valor universal.
Además de con los filósofos de la tradición, Alain Badiou, en el trabajo señalado y en otros, dialoga de manera muy intensa con el psicoanálisis, con Jacques Lacan en particular y su propuesta de “no hay relación sexual”. Para el filósofo, el psicoanalista nos recuerda que en la sexualidad en realidad cada uno está condicionado por su goce, en ese sentido no hay proporción sexual como la posibilidad de que compartamos goces. Así, la tesis se vuelve escandalosa: lo sexual no une, separa. Los cuerpos unidos, penetrados incluso, son sólo una imagen que no abarca lo real del encuentro. ¿Qué es entonces lo que viene a suplir esa falta de relación sexual? El amor, el amor es lo que hace presencia en esa no-relación sexual.
Es en el amor que el sujeto intenta abordar el “ser del otro”, por ello es que sólo se puede “experimentar” el amor en la ausencia del amado, es en su ausencia donde se revela el Ser del objeto amado. La frase popular lo confirma: nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido (en su lugar queda el ser del otro).
Es en el amor donde el sujeto va más allá de sí mismo. En lo sexual, el otro sirve como vehículo para encontrarse con lo real del goce; en el amor, en cambio, la mediación del otro vale por sí misma. En el encuentro amoroso se parte al asalto del otro para hacerle existir con uno, en esa experiencia que Badiou llama Acontecimiento.
Alain Badiou plantea que hay tres dimensiones filosóficas del amor, una primera romántica, que se concentra en el ímpetu del encuentro. Una segunda que hace referencia al amor contractual, con su búsqueda de ventajas recíprocas; y por último una dimensión escéptica que hace del amor una ilusión. Ante estas propuestas, el filósofo plantea en diversos momentos de su obra, que el amor es una construcción de verdad. Una Verdad que se experimenta a partir del Dos y no del uno. Con el acontecimiento amor, se pasa del uno y uno al Dos. No se trata de que los dos se hagan uno, que sería el modelo de la identidad, que amenaza con la fusión, exterminio del otro, sino de hacer surgir el Dos a partir del uno y uno, a partir de la diferencia.
El amor sería entonces un proceso iniciado por un Encuentro contingente (Acontecimiento) y su nominación (se trata de una declaración, la declaración de amor), donde uno y uno hacen Dos, y de ahí a lo múltiple (un niño, un proyecto, una vida), de ahí al infinito. Se trata de un esquema numérico propio del procedimiento amoroso. “Uno, Dos, el infinito…”
Haciendo eco con Rimbaud, el amor, para Badiou, es siempre la posibilidad de asistir al nacimiento del mundo, es una interminable fidelidad a la nominación primera.









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