Antonio Bello Quiroz
¡Qué te han hecho, pobre criatura!
Sigmund Freud
Hay en la vida de las sociedades hechos que las conmueven, que las detienen en seco y cuestionan sus fundamentos y principios. El crimen es uno de ellos, lo es aún más cuando se cometen en circunstancias que asombran como recién ocurrió en Chihuahua con el asesinato de un niño de seis años cometido por cinco niños menores de quince años, entre ellos tres de sus familiares. Se trata de un juego se dice, jugaban a ser sicarios y lo torturaron, lo asesinaron y lo enterraron dejando el cadáver de un perro sobre su improvisada tumba para disfrazar el olor. Un juego con conocimiento de causa.
Los debates toman muchas aristas, con rasgadura de vestiduras incluida: el sistema jurídico se ve confrontado nuevamente sobre el tratamiento de infantes que cometen actos criminales como adultos, tres de ellos menores de catorce años, lo que pone en cuestión la edad penal, etcétera. El hecho de que tres de los perpetradores sean familiares del pequeño asesinado también pone en entredicho a los goznes que sostienen la institución familiar. La sociedad se reconoce de inmediato en un mea culpa a partir de decir que lo que hicieron estos menores es reflejo de lo que la sociedad está viviendo en México, las televisoras se asombran como si no fueran ellas mismas parte del problema, etcétera.
El fenómeno de la criminalidad en la infancia no es nuevo, y con afán de aportar a este debate necesario, quisiera compartir con el lector de esta columna algunas reflexiones que al respecto publiqué hace poco más de dos años en el libro Pasionario: ensayos sobre el crimen, editado por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Más que reproducir, rehago las ideas.
La pregunta que entonces planteaba sigue vigente: ¿Qué decir de un acto homicida como el de estos niños-adolescentes? ¿Qué estatuto darle a estos crímenes? Desde luego, las respuestas pueden emanar desde las diversas ciencias humanas y sociales, en particular aquellas que le dan un lugar a la infancia como la educación y la pedagogía. Se destacan otros factores, como el abandono social de la infancia y la adolescencia y, por el otro, se enfatizan factores como el efecto de las armas al alcance de los jóvenes, la reducción de la edad punitiva y la incidencia de la violencia a través de los medios de comunicación.
Desde luego, dentro de estas interpretaciones no faltan las que atribuyen el crimen, los crímenes de la infancia, a algún tipo de trastorno o desorden psicológico o psiquiátrico. Abandono, desolación, exposición constante a la violencia, desintegración familiar.
Más allá de abundar en alguna de estas líneas, quisiera ensayar otro camino. Quizá de inicio nos arroje algo de luz hacer un breve recorrido sobre la forma en que se piensa la infancia en la modernidad.
El historiador de las mentalidades Phillipe Ariès, en su trabajo El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, va a poner en cuestión la tendencia a la naturalización de la noción de infancia, al enunciar que “el sentimiento de infancia es un concepto propio a la modernidad”. Lo que no implica evidentemente que antes no hubiera niños sino que no existía en el antiguo régimen la posibilidad de pensar en las particularidades y diferencias entre los niños con respecto a los adultos. Con lo que, según Ariès, la intención de desarrollar conocimientos científicos específicos sobre la infancia, las leyes de protección a la infancia, así como la salida del niño del “anonimato” surgen con la llegada de la modernidad.
Entre los siglos XVII y XVIII con la reforma del Estado y las transformaciones en las formas familiares (especialmente con el surgimiento de la noción de “familia nuclear”) se empiezan a generar legislaciones propias para la regulación de las relaciones paterno-filiares, y los modos de crianza pasan a ser asunto de Estado, con lo que se va a instituir como tal la noción de infancia. De esta manera, en el inicio de la modernidad, el imaginario de la infancia se presenta en sus comienzos como un tiempo de preparación para la vida adulta, con lo que la escuela, como institución del Estado, pasará a jugar un papel prioritario en el desarrollo moral de los futuros ciudadanos, de quienes se espera que sean útiles y productivos para el Estado.
Uno de los aspectos menos importantes en el Antiguo Régimen, como llama Ariès a la época anterior al siglo XVII, era la mortalidad infantil, y una fuerte tendencia a la toleración del infanticidio. La muerte de los niños no producía demasiada aflicción, incluso cuando venía de las manos de sus propios padres o personas cercanas. El infanticidio resultaba ser algo común. Esto indica que en el imaginario de la antigüedad pareciera que no se le otorgaba inscripción simbólica a “eso” que era el niño y resultaba poco menos que insignificante. Este olvido de la infancia, o mejor aún, esta insignificancia de la infancia, es un fenómeno que pareciera renacer en nuestros tiempos, donde, pese a las muchas legislaciones y proclamas de los niños y adolescentes, éstos quedan olvidados, con un altísimo índice de desnutrición y mortalidad, además de ser explotados sexual y laboralmente de manera recurrente y sin mayor sanción, quedando así como “entes” insignificantes para un Otro que les niega ser mirados en sus particularidades.
Los sentimientos respecto a la conservación de los hijos, su crianza, su atención y cuidado, lo mismo que el reconocimiento de la infancia como tal, si bien pasan por la biología, en lo humano están sujetos al lenguaje, plasmado en discursos y prácticas que revelan cuál es el lugar que a las nuevas generaciones se les otorga, cuál es el topos que una sociedad le asigna a su infancia.
Éste es el proceso de inscripción de los nuevos seres en el devenir histórico de una comunidad. Una relevante tesis podemos leer con respecto a la infancia en Philippe Ariès, quien señala que la antigua sociedad tradicional no podía representarse al niño en su singularidad. Además de que la duración de la infancia se reducía al periodo de mayor fragilidad, cuando la cría del hombre no podía valerse por sí misma y compartía sus trabajos y juegos con los adultos. En el Antiguo Régimen, la educación, la transmisión de los dispositivos de la cultura, no estaba otorgada a la familia. Muy temprano el niño era separado de sus padres (como ocurre ahora de facto) y la educación era producto del aprendizaje que esencialmente era concebido a partir de la convivencia de los niños con los adultos, ya fuese en el taller artesanal o en el campo.
De esta tesis podemos destacar que los niños, en el abandono institucional en que se les mantiene, no tienen más opción que aprender por imitación de lo que hacen y valoran los adultos, así estos menores que “jugaban” a ser sicarios se convirtieron en eso.
Desde luego, hay autores intelectuales de este y otros muchos crímenes cometidos por o contra los niños: las instituciones que les han abandonado, dejándoles en las mismas condiciones que en el Antiguo Régimen, antes del siglo XVII.








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