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Rafael Bernal y su novela El fin de la esperanza

· noviembre 20, 2015
Alfonso de Maria y Campos
 
Para Rafael Bernal Arce, hijo del autor, que permitió esta edición no venal
de la Asociación Nacional del Libro
 
La familia
 
Rafael Bernal y García Pimentel nació en la ciudad de México el 28 de junio de 1915. En ese año la famosa generación de los Siete Sabios iniciaba su ascenso en la vida nacional. Fueron sus padres don Rafael Bernal Bernal y doña Rafaela García Pimentel y Elguero. Por el lado materno, sus antepasados —tanto los García Pimentel como los Elguero— habían sido todos ricos propietarios y muy destacados hombres de letras del siglo XIX mexicano.
El investigador e historiador de México y lo mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-1894), bisabuelo de nuestro Rafael Bernal, sumó a sus miles de hectáreas en el campo varias decenas de libros salidos de su pluma.
La otra rama materna, los Elguero, constituía una vertiente igualmente culta, rica y católica. Basta recordar al ilustre abogado y ministro de Comonfort, don José Hilario Elguero (1815-1867), quien se unió en matrimonio a doña Rafaela Pérez Palacios y cuya descendencia incluyó a la mencionada abuela de Rafael Bernal, Susana.
Por lo que se refiere a las haciendas del bisabuelo materno en Morelos: Tenango, Santa Clara y San Ignacio, concentraban más de sesenta y ocho mil hectáreas dedicadas al cultivo de la caña de azúcar, incluidas obras de riego y la parte fabril que antes de la Revolución era la más importante del estado de Morelos, entonces el cuarto productor mundial de azúcar.
 
Autoexilio en la selva
Poco después de la muerte de su abuelo materno, Luis García Pimentel, en 1930, al término de la guerra cristera en México, el quinceañero Rafael Bernal salió a Montreal, Canadá, para estudiar su bachillerato en Filosofía y Letras en el Loyola College de los jesuitas. Fue ahí donde aprendió y perfeccionó los idiomas inglés y francés que habrían de sustentar su carrera diplomática.
Después regresó a México para concluir sus estudios preparatorios en el Colegio Francés de San Borja y en el Instituto de Ciencias y Letras, ambos de la ciudad capital.
En 1933, con sólo dieciocho años de edad, Rafael Bernal decidió probar fortuna en Chiapas con el famoso “oro verde”: el cultivo del plátano. Si bien el resultado fue un rotundo fracaso en lo económico, fue ésta, sin duda, una oportunidad para perderse en la selva, alejarse de la “civilización” y encontrarse consigo mismo y con Dios. Beber, fumar y abrir los sentidos para conocer el mundo brutal de la selva y sus horrores.
 
Europa y una denuncia literaria de
la barbarie en la ciudad, el campo y la selva
Arrancado de los horrores de la selva, que, como él bien sabía, todo lo destruye, Rafael Bernal regresó a la Ciudad de México y coqueteó con la idea de estudiar alguna carrera universitaria, como Derecho o Filosofía y Letras, y siguió algunos cursos, pero decidió entonces ir a probar fortuna a Europa. Más tarde, en su edad madura como diplomático, lamentó no contar con una carrera universitaria, “con los papeles al menos”, que le permitiera convertirse en académico, profesor e investigador. Hacia fines de la década de los años treinta, colaboró como guionista en dos películas de la naciente industria del cine mexicano. Con lo ahorrado, partió a Europa a estudiar, escribir y abrirse nuevos horizontes.
Llegó pues a París, donde estudió cinematografía, lo que le serviría para elaborar luego sus guiones dramáticos y de radio y televisión. También trabajó en el periodismo y enviaba regularmente crónicas y artículos para periódicos de México como Excélsior y Novedades. La Segunda Guerra Mundial había comenzado y poco antes, en una visita a Berlín, según relata su familia, fue testigo de Hitler frente a las masas del pujante nacionalsocialismo. Todo esto habría de dejar una viva impresión en el joven veinteañero. También conoció Nueva York y más tarde la costa oeste, Hollywood, la “Meca” del cine, donde también probó fortuna como guionista y se acercó a actores como Dolores del Río y Jorge Negrete.
En 1941 publicó su primera obra literaria formal bajo el título de Federico Reyes, el cristero, en la serie Prosas Breves de la editorial Canek, que fundó con José Muñoz Cota. Se trata de un elaborado pero eficaz poema narrativo, una especie de corrido, lleno de imaginería popular y religiosa, que canta el drama de los cristeros y en donde el protagonista es un hombre “rápido en el combate y lento en el consejo”.
Dos años más tarde, en 1943, ya de regreso en México, Bernal pasa de la denuncia cristera al grito anticapitalista. El tema no puede ser más cosmopolita, la ciudad de Nueva York; el tono, sin embargo, es crítico y desgarrado, lo que, a pesar de sus orígenes sociales, lo aleja de la generación literaria que lo antecede, la de los llamados Contemporáneos. Así, bajo el exótico sello de ediciones Quetzal —probablemente de su propia creación también—, Improperio a Nueva York y otros poemas retrata esa nueva jungla, la de asfalto; la urbe capitalista denigradora del hombre, racista y destructiva. El subtítulo que Bernal dio a su obra fue el de Poema en tres barbaries y dos intermedios civilizados.
Esta crítica al capitalismo racista, a la explotación del hombre por el hombre, lo mismo evoca el “edén subvertido” de los indios aborígenes y sus canoas y venados, que lamenta la suerte del europeo y el negro.
A mediados de la década de 1940, Rafael Bernal se casó con Pilar Arce. Con ella procreó a sus tres primeros hijos: Rafael, Francisco y Pilar Bernal Arce. La radio, la publicidad y la televisión, con sus nuevos teleteatros, fueron entonces su fuente de trabajo. También se integró a la docencia, en la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Cierra este primer ciclo de publicaciones una novela corta. Se trata de la original Memorias de Santiago Oxtotilpan, publicada por editorial Polis en 1945, acompañada con unas xilografías de Abelardo Ávila. Es una novela antiagrarista, en la que el pueblo, como protagonista, cuenta su historia colectiva en primera persona del singular.
Apenas un año después, en 1946, Rafael Bernal publica en editorial Jus, que lo acompañará casi siempre, mientras vivió, seis cuentos breves de la selva bajo el título sugerente y eficaz de Trópico. La portada del libro fue bellamente ilustrada con un lagarto o caimán, del pincel del célebre muralista y pintor Fernando Leal.
 
La novela policiaca
Bernal cultivó con éxito el género policiaco, al cual regresaría casi al final de su vida para conquistar el mundo literario mexicano con El complot mongol (1969), tres años antes de su muerte. Empero, de más de veinte años antes datan dos libros publicados en 1946, ambos por editorial Jus: Tres novelas policiacas y Un muerto en la tumba, hoy reeditados en un solo volumen por el Fondo de Cultura Económica con motivo del Centenario del natalicio de Rafael Bernal.
 
Activista y narrador sinarquista
Poco antes de llegar a los treinta y cinco años de edad, hacia el final de la década de los cuarenta y después de un fugaz periodo en el Partido Acción Nacional que lo desilusionó, Rafael Bernal se entregó de manera casi total al activismo político y a la causa del sinarquismo que defendía el partido Fuerza Popular.
Las circunstancias políticas en que nació el partido Fuerza Popular son varias. Por un lado, el arreglo al margen de los campesinos y desde la jerarquía eclesiástica, del movimiento cristero a fines de la segunda década del siglo XX. Por el otro, el gran reparto de tierras, que en el centro del país no siempre apoyó a los lugareños, y la expropiación petrolera generaron una fuerte alza inflacionaria en los productos básicos que afectó principalmente a las clases medias.
De manera adicional, la educación socialista indignó a los católicos. Fue así como, en lo político, surgieron varias corrientes que llegaron a convertirse en partidos políticos. En primer lugar, se fundó el Partido Acción Nacional, bajo el liderazgo de Manuel Gómez Morín en 1938, como un partido de clases medias profesionales, católicas y como una oposición al gobierno.
El movimiento sinarquista, y su Unión Nacional Sinarquista (UNS), escindió su liderazgo con la salida de Salvador Abascal, lo que facilitó más tarde, en 1946, el surgimiento del partido Fuerza Popular (FP), bajo la dirección de su presidente Enrique Morfín González, durante el sexenio del presidente Manuel Ávila Camacho. Era este partido una corriente nacional-socialista de unión católica, y no un partido fascista.
Toda vez que el activismo de este movimiento en la Ciudad de México y en las áreas rurales del centro y norte del país fue convirtiéndose en grandes movilizaciones, se le otorgó el reconocimiento como partido a Fuerza Popular y la posibilidad de participar en las elecciones de 1946. Para ello tuvo que cambiar aspectos de su plataforma, como el sesgo confesional, que no contradijeran principios constitucionales. De manera semejante y un tanto como contrapeso se reconoció formalmente al Partido Comunista, que compitió también en dichas elecciones presidenciales de 1946, en donde salió electo el presidente Miguel Alemán.
El dato es relevante porque, como se sabe, el sinarquismo se formó con el campesinado católico del centro y norte del país, y sus líderes fueron todos ellos profesionistas de clase media, sin descontar a intelectuales que, sin ser miembros del movimiento, simpatizaron con él, como José Vasconcelos o el fundador del Partido Acción Nacional, Manuel Gómez Morin. Rafael Bernal fue una excepción y para cuando llegó el sexto jefe nacional, Luis Martínez Narezo, Bernal ocupó la cartera de secretario de Finanzas.
Convertido ya en un escritor y orador destacado, a Bernal se le recuerda también por los hechos registrados en pleno alemanismo, cuando el gobierno llevó a cabo la agresiva campaña contra la aftosa mediante la aplicación del “rifle sanitario”, que consistía en matar a los animales de pezuña que estuvieran enfermos o pudieran ser contagiados. A la sombra de esta estrategia, sostenían los sinarquistas, “germinaron muchos vivales que por artes de birlibirloque ‘mataban’ dos o más veces un mismo animal ‘enfermo’ y así cobrar dos veces o más el precio asignado” (Juan Aguilera Azpeitia, dir., Historia gráfica del sinarquismo, México, Comité Nacional de la Unión Nacional Sinarquista, s/f). De esa manera, a la pérdida del ganado —la única “esperanza del campesinado” que queda cuando la cosecha falta—, se sumó la corrupción de los caciques, que vino a agravar y hacer más insultante la situación.
Tal es precisamente el tema de la novela realista que hoy tenemos en las manos: El fin de la esperanza. Se trata de un auténtico compendio de los ultrajes del agrarismo cardenista y la corrupción del campo, acentuada por la campaña contra la aftosa y el uso del “rifle sanitario”. Todo esto promovido, según el autor, por el dinero y la actitud afrentosa de Washington.
Hasta hoy inconseguible, esta novela magistral no corrió mejor suerte en su momento. Publicada en 1948, el mismo año en que Bernal cayó varias veces en la cárcel por su activismo político, incluido un mitin y una manifestación que terminó en un agravio en el Hemiciclo a Juárez y que lo llevó a la cárcel, “La novela El fin de la esperanza tuvo una suerte un poco extraña. Fue impresa en Editorial Estilo [sic], pero esta empresa no quiso publicarla, por parecerle muy fuerte políticamente, así que salió bajo el nombre de Editorial Calpulli (que no existe), y fue distribuida por Porrúa Hermanos” (Rafael Bernal, Carta a Lee Locket Fletcher, Lima, Perú, 27 de noviembre de 1967).
El final de la novela es dantesco. En el pueblo de Galeras, que no es un nombre casual, el ganado es lanzado a una zanja que han tenido que cavar los propios campesinos, para después encargarse de rematar puercos, borregos, burros, vacas y bueyes en medio de los gemidos lastimeros de los animales y el sollozar de sus dueños. Sobre esto hay que contar el escenario de la cantina, convertida en lupanar con ruleta de juego, para que los campesinos gastaran el pago y ahogaran sus penas; mientras los caciques y políticos cobraban las ganancias y registraban dos o tres veces la muerte de un ejemplar para cobrar el precio tasado por un supervisor norteamericano. Otro aspecto interesante es que la novela alude ya al éxodo de los campesinos mexicanos que se van enganchados al norte, a Estados Unidos, huyendo del desastre rural de esos años.
Todos los personajes campesinos de la novela —sinarquistas o no— sufren la usurpación de sus tierras por el cacique, la violación o el engaño de sus hijas; explotados, inconscientes por el alcohol, dejan en el abandono y la miseria a sus mayores. Se trata de un drama rural de proporciones inmensas, narrado sin concesiones, como sólo Azuela, Yáñez o Magdaleno lo habían hecho hasta entonces (1948), en un lenguaje que emplea muy a propósito variantes del español apegadas al habla rural o popular de México que, como dice Antonio Alatorre, tienen la función estilística de otorgar autenticidad y fuerza al relato.
Para 1954 encontramos a Rafael Bernal traduciendo prácticamente sobre las rodillas obras de éxito, al alimón con algunos colegas, y estrenando otra obra de su autoría, La paz contigo o El martirio del Padre Pro, en el Teatro Fábregas. Esta pieza había sido leída por Novo y se pensaba para inaugurar un nuevo teatro en la calle de Sullivan. Al estreno asistió nada menos que la legendaria Madre Conchita quien, se asegura, no dejó de llorar durante toda la presentación.
Su trabajo de publicidad con Augusto Elías lo unió más a la televisión, en donde cubrió la carrera panamericana en 1952, y después hizo programas para el consorcio de Telesistema Mexicano, ya fusionados los canales 2, 4 y 5 bajo el control de don Emilio Azcárraga.
Luego de separarse de su primera mujer, Rafael Bernal se casó con Idalia Villarreal, locutora, guionista y asistente de medios en radio y televisión. Con ella inició una nueva etapa de su vida, en Venezuela, desde fines de 1956, en tiempos del dictador Marcos Pérez Jiménez, quien gobernó de 1952 a 1958, y donde fue contratado como gerente de producción del canal 4 de Televisa Venezuela, que, por cierto, era una empresa estatal y no tenía nada que ver con la estación mexicana.
En una carta personal, Bernal relata cómo, hacia 1960, decidió cambiar de profesión e ingresar en la diplomacia. El caso fue que en Caracas pudo tratar personalmente al secretario de Relaciones Exteriores, don Manuel Tello padre, por la visita del presidente Adolfo López Mateos a Venezuela, en enero de 1960, siendo ya presidente don Rómulo Betancourt. Don Manuel, que conocía sus aptitudes literarias y su trayectoria familiar, lo convenció, y a fines de ese año se incorporó al Servicio Exterior Mexicano.
 
Honduras. La diplomacia de la educación y el ingenio
“Enganchado” en la diplomacia por el propio secretario de Relaciones Exteriores, Bernal coincidió nuevamente en el trabajo de esos años con su querido hermano Joaquín, varias veces director de protocolo y embajador en Etiopía, Senegal, Suiza, cónsul en Nueva York y embajador en República Dominicana, país donde murió en la última década del siglo XX. La trayectoria diplomática de Rafael habría de ser más corta y menos impresionante que la de Joaquín, pero intensa y creativa en lo intelectual y literario.
Menos de dos meses después, se ordena su traslado a Tegucigalpa, Honduras, a donde llegó el 21 de diciembre de 1960. Sólo seis meses residirá en el país centroamericano, pero nada menos que como encargado de negocios ante la intempestiva salida del embajador César Garizurieta, mejor conocido como El Tlacuache Garizurieta, por sus célebres y atrevidas frases como aquélla de “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error” (horror). El hombre de Tuxpan, abogado laboral y ex oficial mayor de Agricultura, había tenido que salir del país por problemas de protocolo en la fiesta de cumpleaños del muy popular y apreciado presidente de Honduras, don Ramón Villeda Morales, alias El Pajarito.
 
Filipinas, el apogeo de la diplomacia extraordinaria a través de la cultura
Desde fines de 1961 se encuentra Rafael Bernal en Manila. La embajada está encabezada por Muñoz Zapata, embajador de carrera con experiencia, y de inmediato Bernal estableció contactos académicos con la Universidad Dominica de Santo Tomás, hija de la Real y Pontificia Universidad de México, y con los círculos de tradición hispánica. Invitó a Filipinas a intelectuales mexicanos como Jaime Torres Bodet, Miguel León-Portilla, Ignacio Chávez, Luis Villoro y Lothar Knauth, entre otros, y las publicaciones sobre la Nao de China, o de Acapulco, o el también llamado Galeón de Manila, no se hicieron esperar. Durante su breve visita, el propio presidente López Mateos donó a la Biblioteca Rizal una selección de ediciones finas reunida por el historiador Arturo Amáiz y Freg.
Posteriormente, Bernal escribió su largo ensayo México en Filipinas. Estudio de una transculturación, publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, con prólogo de Miguel León-Portilla, en 1965, poco antes de que Bernal dejara las islas.
Fue también en Filipinas donde Bernal escribió y publicó, esta vez en inglés, la lengua franca entre el español en desuso y el tagalo local, su prólogo para Historia de Filipinas durante el siglo XVI, y una sección de la historia de Los chinos en Filipinas. Empezó en esos años también la investigación que sustentaba su libro mayor, El Gran Océano, publicado muchos años después de su muerte en 1992 por el Banco de México, y reeditado hace pocos años por el Fondo de Cultura Económica.
Durante sus años en Filipinas Bernal pudo escribir, además de la mencionada Tierra de gracia publicada en 1963, sobre Venezuela y el Orinoco, otra serie de relatos que no verían la luz sino hasta 1967, cuando el autor se encontraba en su siguiente adscripción diplomática, el Perú. Lleva por título En diferentes mundos y fue también publicada, gracias a Agustín Yáñez, en la prestigiada colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. De fina factura, entremezcla los asuntos de su preocupación perenne, el campo mexicano, con los cuadros y estampas asiáticas.
El 10 de noviembre de 1965, Rafael Bernal, que para entonces ya había reunido con él y su esposa a los tres hijos de su primer matrimonio, luego de la muerte de la madre de éstos, Pilar Arce, en Guadalajara, recibe su traslado a la embajada de Lima, Perú. Volvía de este modo a América, por el Pacífico, por la ruta del tornaviaje que tanto intrigó y complicó los afanes de los navegantes del siglo XVI, desde Magallanes y Elcano, hasta Urdaneta y Legazpi.
 
Perú: más sobre la diplomacia cultural y redacción de El complot mongol
El 27 de diciembre de 1965, con cincuenta años cumplidos, Rafael Bernal es informado por la Secretaría de Relaciones Exteriores de que tendrá la función de encargado de negocios ad interim en la embajada de México en Perú.
En 1966 el presidente de ese país era Fernando Belaúnde Terry, padre. Encabezaba la embajada mexicana don Daniel Escalante, hombre fino y católico que se entendió a la perfección con su primer secretario. Dada la premura de su traslado, el embajador le concedió a Bernal vacaciones que éste aprovechó para viajar por tierra a Argentina y a Chile.
El final, Berna, Friburgo y el irremediable traspaleo de los muertos
El 23 de mayo de 1969 Rafael Bernal recibió su traslado a Berna, Suiza. Consideraciones de tipo personal y de salud, que sabía deteriorada y detectado el mal desde una breve visita a Texas para dar conferencias durante sus vacaciones de junio de 1968, ayudaron a dicho traslado por intermediación de don Alfonso de Rosenzweig, por entonces director general del Servicio Exterior. También gracias a don Alfonso se defendió Bemal contra las “cejas alzadas” que se levantaron dentro de la Secretaría por la publicación de su novela El complot mongol.
En la Universidad de Friburgo encontró tanto la masa crítica de los temas que más le interesaban entonces —la expansión de Occidente en Asia y América durante el siglo XVI—, como el grupo de autoridades y estudiosos, sobre todo laicos y religiosos, que podrían ayudarlo en sus estudios.
Tras reconocer sus méritos de inteligencia, cultura y buena pluma, la Universidad de Friburgo le abrió las puertas, “aún sin papeles grises”, como diría otro poeta, de suerte que poco antes de su muerte pudo doctorarse con todos los honores —summa cum laude— con una tesis escrita en español, Mestizaje y criollismo en la literatura de la Nueva España del siglo XVI. Con ese mismo
título su familia logró, veinte años después, que el Banco de México, nuevamente sufragara su edición, misma que ha sido reeditada nuevamente por el FCE este 2015.
Fallecido en la Ciudad de Berna, Suiza, el 17 de septiembre de 1972, y por disposición del propio Rafael Bernal, que odiaba lo que él llamaba con ironía “andar traspaliando muertos”, sus restos fueron sepultados en la ciudad de Berna, donde murió confortado por su vigorosa fe católica. Paradójicamente, veinte años después (cosas de la vida que él conocía), sus restos tuvieron que ser cremados para ser “traspaliados” a México, en donde ocupan una cripta en la Catedral Metropolitana.
——
El 12 de noviembre se celebró en México el Día Nacional del Libro, para lo cual la Asociación Nacional del Libro, como lo hace desde 1980, editó y obsequió a los lectores la novela de Rafael Bernal (1915-1972) El fin de la esperanza, de la cual reproducimos el prólogo.
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