Marco Julio Robles
Hace casi once años fuimos por ella a la casa de una buena amiga. Al principio parecía tímida y reservada, incluso tenía cara y hacía gestos y movimientos de perra obediente. Pero nada más llegar a casa, se convirtió en la furia descontrolada que en realidad era. De más está decir que rompió zapatos, libros, discos, ropa y papeles… Le gustaba arrancar los botones de las camisas y masticar los cierres de los pantalones. Todos los días hacía una tropelía y no había día en el que no ensayara, con su voz grave, ladridos que se escuchaban a varios metros de distancia.
Le puse Glenda en honor a ese breve relato de Cortázar en el que los numerosos “fans” de una actriz muy querida crean una secta secreta para salvarla de la ignominia de haber regresado a las pantallas, pero sin el esplendor que antaño exhibió en sus películas más famosas. Los seguidores de Glenda, mediante un acuerdo tácito que incluye miradas de soslayo y susurros, se ponen de acuerdo para reconstruir la última película que Glenda rodó, pero con pedazos de las películas anteriores, en las cuales aparece bella y exultante. De suerte tal que los fotogramas en los que la maravillosa Glenda aparece fea, envejecida o ridícula, son sustituidos por fragmentos en los que su antigua figura vuelve a ser lo que antaño era: una maravilla digna de verse y admirarse. Gracias a ese cuento, la pequeña Glenda lleva ese nombre, pero sobre todo porque siempre me ha gustado permitir que la literatura articule la vida cotidiana y viceversa. Sentir que la ficción se confunde con la vida y no olvidar que la vida no es sino una pequeña ficción, breve y pasajera.
Cuando conocí a Glenda se llamaba de otro modo. Sus primeros dueños le pusieron Zeus porque creyeron que se trataba de un macho. Sin embargo, tras un rápido examen, resultó lo contrario. Debo confesar que la ambigüedad de su sexo, aunado al carácter potente y altanero que la sigue caracterizando, me gustaron desde que la vi por primera vez; y ahora, cada que la veo correr escaleras arriba o abajo, con ese ladrido que no ha perdido un ápice de su fuerza, me convenzo de ello.
Si traigo a colación la historia de Glenda es porque justo hace unos días estaba pensando en la enorme compañía que nos hacen las mascotas. Cuando tenemos pereza nos empujan fuera de la cama porque hay que pasearlos y darles de comer, o simplemente porque ya se pusieron a ladrar y resulta imposible seguir durmiendo. Se comunican con nosotros, nos piden cosas y hasta nos sugieren, con un leve movimiento de la pata, que les demos una parte de eso tan rico que estamos comiendo. Tal vez me gustan tanto los perros porque tienen defectos que son completamente humanos: la dependencia, la necesidad de cariño, su carácter gregario, y la esperanza con la que viven siempre pendientes de la puerta como si el futuro les deparara algo.
Glenda tiene varias hermanas de distinto tamaño, color, carácter y figura: Cococha es brusca y juguetona; Lucrecia es tímida, silenciosa, callada y hasta hostil; Agustina es una perrita flaca que no puede abrir bien la boca, pero cuyo defecto no le impide comer a toda prisa o ladrar cuando sacan la basura y cuando regreso de la calle. La compañía que hacen es invaluable, ahora que llevamos tanto tiempo encerrados lo noto más que antes. Sin ellas, este estilo de vida al que nos hemos visto conducidos, sería, por lo menos para mí, si no más pesado de sobrellevar, acaso menos divertido.
Y de las perras concretas, que roncan sin vergüenza mientras escribo esto, llegué a las mascotas famosas en la literatura. Recordé esas que han quedado inmortalizadas gracias a que formaron un binomio interesante con los escritores que los hicieron pasar de la vida real a la literaria. Y es que la relación entre los animales y la literatura, ha sido larga, estrecha, complicada y, a menudo, íntima.
Parsifae se enamora del Toro de Creta. Del contacto amoroso entre ellos nace el Minotauro, ese ser sufriente porque es un híbrido a medio camino entre la humanidad y la bestia. Dédalo encierra en el famoso laberinto al monstruo para impedir que dañe a los hombres. Ese inventor de la antigüedad, una suerte de Ciro Peraloca pero a la antigua, es el mismo personaje que le proporciona alas a su hijo Ícaro. Unas alas pegadas con cera que, al contacto cercano del sol, se desbaratan precipitando al pobre Ícaro en un mar que gracias a él lleva su nombre: el Mar de Icaria. Imposible no pensar que, las ansias que los hombres tenemos de volar, son gracias a las aves que se elevan despertando en nosotros el ánimo del vuelo, de lo alto o de la huida.
Si de animales literarios hablamos, resulta imposible omitir a Rocinante, el jamelgo flaco y legañoso que la locura del Quijote nos pinta con los más hermosos colores y lleno de formas excelsas. Borístenes es el caballo de Adriano, al que Marguerite Yourcenar, en la célebre novela que escribió alrededor de ese personaje histórico, resalta por la relación estrecha, casi simbiótica que existió entre él y su amo. Adriano consideraba a Borístenes como una parte más de su cuerpo, un amigo fiel que conocía su peso de hombre y sus cualidades corporales con más precisión que los seres humanos que lo rodeaban. Y fue otro emperador romano, Calígula, quien nombró cónsul a su caballo.
Pero no sólo los mamíferos resultan importantes en términos literarios. También los insectos son retratados en el arte y pueden formar parte de tramas interesantes. Los ácaros que menciona hasta el hartazgo Mircea Cărtărescu en algunas de sus obras. Las pulgas en La peste de Albert Camus. O los pájaros asesinos en la novela de Dafne du Murier que, después, Alfred Hitchcock llevó al cine. Virgilio celebró en una de sus propiedades el servicio funerario de una de sus mejores amigas: una mosca. El sepelio de la mosca no fue tan modesto como su tamaño. A tal grado llegó el asunto que incluso se presentaron plañideras y músicos. Se sirvió un banquete y se ofrecieron refinados vinos. Y, por si eso fuera poco, el pequeño ataúd fue acompañado por los dolientes durante varios días. El costo de las pompas fúnebres, según cuenta la leyenda popular, fue de 800,000 sestercios, suma que hoy en día sería de casi tres millones de pesos.
También recordé el perro de Tombuctú, esa novela de Paul Auster que a los amantes de los perros nos hace sentir un vértigo de emociones oscuras por el abandono del animal, por los sufrimientos que padece viviendo en la calle, bajo la lluvia o el sol inclemente, con el estómago vacío la mayor parte del tiempo. Y Flush, el perro que nos cuenta su propia historia en esa novela deliciosa que Virginia Woolf escribió desde una perspectiva animal. Olga Orozco publicó un libro titulado Cantos a Berenice, es decir, a su gata. Soy un gato, es el título de esa peculiar novela de Natsume Soseki en la que un gato que vive en una situación de privilegio, nos cuenta detalles (en tono irónico, con su voz de gato) acerca de las personas que lo rodean.
Para concluir este pequeño viaje a través de perros, gatos, toros, pájaros e insectos, quisiera recordar al viejo perro que recibe con un leve movimiento de la cola y una mirada llena de complicidad e inteligencia a Odiseo cuando éste, por fin, vuelve a Ítaca. Odiseo encuentra al animal viejo, casi muerto, pero alegre por su regreso. Es en ese momento cuando el héroe metamorfoseado en mendigo descubre, sin ambages, que está de nuevo en casa. Y que su lugar como amo del Oikos en Ítaca se encuentra a salvo, aunque los muchos pretendientes que la prudente Penélope tiene a sus pies hayan intentado destronarlo. Homero, entre muchos otros elementos de la vida corriente, utiliza al perro como símbolo del hogar y el orden doméstico.
Además, el perro, en la Odisea de Homero, es el único personaje capaz de reconocer al amo a primera vista y de una manera más certera y clara que Penélope, Euriclea, Telémaco o Laertes. Y lo hace sin ninguna prueba, sin necesidad de mirar la vieja cicatriz que tiene en una de sus piernas, o de probar su excelencia con el arco y la flecha al ensartar las hachas. Homero devela la capacidad que tienen los perros para mirar por debajo de cualquier disfraz, aunque el cambio de figura o la extravagancia del ropaje los desconcierte por un momento. El reconocimiento sutil entre Odiseo y su perro es, a mi gusto, el más dulce, el más entrañable de los muchos reconocimientos que se describen en la Odisea, porque el viejo perro ve por debajo de los defectos y los accidentes que el tiempo labra sobre los cuerpos. Pero, sobre todo, porque es capaz de mirar sin detenerse en la apariencia y sin meditar en la riqueza o los títulos que, muy a menudo, complican la amistad humana.









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