Mariela Arrazola Bonilla
Estimados lectores, como versa el título de este comentario, esto se trata de que viva el toro, no de que sea estocado y lacerado de muerte. Así es que si es un férreo admirador de la tauromaquia, no se desgaste leyendo estas líneas porque no están pensadas para agradarle. Dicho lo cual, en esta ocasión voy a retomar los principales argumentos que los amantes de la tauromaquia nos dan para sustentar el valor y permanencia de las corridas de toros.
El Consejo Nacional Taurino Mexicano (Contoromex) nos dice, primero, que las corridas de toros son una tradición de más de cinco siglos, que llegaron con los españoles y que las corridas se realizan desde 1529. ¿Y? Esto implica que lo consideran valioso sólo por el pedigrí, por ser español, como si todo lo español tuviera un valor por sí mismo: es bueno porque es español, resulta tan ilógico como decir que la Inquisición es buena porque llegó de España en el siglo XVI.
Se entiende y respeta que muchos de los aficionados a este espectáculo sientan una profunda admiración y fascinación por la cultura española; no obstante, una tradición cultural no sólo vale por su nacionalidad ni mucho menos por su longevidad, sino que vale por su pertinencia en una determinada época. En nuestra época, para mi generación, y en especial para los millennials, la fiesta brava no es representativa de nuestros valores, pues no concebimos que sea un entretenimiento digno de nosotros el atestiguar el sufrimiento innecesario de un animal. No nos entretiene, mas sí nos ofende y nos lastima verlo suceder. Si es español y tiene 500 años, no es una justificación que valga para evitar que se realice. Digo, no más por si se les olvidaba, la Independencia es eso que celebramos el 15 de septiembre.
Otro argumento que da el Contoromex es que prohibir las corridas es violatorio del derecho a la libertad y es que en su opinión prohibir el espectáculo taurino es “violar y atentar el derecho al libre albedrío de los hombres de organizar y asistir” a las corridas de toros. Esta afirmación es una tergiversación de conceptos peligrosamente indocta y burdamente chantajista.
Una cosa es el libre albedrío, otra cosa es que la corrida sea un derecho, y otra cosa muy diferente es el derecho a la libertad de expresión. Evidentemente el ser humano tiene la potestad de obrar según considere y elija (libre albedrío); no obstante, sus acciones no escapan de tener repercusiones. Yo puedo decidir matar a mi enemigo, tengo esa libertad de actuar, mas no tengo derecho a quitar la vida a otro y si lo hago debo asumir consecuencias. El derecho a la libertad de expresión que intentan citar sin éxito fue pensado en la Ilustración. En dicho contexto guardaba relación con la necesidad de expresar ideas, pensamientos, en la posibilidad de disentir sobre verdades absolutas, y aun así en todos los sistemas jurídicos occidentales se reconocen límites a la libertad de expresión, siendo ésta condicionada cuando entra en conflicto con otros valores y derechos. Por ejemplo, el principio del daño y el principio de ofensa son mecanismos que advierten que la libertad tiene límites. ¿Qué tiene que ver el derecho a expresar ideas con el derecho a matar animales para el entretenimiento propio?
Un tercer argumento, en mi opinión el más despreciable y reprochable, es afirmar que existe una doble moral e hipocresía por parte de los anti taurinos. Es decir, para fundamentar que la corrida es valiosa, ofenden y juzgan de manera general y absoluta a todo el que se opone a ella. Nefasta muestra de capacidad cognitiva y retórica, proyección astral de la mente maestra que promociona el negocio de las corridas.
“Los toros de lidia al igual que los demás bovinos están destinados a morir”, dicen. ¡Válgame! Ya vi al asesino diciendo que los seres humanos estamos destinados a morir: la maté porque de todos modos se iba a morir. Risible y absurdo, ¿verdad? Pero no lo razonan.
“Los antitaurinos son hiprócritas porque consumen carne”, y es que el principal pecado del que se opone a las corridas es ir a echarse sus tacos de asada. Muchos activistas que están en contra de las corridas son vegetarianos, por cierto. Otros quizás no, y sí efectivamente muchos desconocen el sufrimiento de otros animales de consumo humano. Muchos nos oponemos a este sufrimiento en general y es por ello que abogamos por un trato digno y respetuoso de todos los animales en todas las esferas: la industria alimentaria, la farmacéutica, los espectáculos, etc. Pero bueno, para esta organización, todos somos hipócritas sólo por el hecho de no pensar como ellos. Valemos pues, menos que ellos y por lo tanto nuestra voz no cuenta y debe ser desestimada.
Finalmente, nos dicen, la fiesta brava es arte y es cultura. Pues mire usted, en los libros de historia del arte que he estudiado durante mi formación nunca vi un apartado para las corridas de toros. En todos los libros de filosofía del arte que leí, de Artistóteles a Danto, no encontré en ninguna alusión alguna a que en particular la tauromaquia fuese una forma artística. Seguramente mis maestros me engañaron: ¡maldito canon occidental del arte!
Seguramente me he perdido de las cualidades plásticas y estéticas latentes en la corrida. ¿Será acaso que la sangre sobre el pelaje brotando del toro dolorido, parcialmente paralizado del cuello, abrumado por la multitud y su bullicio ingrato, es el poema pictórico que mejor expresa la naturaleza humana? ¿La obra de arte por excelencia? ¿La muestra excelsa de la capacidad creativa del ser humano? ¿Será que a Van Gogh le hubiera ido mejor teniendo un toro? En lugar de mocharse la oreja, se la hubiera cortado al insensato bovino que de todos modos nació para morir.
La tauromaquia es cultura. Sí, también Charles Manson diría que el asesinato en serie es parte de la cultura americana. La cultura es un concepto complejo, muchas prácticas humanas son parte de la cultura de una comunidad, pero eso nos las hace valiosas por sí mismas. Digamos, el derecho de pernada era una práctica común, era vista como algo “institucional” e incluso como derecho se ejercía. Hasta que hubo una época en que esta práctica se vio muy mal y dejó de ser un derecho y se convirtió en un delito. A lo que voy es a que las tradiciones culturales no son perpetuas, cambian según la época, sobreviven si se adaptan a los usos y costumbres de la comunidad, a sus valores, a sus leyes y su permanencia y aceptación no se puede imponer por la fuerza.
No hay argumentos para exigir que se respete esta práctica. Es más, seamos realistas, esto es un entretenimiento y como tal es parte de una industria lucrativa que obstinadamente quiere mantenerse viva y está dispuesta a irse a los tribunales para evitar que a los que nos ofende nos sea posible prohibirla. Las encuestas en Twitter revelan que sólo un 25% de las personas las apoya. Así que, estimado lector, considere si puede conformarse con tan contundentes y sensatos “argumentos”. Si no puede, ¡que viva el toro! Y pídale a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que nos dé la posibilidad de prohibirlas si en nuestra comunidad nos resulta ofensiva.
Twitter: @MarielaArrazola









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