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05 El editor Kurt Wolff_
Estación Mental 0

¿Qué une a autores y editores?

· octubre 14, 2016

 

Kurt Wolff

 

Llevo cincuenta y cinco años oyendo la pregunta: “¿Dónde aprendió usted su oficio?” La respuesta es siempre la misma: en ninguna parte.

Se me antoja un atractivo especial de nuestra profesión el que no pueda aprenderse. Me contestan: “¿No sería útil haber trabajado en una imprenta y taller de encuadernación?” ¿Por qué? Yo no pretendo ni componer ni imprimir ni encuadernar libros. O me dicen que al menos sería deseable haber trabajado una temporada, aunque fuera corta, en una librería. ¿Por qué? Desde los doce años he pasado horas y horas, casi a diario, en librerías, tanto en mi país como cuando estaba de viaje. Me es indiferente estar a un lado o al otro del mostrador, ser comprador o vendedor. Quien siente pasión por los libros y por la profesión de editor se siente como en casa en las librerías. Tampoco creo en la importancia de un título de doctor. Resulta deseable haber leído mucha literatura universal, como es de suponer, y también conocer tres o cuatro lenguas vivas para poder leer uno mismo la literatura extranjera, sin depender de los informes de terceros. Con todo, estos supuestos requisitos tampoco van mucho más allá de lo que suele llamarse “cultura general”. Y con eso no se llega demasiado lejos en nuestra profesión.

Yo salí un buen día del Seminario de Germanística de la Universidad de Leipzig y entré, por expresa invitación, en la oficina de Ernst Rowohlt —de mi misma edad y misma fascinación por los libros—, un piso de dos habitaciones en la Königstrasse, 10, de Leipzig, el edificio de la imprenta Drugulin. Y no llevaba conmigo más que lo único fundamental que no se puede aprender pero que es obligado aportar y, además, en abundancia: entusiasmo. Claro está que el entusiasmo tiene que ir unido al buen gusto. Todo lo demás es secundario y se aprende enseguida con la práctica.

Para empezar, eso sí, hay que tener claro en qué línea editorial se desea trabajar. Pero, en el fondo, también eso viene determinado en principio por el gusto y el entusiasmo de cada cual. Por buen gusto no sólo entiendo la capacidad de juzgar y de detectar la calidad de una obra literaria. El buen gusto debería comprender también un sentimiento de seguridad con respecto a la forma —formato, composición, tipo de letra, encuadernación, camisa— en la que debe presentarse un libro. El gusto literario, por otra parte, tiene que estar unido al instinto para saber si un libro tendrá acogida entre una minoría de lectores o si su tema y su forma resultan adecuados para un círculo amplio. Eso determina de manera decisiva las cifras de la tirada y la publicidad del libro, y hay que tener cuidado con no dejarse llevar por el entusiasmo personal y crearse expectativas demasiado optimistas.

Cuando, en aquel entonces, llegué a la oficina de dos habitaciones de Rowohlt —la tercera habitación del piso era su vivienda—, mi entusiasmo no tenía límites; el buen gusto en cuestiones tipográficas, por otro lado, se limitaba a saber si el tipo de letra, la portada, la encuadernación, etcétera, eran bonitas u horrorosas. Hubo de pasar bastante tiempo hasta que fui capaz de decirle al cajista: “dale dos puntos más a los caracteres, pon los títulos en cursiva” y cosas por el estilo. Ahí me aventajaba muchísimo Ernst Rowohlt. Había trabajado en Drugulin y había aprendido mucho. En cuestiones de gusto literario nos entendíamos a la perfección: sus dioses de entonces se llamaban Scheerbart y Dauthendey, y no le fue difícil contagiarme su devoción por ambos. Hemos de decir sin falsa modestia que también compartíamos por igual el amor y la veneración hacia el dramaturgo Eulenberg. Y el premio Schiller que recibió por su Belinda pareció darnos la razón.

Y ¿cómo llegan los manuscritos a la editorial? ¿Cómo se llega al encuentro autor-editor? Sobre todo: ¿cuáles son los aspectos determinantes a la hora de decidir qué publica uno?

Uno edita o bien los libros que considera que la gente debería leer, o bien los libros que piensa que la gente quiere leer. Los editores de la segunda categoría, es decir, los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan, ¿verdad que no? Pertenecen a otro ordo, por utilizar ese bonito término católico. Para esa actividad editorial no se requiere ni entusiasmo ni buen gusto. Se proporciona la mercancía que se demanda. Basta con saber, pues, qué surte efecto sobre las glándulas lacrimales o sexuales o las que sean, qué es lo que hace latir más fuerte el corazón de un deportista, qué da más miedo, etcétera.

Los editores del otro tipo tenemos —aunque, por supuesto, con cierta mesura— voluntad creativa, intentamos entusiasmar a los lectores por aquello que nos parece original, valioso desde un punto de vista poético, progresivo, sin importarnos si es fácil o difícil de entender. Yeso es válido para la ficción y para la no ficción. Es evidente que podemos equivocamos, y nos equivocamos muy a menudo. A veces creemos ver ciertas promesas de futuro en la personalidad o el manuscrito de un autor, y luego esas promesas no se cumplen. Lo que importa es el esfuerzo, el éxito no es determinante…, con frecuencia es casualidad. Es más, ganar un buen autor suele ser incluso más casual que merecido, pero no nos quedemos en cuestiones teóricas.

Dado que yo había aceptado un manuscrito de Max Brod y que éste veía en Kurt Wolff la editorial para publicar toda su obra, me envió a un joven compatriota y amigo: Franz Werfel, al igual que un día me trajo en persona a otro compatriota y amigo: Franz Kafka. Quien tuviera oídos para escuchar no podía resistirse a la prodigiosa musicalidad de los versos tempranos de Werfel, ni no sentirse conmovido de inmediato ante la magia de la prosa de Kafka.

En aquella época en la que yo aún no había terminado la carrera pero ya era editor, fui a sentarme, en el seminario que impartía Albert Köster, junto a un chico que me cayó bien, con quien entablé conversación y quien, con los años, habría de convertirse en uno de mis amigos íntimos. Era Walter Hasenclever. Y un día, Walter escribió una obra y me la trajo para publicarla. Era Der Sohn (El hijo), cuya calidad literaria no es objeto de discusión aquí. Esta obra, por otra parte, era todo menos una pieza de mero entretenimiento: fue una auténtica bomba de relojería para la generación nacida en torno a 1890 por tratar el tema del conflicto padre-hijo. Recorrió los escenarios alemanes, aunque, claro, la provocación que supuso en aquel momento debe de resultar incomprensible en los tiempos y el mundo que vivimos ahora.

Kafka, Brod, Werfel, Hasenclever…, ésos fueron los primeros autores de la editorial Kurt Wolff, y, como bien se ve, fue más la casualidad que el mérito lo que hizo que llegasen a ella. Naturalmente, hizo falta cierta capacidad para percibir que cada uno, a su manera y en su medida, merecía los esfuerzos del editor.

——

Fragmento del libro de Kurt Wolff, Autores, libros, aventuras… (Acantilado, España, 2010).

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