Marco Julio Robles
Debo reconocer, a riesgo de parecer dogmático y cerrado, que en general no me gustan las adaptaciones cinematográficas de ciertos libros que me son queridos. Porque en la literatura hay escenas que pierden su carácter evocador cuando se representan en los platós y se exhiben, luego, en las salas de cine. También existen, me parece, personajes que no se pueden representar sin que ello suponga un terrible ejercicio de violencia. Por ejemplo: Helena, Ana Karenina, Madame Bovary o Mick Kelly.
Sé que entregar un texto literario a un guionista que hará con él una adaptación, es aceptar que la obra tal vez no logre pasar de manera íntegra de un lenguaje y unas formas de representación a otros códigos. Pero esa decisión, que es sólo la del creador de la obra (en el supuesto de que lo haya podido decidir), no incluye a los lectores que ya se han familiarizado e incluso encariñado con la imagen que construyeron de ciertos personajes… Como para que venga Keira Knightley y nos haga creer que Ana Karenina es así. Incluso la afamada Greta Garbo, con sus inolvidables cejas en arco y su mirada soñadora, se queda lejos de la Karenina que un amante de Tolstoi ha creado en su imaginación. Imagen que, aún sin ser clara, es lo suficientemente potente como para sentir un retortijón en las entrañas cuando esa intrusa aparece en los brazos de Wronski.
Pongamos otro ejemplo: la voz “Helena”, procede de una raíz que la vincula con “antorcha”, “fuego”, o bien, lo “resplandeciente y brillante”. Es pues, una mujer de belleza extraordinaria, tan deslumbrante y riesgosa como el fuego mismo. Pero el quid de la cuestión no es esa grandilocuencia con la que se le nombra; sino que uno como lector de la Ilíada o la Odisea se acerca a una descripción periférica de ella. El hecho de no ofrecer una descripción realista y detallada de su rostro o su figura, obliga al lector a establecer un pacto fecundo mediante el cual la imaginación de éste y sus propios códigos de belleza completan, en la fantasía, la imagen de aquella.
La literatura sugiere, pues, una forma en el lector. O, dicho de otro modo, cada lector tiene su propia Helena. Y lo mismo sucede con otros personajes de la Ilíada: Héctor encarnado por un Eric Bana con unos pectorales híper-desarrollados, o Aquiles representado por un Brad Pitt, que de tan común y tan humano, no parece, ni de lejos, el encumbrado hijo de Tetis. En esos casos, el pacto entre la imaginación del lector y la imagen del poeta se rompe de modo irremediable.
Gustave Flaubert describe de un modo puntual pero vago, a la más famosa de sus heroínas de ficción: Emma Bovary. Sabemos que tiene un talle fino, unas facciones toscas y que está negada por completo para la maternidad. No es una dama de la alta sociedad sino una mujer cuya vida discurre en la provincia francesa a mitad del siglo XIX. Sabemos, también, que le fascinan los bailes y que a raíz de la lectura pertinaz de obras de ficción desarrolla su propia idea del amor. Un amor caballeresco, desmesurado. Un amor arrebatado, lleno de viajes, aventuras, lujos y pasión. Es la literatura la que trastoca la imaginación de la Bovary; y luego es la vida burguesa, sosa y deslucida, la que le pone los pies sobre la tierra. La literatura, de más está repetirlo, expande el cosmos, crea realidades, inventa dimensiones. La mayoría de los lectores (creo) sabemos distinguir entre un horizonte, el de la fantasía, y el otro, el de la realidad prosaica en el que la vida es eso: la vida… Madame Bovary, no; Alonso Quijano, el Quijote, tampoco; y el cine, a veces, rompe de un modo cruel con la ensoñación que después de leer 500 páginas de Dostoievski, hemos creado alrededor de Rodión Raskólnikov o Alejo Karamásov.
Por otro lado, mentiría si no aceptara que hay adaptaciones y películas biográficas que he disfrutado mucho. De estas últimas, por ejemplo, Amadeus Mozart. Aún recuerdo su risa estrambótica, sus trajes lustrosos, las pelucas y su carácter impertinente. Las vírgenes suicidas, de Sofía Coppola, me complació de un modo insospechado. Volví al libro después de ver la película y descubrí que no sólo respeta la trama, sino que incluye detalles que no están presentes en el texto, pero que acentúan la impresión que dejan en el espectador ciertas acciones. Un caso semejante lo encontramos con la adaptación al cine de la novela de Toni Morrison, Beloved.
El gatopardo, de Luchino Visconti, es de esos felices encuentros entre un director sensible, preciosista, y una obra exultante por las atmósferas que recrea, el lenguaje que utiliza y las tramas que desarrolla. Pero si de Visconti hemos de hablar, imposible no mencionar la adaptación que hizo de La muerte en Venecia. Esos afluentes de tonos grises, esos canales que no brillan, esa fotografía que ya desde el inicio va trazando el avance de la tragedia. Y Tadzio no podría ser más exacto ni más perfecto. Thomas Mann en el libreto y Gustave Mahler en la música necesitaban de un director que estuviera a la altura y el resultado no podría ser más excelso.
Entonces, ¿cuál es la virtud de unas adaptaciones y la desventura de otras? A mí me parece (y sé que algunos lectores, que además son cinéfilos consagrados, no estarán de acuerdo conmigo) que el asunto es saber elegir tramas y personajes que admitan el paso del texto a la imagen cinematográfica de un modo dúctil, noble y fiel a la historia de la que provienen. Por eso repito, y seguiré repitiendo hasta el cansancio: ¡Qué no las toquen! Que Ana Karenina siga atrapada en el carruaje en el que en un arrebato de pasión le grita a Karenin, su esposo, que no lo ama y que puede hacer con ella lo que quiera. Y que Helena, allá en las almenas de Troya, continúe mirando cómo la guerra sigue, hexámetro tras hexámetro, su curso irrevocable gracias a la pasión que suscita en los hombres y que sigue suscitando, justamente porque no la vemos y es bella para todos. Y que Emma Bovary siga enfrascada en amores estériles entre esas páginas que conservan intacta su pasión y su hastío, su perfección irrepresentable.









No Comments