Fabiola Morales Gasca
¡Sopa bella! ¡Tan rica y verde!
¡Cómo nos aguarda en caliente cazuela!
¿Quién por tanta delicia
no cedería a su natural inclinación?
¡Sopa de la noche! ¡Hermosa sopa!
¡Sopa de la noche! ¡Hermosa sopa!
Alicia en el país de las maravillas
Escuchamos a los grandes pensadores, ponemos atención en conferencias y buscamos entre las líneas de los libros la gran filosofía que nos libere, paradójicamente, de esta revolucionaria época. Una nostalgia devora las entrañas de nuestro espíritu. ¿Será acaso que, como decían los abuelos, todo tiempo pasado fue mejor?
Desde el siglo XVIII, cuando se creyó que la ciencia y la razón como verdades incuestionables traerían progreso a la humanidad, una sombra de duda emergió paralela a esa utopía. Fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando se vio cara a cara la devastación originada y se consideró a 39 millones de personas muertas. “¿Cómo se puede ser un hombre normal después de vivir algo como el Holocausto? ¿Cómo escribir poesía después de este genocidio?”, fue la pregunta que se intentó responder de múltiples manera tras el fracaso de la ciencia como faro y guía. Varias respuestas resonaron:
Grita ustedes caven más hondo en la tierra los demás canten y toquen
empuña el fierro en el cinto lo blande sus ojos son azules
ustedes entierren las palas más hondo los demás sigan tocando para el baile
Negra leche del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía y en la mañana te bebemos por la tarde
bebemos y bebemos
un hombre habita en la casa tu pelo dorado Margarete
tu pelo cenizo Sulamith juega con las serpientes
Grita toquen más dulcemente la muerte la muerte es un maestro de Alemania.
Eso escribió Paul Celan en su Fuga de la muerte, mientras otros tantos decían que “no valía la pena ya vivir”. La pulsión de la muerte se reveló entonces como malestar a la sociedad y una vista desnuda a la noción de la realidad. Recordemos que para Freud el principio de realidad es el principio que contrapesa al principio de placer. Y, de acuerdo con Paul Ricoeur, en su libro Freud: Una interpretación de la cultura: “el principio de realidad no se opone de verdad al principio del placer, sino que es como un rodeo o prolongación del camino de la satisfacción; de hecho, el aparato psíquico jamás ha funcionado conforme al puro esquema del proceso primario. En último extremo, el principio del placer considerado en su estado puro es una ficción didáctica; y correlativamente, el principio de realidad designa el funcionamiento normal de un aparato psíquico regido por los procesos secundarios. Pero por otra parte el principio del placer extiende su reino bajo toda clase de disfrazamientos: es él quien anima toda la vida fantasmática, tanto en sus formas normales como patológicas, desde el sueño a las ilusiones religiosas, pasando por los ideales. Teniendo en cuenta esas sus formas disfrazadas, el principio del placer parece imposible de ser rebasado. Por eso el principio de realidad designa un régimen de existencia difícil de alcanzar.”
En el capitulo noveno de Alicia en el país de las maravillas, cuando la Reina se dirigió a ella, le preguntó:
—¿Has visto a la Falsa Tortuga?
—No —dijo Alicia—. Ni siquiera sé lo que es.
—Es de lo que se hace la Sopa de Falsa Tortuga —dijo la Reina.
Y así Alicia terminó siendo llevada por el Grifo para conocer a la Falsa Tortuga, y al verla sentada tan triste y sola en una roca, Alicia no pudo dejar de sentir lástima por el animal.
—¿Por qué está tan triste? —preguntó la muchacha al Grifo.
Éste le contestó, muy cerca del oído:
—¡Todas son fantasías! No siente pena alguna. ¡Vamos! Se dirigieron entonces hacia la tortuga falsificada y vieron que tenía sus grandes ojos llenos de lágrimas, pero no dijo una palabra.
—Esta señorita quiere conocer tu historia —le dijo el Grifo.
—Se la contaré —contestó la tortuga, con acento profundo y desgarrador—. Siéntense los dos y no hablen una palabra hasta que yo haya terminado. […]
—Una vez —dijo la Tortuga Falsificada, dando un gran suspiro— yo fui una tortuga verdadera.
Regresando a Freud: Una interpretación de la cultura, Paul Ricoeur señala:
“Así, la realidad reside en la relación con el otro, no sólo con otro cuerpo como fuente exterior de placer sino también con otro deseo y, finalmente, con el destino de la especie […] por lo cual el camino de la realidad está jalonado de objetos perdidos; el primero de éstos es el pecho materno, y también el autoerotismo que está parcialmente ligado a este objeto perdido. Por eso la ‘elección del objeto’ tiene a la par carácter prospectivo y nostálgico: ‘El hecho de encontrar un objeto sexual no es, a fin de cuentas, más que una manera de volver a encontrarlo.’ Para la libido, el futuro está atrás, en la ‘felicidad perdida’. Freud llega a decir con frecuencia que la elección de objeto no tiene, paradójicamente, nada de elección. Por una especie de fatalidad interior, esta elección recaerá en el modelo del propio cuerpo o en el modelo de quien antaño le prodigó sus cuidados: será narcisista o anaclítica.”
Así vemos que el Grifo tiene razón cuando le dice a Alicia: “¡Todas son fantasías! No siente pena alguna.” ¡Vamos! Porque la Falsa Tortuga, personaje melancólico, que añora, los días en los que era una tortuga de verdad, lo hace por elección y no por sufrimiento. Elegir la nostalgia y extrañar es una elección que de alguna manera nos subsana (aunque de forma exótica y enfermiza) la pérdida de algo.
En este sentido, la literatura o el acto de la escritura como tal se vuelve el revelador acto que compensa la pérdida. Muchos autores coinciden en ese punto: escribir es una forma de vida o la manera de vivir, parafraseando a Flaubert, o “La necesaria muerte que me nombra cada día”, en palabras de Jorge Semprún. Aquella retribución al escritor del futuro que está atrás. La escritura es una pulsión que corre por las venas y la pluma. La inconmensurable elección en busca de la felicidad extraviada en algún punto de la vida.
¡Rica sopa! No hay pescado, frutas, guisos ni bocado,
pero ¿qué importa esa tropa
frente a la estupenda sopa?
Venga un centavo de esta rica sopa.









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