Mariela Arrazola Bonilla
La frase cultural wars es, para James Davison Hunter, la lucha por definir a los Estados Unidos en los últimos tiempos y gira en torno a la radicalización de dos posturas opuestas, la ideología progresista y la ortodoxa. Su distinto entendimiento de lo moral, permea en debates en torno al aborto, la homosexualidad, la educación pública, entre otros. Se trata, en última instancia, de cómo las élites tratan de imponer su visión del mundo sobre las no élites y cómo éstas a su vez resisten a dicha imposición.
Me parece que en últimas fechas se vive en Puebla una guerra cultural, sí, en el ámbito cultural.
Primero que nada quiero decir que, todo esfuerzo por hacer cultura, es loable. Artistas, colectivos, organizaciones civiles, instituciones públicas y privadas, todos ellos tienen sin duda un gran mérito: involucrarse en un sector pobremente estructurado, donde la regla es el rechazo, la burocracia, la falta de transparencia, la carencia presupuestaria, la poca profesionalización, etcétera. No es tarea fácil.
Segundo: la polarización que nos lleva a hablar de una guerra cultural, si bien no es nueva, si solidificó desde hace unos cuantos años con la llegada del morenovallismo al estado. Comenzó con la disolución de la Secretaría de Cultura y la sumisión del sector cultural bajo la Secretaría de Turismo y Cultura. El desmantelamiento de los museos para la cristalización del proyecto faraónico de Moreno Valle, y la construcción del Museo Internacional Barroco, fueron suficientes para declarar la guerra. Fue desafortunado adquirir una deuda de casi un millón de pesos al día para mantener dicho museo y pensar que el gremio no protestaría, y al menos sólo fue el gremio. Si viviéramos en una sociedad más informada y crítica, muchos más sectores que el gremio cultural se hubieran opuesto.
Por si fuera poco, a la par de la política estatal, la entrada en escena a la administración municipal cultural de Anel Nochebuena constituyó la peor respuesta que se pudo ofrecer a un gremio agraviado. Su política cultural resultó insultante para artistas y gestores locales que se vieron excluidos de la escena cultural. Las infames playas de arena en pleno zócalo fueron duramente criticadas, así como las costosas exposiciones de artistas europeos, muchas de ellas exposiciones mercenarias de baja calidad, con copias y piezas atribuidas a grandes maestros, pero de dudosa procedencia. No obstante, la aprobación del Programa de Artistas Urbanos (PAU), que en el Consejo de Cultura revisamos y al que le hicimos más de 17 observaciones, fue el vaso que derramó la gota.
En cuatro años y dos meses, una administración tecnócrata neoliberal euro-centrista logró unir un gremio dinamitado en su contra de manera tan efectiva que, a la muerte de Martha Érika Alonso, no tardó en organizarse para pedir la cabeza de la subsecretaria de Cultura, y la consiguió.
Esta guerra cultural no se puede reducir únicamente a una disputa por la asignación presupuestaria. Esta lucha es además una batalla por los espacios públicos, por lo que se presenta en público y para quién se hace. Se trata de quién impone su visión del mundo. ¿Tiene acaso un funcionario público el derecho a decidir quiénes sí pueden ocupar los espacios del centro histórico y quiénes no? El problema de Luis Banck y la gentrificación del centro histórico fue que creyó que podía esconder la pobreza en un país con los peores salarios del mundo.
Esta guerra cultural declarada continuará en los próximos meses. No hay gestor cultural que pueda satisfacer a todos. Auguro por supuesto que nada fácil la tendrá la Dra. Montserrat Galí con las exigencias del gremio. Así que queda preguntarse cómo comenzar a poner orden.
Creo que primero que nada, hay que comenzar con definir un perfil del gestor cultural público. No, no son los artistas los mejores perfiles, ni tampoco los individuos más cultos. El gestor cultural debe entenderse como un servidor público, y su principal vocación deber ser la de servir. Debe ser un profesionista y como tal firmar un código de ética. Debe ser de preferencia apartidista y dispuesto a declarar sus intereses. Algo tan sencillo como decir: me gusta el cubismo, y comprometerse a no sólo apoyar a los cubistas. En suma, servir a los consumidores, usuarios, audiencias, a las personas.
De la misma manera los artistas, los creadores, los gestores culturales, deben entender que su razón de ser es el público y deben comprometerse con los ciudadanos brindando una experiencia de calidad. Los recursos son insuficientes, y ellos al igual que el resto de los ciudadanos tienen el derecho de definir a qué se deben destinar los fondos públicos culturales.









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