Antonio Bello Quiroz
Mi crimen es lo bastante grande para que yo diga lo que es. Christine Papin
El psicoanalista francés Jacques Lacan se interesó en el crimen casi desde sus primeras incursiones en el psicoanálisis, aunque sólo lo hizo abiertamente en los años cincuenta, en particular con en su texto “Introducción teórica de las funciones del psicoanálisis en criminología”, que forma parte de lo que se conoce como Escritos 1.
En este trabajo, Lacan nos permite ubicar el valor del crimen y la criminología en el contexto del psicoanálisis, y, esencialmente, posibilita pensar la función del crimen en la clínica. En su texto sobre criminología, pone en evidencia su pregunta sobre la relación del psicoanálisis y la criminología; quizá no podía ser de otro modo, en tanto que como hombre de su época está atento a ciertos crímenes y a ciertos saberes que se discuten, sobre todo, desde el discurso psiquiátrico y jurídico, básicamente. Su interés lo lleva a mantenerse interrogando los fenómenos y las explicaciones que circulan acerca de los mismos. De hecho, podría haber dado algún tipo de interpretación psicoanalítica sobre los crímenes que se mencionaban en la época; sin embargo, su interés va más a fondo, reflexionando sobre el lugar que puede tener el psicoanálisis frente al delito, lo que lo conduce —insisto— mucho más allá de buscar o hacer una interpretación de los crímenes y los discursos que en torno a ellos se generaban. Por el contrario, en tanto que instalado como psicoanalista, hace de los fenómenos una pregunta y avanza, para, de esta manera, en algún sentido, hacer hablar al crimen.
El año en que Lacan se interroga y escribe sobre el crimen es 1950. Se trata de una década en la que el crimen es abordado principalmente por la psiquiatría y el discurso jurídico. Se trata de un momento en que la psiquiatría en Francia contaba con forenses de prestigio que impulsaban la psicopatología del crimen (en su libro Los anormales, Foucault señala que los años cincuenta se encontraban caracterizados por las pericias psiquiátricas y jurídicas en torno al crimen) como explicación determinante. Lacan, en cambio, desde el psicoanálisis, retoma las explicaciones de sus colegas y vuelve a formular las cosas. En particular, hay que destacar que su abordaje permite básicamente pensar al sujeto y su modo de relación con el Otro. Se trata esencialmente de leer el conflicto del sujeto con la ley, haciendo del criminal y del crimen significantes más que cuadros psicopatológicos. Es cierto que Lacan no se convirtió nunca en un criminólogo, pero sí se apasionó en establecer el sentido del crimen para el sujeto y la cultura. Si bien es cierto que es en 1950 cuando Lacan escribe “formalmente” sobre el crimen, su interés data de mucho antes.
Ya en su tesis doctoral De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, de 1932, se ocupa de analizar el caso Aimee, quien es internada en el hospital de Sainte-Anne en París, después de que en la noche del 18 de abril espera a la actriz Huguette Duflos, quien es ubicada en el delirio de Aimee como su perseguidora, para atacarla con un cuchillo. En ese trabajo, Lacan va a introducir algunas nociones para trabajar con el concepto de “paranoia de autopunición” (autocastigo). También dará cabida a expresiones como la de “complejo fraterno”, en tanto que —enseña—, al golpear a la actriz, ha atacado a un doble en la cadena de perseguidores cuyo prototipo es su hermana Elise, quien tiempo atrás se fue a vivir a la casa que Aimee compartía con su esposo y paulatinamente la fue suplantando.
En ese mismo trabajo doctoral, Lacan también desarrolla la noción de “complejo de intrusión” como elementos presentes en el crimen paranoico. En 1933, a la tesis doctoral de Lacan va agregar algunas reflexiones sobre otro sonado crimen, el de las hermanas Cristine y Lea Papin, bajo el título de “Motivos del crimen paranoico”. Se trata del crimen cometido por dos hermanas que llevaban mucho tiempo trabajando como sirvientas en una casa burguesa compuesta por un abogado, su mujer y su hija. Entre los “bandos”, las patronas y las sirvientas, reina un casi total silencio, una nula y oscura empatía humana. La noche del 2 de febrero una torpeza de las hermanas provoca un apagón, las patronas (la madre y la hija) reclaman de manera elevada la torpeza y las hermanas responden con un ataque repentino, simultáneo y llevado a cabo con furor. Lacan en su tesis nos narra el crimen:
“Cada una se apodera de una adversaria, una le saca vivos los ojos de las órbitas (hecho inaudito, según se ha dicho, en los anales del crimen) y luego la remata. Después, con ayuda de cuanto encuentran a su alcance, un martillo, un jarrón de estaño, un cuchillo de cocina, se ensañan con los cadáveres de sus víctimas, les aplastan la cara y, denudándoles el sexo, acuchillan profundamente los muslos y las nalgas de una para embadurnar con esa misma sangre los muslos y las nalgas de la otra. Lavan en seguida los instrumentos de esos ritos atroces, se purifican ellas mismas, y se acuestan en la misma cama.”
Después del crimen, ya acostadas, intercambian una lacónica fórmula: “buena la hemos hecho”. Lacan se va a interrogar en este trabajo justamente por los motivos del crimen paranoico a partir de este caso. Las hermanas son condenadas por el jurado el 30 de septiembre. Christine recibe de rodillas la noticia de que le van a cortar la cabeza en la plaza principal. Después de retomar el diagnóstico que les es dado a las hermanas sobre su presunta anomalía mental, Lacan psiquiatra propondrá su tesis reconociendo, tanto los fenómenos elementales en el conjunto del delirio y en sus reacciones, como la influencia de las tensiones sociales. De esta manera, señala el Lacan de los años treinta, al hablar de la pulsión agresiva:
“Esta pulsión está teñida a su vez de relatividad social: tiene siempre la intencionalidad de un crimen, casi constantemente la de una venganza, a menudo el sentido de un castigo, es decir, de una sanción emanada de los ideales sociales, y a veces, finalmente, se identifica con el acto acabado de la moralidad, tiene el alcance de una expiación (autocastigo).”
A la distancia en el tiempo de estas afirmaciones del joven Lacan, podemos apreciar que la sociedad con los ideales que la comandan podría bien constituir lo Otro del crimen. Otro que segrega, en particular, a aquellos que no califican para formar parte del discurso del Otro imperante, quedan fuera, excluidos. Como excluidas, en “tensión social”, se encontraban las hermanas Papin. Ante esta exclusión, que es estructural, al quedar parte de la sociedad sin poder ser representado por los significantes de estos tiempos, se genera un retorno feroz de aquellos ubicados en el margen —el criminal es una de las pocas inscripciones posibles—, el retorno entonces aparece desde lo real, por ejemplo, el crimen, pero también el robo, el delito, en una palabra. Podemos ubicar la existencia efectiva de cierta tensión ligada al delito; furor, le llama Lacan en el crimen de las hermanas Papin. Esta tensión resulta con frecuencia explicada por la responsabilidad individual, consignada por peritajes de expertos en delitos (en los campos jurídicos, psicológicos, psiquiátricos y otros), sin tener en cuenta una demanda social de éxito inmediato. Cambian las cosas si pensamos que el delito se vincula a las exigencias del Otro social a pensarlo como un desajuste originado en un individuo patológico.








No Comments